lunes, 25 de noviembre de 2013

Historia de dos pimientos (III)





Con el tiempo, la pasión —sin extinguirse— fue dejando paso a otros sentimientos más complejos. El placer de saberse unidos, aun sin contacto; la sensación de compartir un destino común, que fantaseaban eterno, para siempre; a salvo de la soledad y de la incomprensión. Otro beneficio de esta colusión era el sentirse tácitamente revalidados en sus imágenes de pimientos privilegiados: fuertes, sanos y queridos.

Fueron unos días en los que el mundo exterior comenzó a existir más allá de su relación.  Poco a poco descubrían (recuperaban)  ese tiempo y espacio común donde los demás seres también existimos, pero esta vez lo hacían desde la perspectiva de su unión. Y abrían los ojos con curiosidad a ese mundo nuevo que se dividía en dos grandes bloques: ellos y los demás.

La exploración de ese nuevo mundo, virgen, salvaje —a veces desagradable, siempre excitante— era transitoria. Podían asumir cualquier riesgo —pensaban— porque, en caso necesario, volverían a ese universo suyo, exclusivo, eterno, inagotable, en el cual parecía perfectamente posible vivir a salvo una vida completa sin más necesidad que la de sentirse uno al lado del otro.

Continuará (probablemente).