viernes, 25 de abril de 2014

Quemar los libros




Los libros tienen su época.
(No. Tachar lo anterior)
Tenemos una época para ser lectores
Para la mía actual los libros están sobrevalorados.
(No. Tachar lo anterior)
Veo mi biblioteca personal; casera.
Paredes llenas de libros. Nidos de ácaros.
Son muletas inservibles. Deseo de poseer. Trastos viejos.
Una fláccida barriga intelectual.
Siempre quise deshacerme de los libros que me gustaron.
Quemándolos. Como hacía Carvalho
Nunca he podido. No los tengo.
Los presté porque me gustaban
(Alguno lo compré hasta tres veces)
Y nunca me los devolvieron
(Quizás para salvarlos)
Y quemar los que no me gustan, los malos,
Sería un acto bárbaro, nazi, indigno de mí.
Porque no habría poesía en ello.
Es verdad que todavía tengo algunos que aprecio
Pero son los que me prestaron y nunca devolví.
Aunque no piense devolverlos
No sería elegante quemarlos



lunes, 7 de abril de 2014

El sueño del palacio en ruinas



Camino, entre otros visitantes por las salas de un antiguo palacio. En un momento dado, abro una puerta lateral y me pierdo, intencionadamente, del grupo.  Paso por una sucesión de salas inmensas, vacías, fuera del circuito turístico. Sigo explorando por zonas abandonadas o ruinosas.  Dependencias de servicio sin tantos signos de un lujo ya pasado y cubiertas de polvo y cascotes. Entro en una habitación en alguna planta superior. Un gigantesco gato blanco, aterrado me muestra ferozmente los dientes.  Intenta escapar por un agujero entre las tablas y la escayola de la pared. No cabe. Lo asusto –con precaución, con miedo— para ver que hace. Pienso que si doy una palmada hará un esfuerzo por escapar y se quedará con la cabeza encajada en el agujero; maullando hasta que muera por inanición  y creando una atmósfera terrorífica entre estas ruinas. El gato se pone más blanco; un sudor de miedo y esfuerzo, una exudación blanca que le cubre y que casi parece escarcha; mas amenazador hasta que rendido, acepta que no cabe y se deja caer en esa caja de cartón con ropita de niño donde parece dormir desde hace siglos, desde que se quedó atrapado en este cuarto derruido y oscuro amueblado por un desvencijado sofá, una cómoda con la superficie cubierta por un cristal con una gruesa capa de polvo y con papeles, cuadernos y cosas menudas desordenadas por encima. Me parece oír fuera unas voces a la derecha de la puerta. Abro con cuidado y miro. Nadie. Salgo. Un pasillo ancho. Ahora sí. Escucho nítidamente una música tras la puerta que está a mí izquierda. Es una bella música, clásica, dulce, casi alegre. Empujo la puerta. Una puerta grande, ancha y alta. El batiente derecho gira sobre su gozne y me va mostrando el interior, salones vacíos, viejos, semiderruidos, polvorientos, solitarios, que muestran su abandono a través de la luz tableteada que se filtra por las ventanas cerradas con maderas clavadas de través. Según se va viendo el interior la música se extingue, se desvanece. Siento un escalofrío. Avanzo por un pasillo ancho; en realidad una sucesión de salones que se van abriendo el uno en el otro. Ahora es más estrecho, vuelve a ser una especie de pasillo. Por los rotos de la pared de la derecha veo otra estancia de dimensiones colosales; algo que parece un gigantesco anfiteatro cubierto y en ruinas. ¡Qué pena no poder hacer una foto! Demostrar que esto existe de verdad. Más adelante el suelo se ha hundido completamente y yo sigo caminando por una pasarela bamboleante vestigio de alguna obra que en algún momento se acometió allí. Me parece peligroso. ¿Aguantará? Encuentro una puerta, desciendo por unos escalones y ya estoy en el exterior. Son como cercados, también en estado de abandono. Quiero volver por el mismo camino y siento un derrumbe frente a mí. Con un ruido fuerte, caen un montón de tejas, cascotes y ladrillo por la zona que acabo de pasar. Supongo que el paso ha quedado cortado. Vuelvo hacia el edificio por una pasarela,  un puente, obstruido por los cascotes. Abajo hay… ¿hielo?, ¿barro?  Tengo muy claro que no debo pisarlo con mis pies desnudos. A lo lejos, como en la otra esquina de la manzana que forman estos edificios, veo una gran puerta, similar a esta, simétrica, y a algunas personas (pocas) que entran sin mirarse, sin hablar, ignorándose, como oficinistas camino del trabajo. Pienso que no llegarán, que no podrán pasar, o… quizás saben otro camino, quizás van a otra parte. Gente como yo, vagando solos, por las entrañas de este palacio en ruinas.









 Vea más sueños en: La última frontera









domingo, 6 de abril de 2014

miércoles, 2 de abril de 2014

El Otro...







Yo soy mi ladrón
Y yo me robo.
Yo me castigo
Y yo me quejo.
En mi búsqueda,
Me encuentro, asombrado.
Parece que nunca entenderé
Que también soy el otro.





martes, 1 de abril de 2014

Haiku: Poda de primavera






Aunque los dejes sobre la planta
Toda una vida. Es inútil esperar

Que se abran los capullos secos.