sábado, 30 de noviembre de 2013

Arreit



A través de los visores se me mostraba ese planeta que, por azar, me había capturado con su fuerza gravitacional, y que parecía atraerme de forma débil pero constante. Era la primera vez que me ocurría algo parecido tras muchos años de vagar sin control por el espacio después de aquella colisión con una nube de aerolitos que me dejó averiado todo el instrumental de posicionamiento y dirección. Según mis cálculos—hechos de forma manual y necesariamente imprecisos— había entrado en una órbita que debido a un tenue rozamiento iba disminuyendo progresivamente; resultaba pues una mera cuestión de tiempo el que la astronave se precipitase contra esa superficie azul.

Como viajero y descubridor de mundos que soy no descuidé mis obligaciones a pesar de encontrarme en una posición tan comprometida, y con los pobres datos que pude aportar, a este también le puse nombre y lo registré. Fue la última anotación (evidentemente, el viaje había terminado) que hice en mi cuaderno... Sabía que las posibilidades de que fuera recuperado eran infinitesimales pero, aun así, sellé la bitácora, activé la radio baliza y la lancé al espacio con toda la información que había ido acumulando a lo largo del tiempo. La vi alejarse impulsada por la última energía de reserva que me quedaba  como miraría un náufrago a su última botella perderse  entre las olas.

Cuando desapareció de mi vista con un fugaz destello, enfoqué de nuevo en el monitor a ese planeta que parecía aproximarse irremisiblemente. Dejé esta imagen fija los días siguientes durante las interminables horas de lo que resultó ser —al principio—  una lenta aproximación. Veía pasar ante mí sus nubes; me familiarizaba con las formas caprichosas de sus continentes, de sus mares y océanos;  de esos extraños casquetes blancos, opuestos, extraordinariamente brillantes cuando eran heridos por la luz de la estrella más cercana sobre la que a su vez parecíamos girar en una órbita mucho más amplia. Era una imagen que poco a poco se me volvería conocida, obsesiva, omnipresente; casi hipnótica. Y que se agigantaba cada vez de forma más acelerada ocupando toda la pantalla hasta que, al final, sólo la veía fragmentada; en grandes segmentos que parecían girar cada vez más deprisa a mi alrededor; cambiando de color,  llenándose de matices, llamándome.  Esta visión me provocaba sentimientos encontrados: unas veces terror; otras, desesperación; a veces, una inusitada curiosidad; otras, una absurda esperanza.

Lo más extraño y contradictorio era esa sensación de alivio que poco a poco se iba acomodando en mí, y que, incluso, se sobreponía al miedo que me provocaba el fatal desenlace que se avecinaba. Veía próximo, por fin, el término de todos estos años de infortunio y soledad (aunque no se resolviera de ninguna de las formas que yo había imaginado y deseado tantas veces). ¡Hacía tanto tiempo que había desechado todas las esperanzas de un posible rescate...! Quedaban lejos los primeros meses en los que consumí horas calculando —con medios elementales—  las posibilidades que tenía de ser rescatado en el cuadrante estelar en el que me encontraba, y que siempre arrojaban resultados improbables para todas las alternativas. También pasaron aquellos intentos de gobernar la nave cambiando —de forma inteligente, científica— la carga y el equipamiento de sitio y que sólo lograron mejorar (tras dejarme exhausto y correr mil veces el riego de ser aplastado) en algunas trillonésimas mis escasas, prácticamente nulas, probabilidades de cruzar alguna ruta frecuentada.

En cualquier caso, ahora me daba cuenta de que en alguna parte de mi ser se imponía ese deseo de acabar ya; de terminar de una vez; de abandonar la lucha. Me dejaba dominar por esa idea entregándome a un reparador instinto de muerte:  Un deseo de integrarme en algo mucho mayor que yo, más poderoso; arroparme, disolverme, en un mundo que me aceptase.

Indudablemente, prefería esta certeza (por otra parte inevitable) a la idea de prolongar mi solitaria deriva durante algunas decenas de años más, y sobre todo, a la imagen que secretamente más me angustiaba: la de mi cuerpo —despojado de vida— vagando por el espacio durante miles de años sin descomponerse en una oscura y aséptica cápsula de metal.

Al planeta lo llamé Arreit que significa «tumba» en mi lengua vernácula. La que hablamos los karrayanos, los habitantes de Tolimán. Uno de los planetas más pequeños del cinturón de Alfa Centauri.