lunes, 4 de abril de 2016

POEMAS SIN CORAZÓN: Recuerda nuestros nombres

Recuerda nuestros nombres,
Los que caminamos a tu lado,
Los anónimos, los callados, los silentes.
Los que ni siquiera fracasamos estrepitosamente.
Recuerda nuestros nombres 
y las letras con las que los fabricamos:
la a, la erre, la eme, la ge y tantas otras.
–Antonio, Ramiro, Mauricio, Genaro…–
Recuerda nuestros nombres,
Los que consumimos horas indulgentes
musitando: «ya pronto pasará todo»
–Jonas, Pedro, Alberto, Carmen–
Rotos como olas de cemento. 
Varados en la noche como buques destrozados.
Con ropa de saldo doblada en bolsas y maletas.
Desparramados por las estaciones de trenes y autobuses,
con papeles manchados de mostaza por el suelo 
y sentados en retretes atestados.
Benditos sean los que sonríen al móvil y le hablan
o lo besan.
Benditos sean los que dormitan con los brazos extenuados.
Benditos sean los que se pusieron en camino hace ya mucho tiempo
en medio de relámpagos y tormentas.
Recuerda nuestros nombres,
–Miguel, Javi, Teresa, Enrique–
Recuérdalos, porque nosotros hicimos las pirámides
Y le disparamos al último ocelote vivo.
Recuerda nuestros nombres porque nos hizo llorar una estrella,
mientras nos mordía el frío con ojos rabiosos.
–Mercedes, Silvia, Inocencio, Blas–
Porque dejamos crecer nuestros cabellos como lirios de agua
y sujetamos la corriente hasta pararla, indolentes,
Recuérdalos porque se enredaron una noche
y plantamos con ellos huertos de besos y desdenes.
Recuerda nuestros nombres,
–María, Laura, Olvido, Inés, Vicente–
porque nos dolía el pecho lleno de cosas por dentro
sepultadas como una vieja neumonía,
Deseos, agravios, ilusiones… como trapos viejos,
Granadas de granos dulces y rojos,
Jilgueros colgados por las patas
que se atragantaron con su canto y murieron,
Perritos que nunca tiraron de la correa.
Recuerda nuestros nombres porque un día nos vamos
y ni siquiera nos damos cuenta,
Seguimos andando y pagando impuestos.
Seguimos comiendo flores de cristal.
Seguimos viendo la tele sin sonido.
Seguimos leyendo libros dentro del mar.
Seguimos soñando bajo la sombra fragante de los tilos.
–Raul, Esteban, Andrea, Tomás–
Atados con cadenas de un aire exquisito.
Recuerde mi nombre porque me duele aquí abajo, doctor.
Y estoy un poco preocupado (y tengo miedo).
Recuerda nuestros nombres porque llevamos veinte años
retrocediendo para coger impulso
y ya no sabemos lo que había que saltar; 
y olvidamos las órdenes y el propósito.
Desaparecieron aquellos que nos conducían.
Nos miramos a la cara como estólidos autómatas,
ovejas pasmadas con el alma en los costados:
–David, Elena, Irene, Sergio, Marta, Marcos, Hugo…–
Recuerda nuestros nombres.