Menos de mil palabras



Menos de mil palabras, para que tú lo leas,
para que no saltes, impaciente, a otra cosa;
para que valga menos que un automóvil pero más que un café...

Camino por mil palabras sin recordar especialmente ninguna,
Como no recuerdo los pañales que me cambiaron,
ni las veces que sonreí, ni los besos que di o que me dieron —excepto aquel que sabía a clandestinas aceitunas
y que, con su fuerza terrible, derribó, por increíble que parezca, una farola.

Camino por desolados campos donde me he ido dejando jirones, pedazos de corazón, rasguños del alma, generosos sentimientos;
donde he quemado mi vida con la gasolina del tiempo —bonzo calcinado de túnica manchada por químicos anhelos.
La gente me lanza sus escupitajos de soledad, sus miradas huidizas, escuálidas —su comprensión de anuncio televisivo, su prisa por llegar a casa y quitarse los zapatos.

Camino por desoladas ciudades con flores radicales, atómicas,
que llevan años creciendo sobre el asfalto con los genes perturbados;
que multiplican sus pétalos de plástico hasta procrear grandes masas anónimas —un sonoro olor a sangre que inunda los barrios proletarios con cabizbajas ondas letales;
que irradian su falsa tibieza simulando tristes fuegos húmedos —niebla de alcantarilla que brota y crece como un árbol rubio, sin sombra, deshuesado, taciturno.

Camino por desoladas memorias desencajadas —las ilusiones se caen, empujándose unas a otras, como patinadoras borrachas,
haciendo piruetas bajo la luz fluorescente en medio de una pista vacía —mientras, suena la música gangosa de los altavoces formando vahos a su alrededor, como un aliento frío, y se dan golpetazos sin perder sus carbónicas sonrisas de coca cola, sus mejillas y labios maquillados con conservantes; sus ridículas falditas cortas que dejan ver redondos y necios  culos.

Rompen su cráneo contra el hielo y de la cabeza les salen gordas larvas ciegas, polillas oscuras que, en su último revoloteo, se queman en bombillas de purpurina. —Y veo, entonces,
que todos mis recuerdos también han envejecido conmigo;
que los espacios se han achicado y los sabores desaparecido;
que quizás nunca existieron y que ya ni siquiera recuerdo el día en que me lo inventé todo;
que las mujeres que amé han reducido su tronco y engordado sus brazos transformadas en matronas
y que ya no serán nunca más esas tersas serpientes de cinturas abarcables y labios gordezuelos.

Y veo que la velocidad me hace quedarme quieto, asustado,
no ir a ninguna parte, lleno de extraños mareos y ruidos;
con un mundo ilusorio siempre al alcance de la mano,
una catarata que ciega mis ojos, que me satura de cosas prescindibles,
que me acoraza frente al amor, rugiente, de mis hermanas y hermanos. —Amor latiente, amor de látex, amor derretido,
que se extiende como un sexo encendido, por lo demás, también doliente y necesitado;
que ha perdido su prístina pureza; olvidado de sus flujos naturales;
de la sangre, los planetas y las mareas que lo gobiernan;

Amores que crecen codificados en demandas y certificados por tics con los que ocultarse de sí mismos;
De aquellos que ya han tirado la toalla y están saltando al ring disfrazados —como si la vida fuera una pelea amañada de lucha libre o un inmenso pantano de chocolate;
Aquellos que hacen simulacros de amor en sórdidas camas y se sorben los mocos en los vasos de los bares —haciendo viejos gestos obscenos que ya nadie entiende ni secunda.
Aquellos que fueron adiestrados en clichés de realización y están disecados en el formol de sus paradojas.
Aquellos que escriben citas de soledad en sus agendas repletas de huecos.
Aquellos que siempre buscan y nunca encuentran.
Aquellos que sudan sucias palabras vestidas y que jamás se bañarían desnudos en un lago de  silencio.
Aquellos cursis que me provocan una nausea irremediable, un vómito de atardeceres, corazones y rosas podridas.
Aquellos que sólo se reflejan en pavorosos espejos convexos…

Y todo para no pegarnos un tiro con una pistola de desesperanza;
sabiendo que nos ahogaremos un día con la dentadura postiza,
que cualquier noche de Navidad brindaremos con cava amancebados con la máquina de diálisis,
que servirán cuarto y mitad de nuestros cuerpos a los cirujanos en las mesas de los quirófanos —en un festín para zombis de podredumbre cancerosa,
que empaparemos los colchones de los asilos con la orina de nuestros recuerdos hasta quedar limpios de nostalgias y empaquetados y listos para la muerte —para poder irnos sin reincidir, sin equivocarnos en nuestro camino de vuelta a casa, a esa inmensa y compasiva matriz oceánica de la que un día, sin saber cómo, nos escapamos durante un destello.

Camino por desolados días, iguales como espadas, como rodajas de mortadela barata,
Perdiendo en cada uno de ellos algo de lo que se me fue pegando a mi paso por la vida.
Maldita, inútil, jodida roña del tiempo que he ido juntando como un tesoro
en una estúpida caja de terciopelo.







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