lunes, 14 de julio de 2014

Marta (y el Mundial)

Este relato lo escribí hace cuatro años justos. Lo rescato ahora que la Selección, y Marta, no parecen estar en sus mejores momentos.



Me llama Marta por larga distancia:

— ¿Miguel?

— ¡Marta! ¡Qué alegría! ¿Dónde estás?

— Sigo en California —contesta.

—¿Mmiguel? —le tiembla la voz, o ¿es el retardo en la línea?

— ¿Sí?

—Te quiero. Te quiero mucho, Miguel.

Bueno, permítanme que omita el resto de la conversación, el caso es que al colgar me sentía el hombre más feliz sobre la superficie de la Tierra; no podía estar encerrado en casa así que agarré el coche y me fui a dar una vuelta. Eran las dos de la madrugada pero la alegría me desbordaba. Toqué el claxon haciendo dos silabas: Mar-ta, Mar- ta, Mar- ta. Paré en medio de la calle. Un autobús nocturno paso a toda velocidad MOOOOOCCC y el coche se tambaleó al recibir el aire desplazado. Me subí a la acera para no molestar y seguí con lo mío: ¡A gritar!

—Mar-ta, Mar- ta, Mar- TAA —gritaba a todo pulmón por la ventanilla abierta. 

—Pa-paa, Pa-paa, Pa-PAA —acompañaba con el claxon.

¡Qué belleza de sonido! Rebotaba en los soportales de los edificios. El mundo se iluminaba lleno de luz invocada por ese mantra que es su nombre. Las ventanas de las viviendas se encendían como luciérnagas volando en medio de la noche; pequeñas lamparillas amorosas que respondían a mi llamada apasionada.

—¡Qué te pasa, imbécil —me gritó un señor calvo desde un segundo piso.

—¡Vete a dormir la mona, gilipoyas! —dijo otro desde la casa de enfrente.

—¡Gamberro! —clamó desde un balcón, con una vocecita sorprendentemente fuerte, una venerable señora con pinta de duquesa en salto de cama.

—¡Marta me quiere! —grité —¡Marta me quiere! y aclaré por si acaso: MUCHO.

—Cabrón. Vete a la mierda. Me cago en Marta y en toda su parentela —...y otras cosas así me estaban diciendo cuando de repente dobló la calle una caravana de cuatro coches, iban cubiertos de banderas españolas, cada quince metros paraban para arrancar las papeleras y volcar los cubos de la basura. Tocaban las bocinas de forma ensordecedora y gritaban:

—¡España, España, España!

Los vecinos, el calvo, la viejecita encantadora... todos, agitaron como locos las banderas que ellos mismos tenían colgadas de sus ventanas y balcones. De repente estaban felices, radiantes, sin sueño. Gritaban:

—RA,RA, RA. Yo soy es pa ñol, es pa ñol, es pa ñol…


Aproveché para desaparcar y perderme en la noche con mi extraña alegría.