martes, 5 de agosto de 2014

Bodhisattva



Asciendo lentamente por el camino y al llegar al árbol me siento sobre unas piedras a su sombra. Contemplo el valle mientras se calman, poco a poco, los latidos de mi corazón.

 Recuerdo el día en que siendo un monje aun muy joven, en este mismo sitio, interpelé a mi maestro:

—Maestro, ¿Qué he de hacer para ser tan sabio como tú?

Fijó en mí su mirada y brilló en ella una chispa dorada; como si recordara una carpa saltando en el lago de un tiempo ya muy lejano.

—Debes venir aquí cuatro veces al mes, durante cuarenta y cuatro años— me dijo.

—Sí, venerable. Y, ¿qué he de hacer? ¿asanas?, ¿recitar mantras?, ¿ayunar?, ¿guardar inmovilidad absoluta?

—Nada. Simplemente, mira el valle.

Volví al monasterio defraudado. El Maestro no confiaba en mí y por eso no me desvelaba sus secretos: una frase mágica, una gruesa colección de textos intrincados, unos ejercicios físicos que domaran mi cuerpo y mi mente... Aun así, he venido cumpliendo, más o menos,  su consejo. 

Rebasados ya mis sesenta años, me parece que empiezo a comprender.





(El texto y la imagen son propiedad de Miguel Guinea © Reservados todos los derechos. Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso del autor)