viernes, 22 de noviembre de 2013

Historia de dos pimientos (II)


Pronto descubrieron que, aunque fueran diferentes, alguna extraña fuerza los animaba; algo surgía de su unión. No se podía describir lo que sentían al entrar en contacto; sus pieles cobraban una tersura y un brillo que ellos mismos no se conocían. El mundo se apagaba en torno suyo y solamente existían el uno para el otro. ¿O quizás era el uno por el otro;  el uno a causa del otro? En la cocina que ellos percibían solitaria y vacía —siempre silenciosa—  agotaban su pasión en medio de jadeos y pulsiones —tensos como cuerdas de violín— repitiendo gestos milenarios que a ellos les parecían completamente nuevos, recién inventados, únicos y exclusivos hijos de su amor, con los que, a la vez que se descubrían,  afirmaban su propia existencia. Más tarde caían en un extraño arrobamiento algodonoso; un relajado no existir  hecho de deseos satisfechos, un nirvana de los sentidos. Algo así como si fueran somnolientos bebés ahítos de leche materna.


Continuará (o no).