martes, 28 de enero de 2014

Oda al Retrato de María de Guzmán.



María de Guzmán, joven, bella, rica y viuda sin hijos decide en 1.580 donar su fortuna para contribuir a la construcción del convento de Santa Catalina en la ciudad de Arequipa (El Perú) convirtiéndose en su primera habitante y priora.

Se cuentan historias sobre la vida relajada y lujosa que llevaban en ese convento las hijas de la nobleza y de familias ricas, tanto españolas como criollas, que, tras pagar una fuerte dote para ser admitidas, vivían dentro de él haciéndose acompañar de criadas y esclavas, e invitando a músicos y amigos a sus sonadas fiestas.

Así fue durante tres siglos hasta que el papa Pío IX envió a Josefa Cadena, una monja dominica estricta con muy mala uva, que puso fin a todo aquello y que las encerró en la más opaca clausura entre sus altos muros.

Desde 1970 el convento se puede visitar en su mayor parte y es una deliciosa experiencia perderse por los recovecos de sus veinte mil metros cuadrados. Muchas de sus obras de arte han sido restauradas y se exhiben en un par de salas.  No deja de maravillarme el retrato de la propia María de Guzmán donde, una vez quitada la torpe capa de pintura añadida encima, se descubre toda su rotunda belleza.





El magnífico vestido cubierto de perlas y bordados, el brillante cabello, la tersura nacarada del cuello… todo está ahí y todo vuelve a triunfar después de tantos años de permanecer mojigatamente oculto. Merece la pena detenerse en el airoso abanico —coqueto banderín de señales en las lides del amor— que en el retrato fue irónicamente transformado en virginal palma de azucenas.

...Y no dejo de preguntarme qué oscuros sentimientos podría albergar ese torvo y muy católico artista que condenó a sostener durante siglos un grueso misal a esa delicada mano hecha para tanta caricia.