martes, 2 de junio de 2015

Maripura


Nadie sabía a ciencia cierta cuando había comenzado a ir por allí. Parecía que siempre había estado. Podía pasar a cada hora del día o de la noche por cada una de las cientos de habitaciones de ese gran hospital y siempre tenía unas palabras de aliento para cada uno de los enfermos. El personal del hospital, enfermeras, celadores y médicos, así como los  recepcionistas, se habían ido renovando y ni siquiera Anselmo, el más antiguo camillero, podía decir con certeza cuando fue que María Purificación había comenzado a ir por allí. Bien es verdad que a Anselmo le gusta bastante el vino  y a veces no recuerda ni su nombre. Como es tan campechano, él fue quien comenzó a llamarla Maripura, y con ese nombre se quedó.

—Buenas tardes—dice al pasar por la recepción y, aunque no es hora de visitas, al personal a cargo no se le pasa ni remotamente por la cabeza que Maripura no pueda entrar. Entró ayer y antes de ayer; entró hace un mes; siempre ha entrado. Esa barrera no va con ella. Porque Maripura puede estar dentro o fuera a cualquier hora del día y de la noche o quizás dentro y fuera a la vez. ¡Vayan ustedes a saber si es que no es una santa!, que hay quien dice que también la han visto en otras clínicas y hospitales de la ciudad.

—¡Buenas tardes, Maripura! —, contestan a coro el vigilante y la recepcionista,
—Hola Yolanda. Andrés… ¿y qué tal Andresillo?— pregunta de pasada — ¿se le quitó el catarro? 
Andresillo es el hijo mayor del vigilante y Maripura está permanentemente al tanto de su situación; (como con cualquier otra cosa que pase en el hospital);  que si el catarro…que si las notas… que si la excursión a ver las murallas de Ávila con el colegio…

—Ahí anda… ¡comiéndose los mocos! Lo malo es que se lo ha pegado a sus hermanos— contesta Andrés, el vigilante, que no tuvo mucha imaginación para escoger el nombre del niño.

Luego Maripura comienza su meticulosa ronda que sigue un orden de prioridades que nadie es capaz  de percibir y un día igual empieza por los nuevos ingresos que por los desahuciados de la quinta planta.

—¡Qué Dios te bendiga, Maripura!— Le dice el vejete desdentado cuando Maripura le acerca la cuña.

—Maripura, ¡Mira que flores más bonitas me ha traído mi marido! — le enseña la joven madre con el pelo suelto sobre los hombros y los repletos senos asomados al escote del camisón.

Y Maripura para todos tiene unas palabras justas, racionales, desapasionadas.  Porque esa es la característica más extraña de Maripura.  Es absolutamente comedida.  No se implica. No se desborda.  No se ilusiona;  tampoco se retrae. No se irrita, no se fatiga.  Presenta siempre una emoción contenida, o una ausencia de emoción,  marcando con absoluta regularidad el fiel de la balanza.

Un día Maripura desapareció. De repente; sin dejar rastro. Como había venido, se fue. La comisaría del distrito se vio auténticamente desbordada por la avalancha de denuncias de robos y pequeños timos que presentaron todos los enfermos, los familiares y el personal sanitario.

Más de ochocientas cincuenta denuncias en una semana. Todo un récord.