sábado, 31 de agosto de 2013

Son las cuatro de la tarde de una tarde de agosto.


Son las cuatro de la tarde de una tarde de agosto.
Salgo a pasear por un pueblo vacío.
Aislado de la gente, me siento en medio
de una soledad de tubos rotos y canales desecados;
un foso de incomprensión que se ahonda por momentos.
Mis pasos retumban en medio de una obsesiva sinfonía de chicharras.
Bajo el  brazo llevo un enorme mamotreto de poesía;
la obra completa de uno que, seguramente, tú conoces;
un autor con el que estoy radicalmente en desacuerdo
desde el título efectista hasta el último verso de la última página.
(Aunque reconozco que no me lo he leído todo).

Miro al azar buscando un sentido, una complicidad,
una vibración íntima y solidaria,
pero no me llega nada.  Ni siquiera unas rimas que enmascaren
este estólido balbucear prescindible de niño viejo.
Se me olvidó decir que la mayoría de los autores de hoy en día me aburren.
Alzo los ojos y, en cualquier cosa de lo que me rodea,
veo mucho más de lo que ellos me ofrecen.
Una horda de gorriones skin head
asolan el césped y pienso en Viriato.
Y, por fin, sonrío...

Camino. Desde el bar han sacado un cartel a la acera
con un poema interesante. Me gusta más que el libro
que acarreo para no sentirme solo.
“Torreznos” dice. Rotundo y sin pretensiones
—paladeo la palabra sonora, sugerente, grasienta y enroscada—
y, dos líneas más abajo, me pierdo
por un firmamento de huevos estrellados
y victorias de botellines fríos.

"Señora rumana, con papeles, cuidaría niños y viejos por horas o interna". 
Versos que se agitan en la parada del autobús 
como oraciones tibetanas.

Y tras la esquina —en grandes letras— 
triunfa en la pared otro poema que me gusta:
“Se alquilan mil quinientos metros cuadrados”

Y veo los metros, cuadrados.
Mirando por encima; uno detrás del otro.
Con miedo; temblando nerviosos.
Pensando si no seré yo ese cabrón que puede alquilarlos.
Y veo las máquinas y los obreros,
Y finalmente los clientes, pisándolos
mil quinientas veces al día cuadrado.
Generando dinero para que alguien
—¿no seré yo?—
compre biberones y tenga niños cuadrados
y clientes que compren cosas
mientras sueñan con huevos estrellados
y con botellines fríos.

Miro con disgusto el título del libraco
que llevo para no sentirme solo.
Es grande y pesado. La próxima vez 
que no quiera sentirme tan solo
llevaré un libro mucho más pequeño. 
Sí señor. Total...

sábado, 17 de agosto de 2013

Poemas con voz. Fray Luis de León. Vida Retirada.






        VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida 
la del que huye el mundanal ruïdo,
y sigue la escondida 
senda por donde han ido 
los pocos sabios que en el mundo han sido!     

 Que no le enturbia el pecho 
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo 
se admira, fabricado 
del sabio moro, en jaspes sustentado.      

  No cura si la Fama 
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama 
la lengua lisonjera 
lo que condena la verdad sincera.               

  ¿Qué presta a mi contento 
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento, 
ando desalentado, 
con ansias vivas, con mortal cuidado?       

  ¡Oh monte!, ¡oh fuente!, oh río! 
¡Oh secreto seguro, deleitoso!,
roto casi el navío, 
a vuestro almo reposo 
huyo de aqueste mar tempestuoso.             

  Un no rompido sueño, 
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño 
vanamente severo 
de a quien la sangre ensalza o el dinero.        

  Despiértenme las aves 
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves 
de que es siempre seguido 
el que al ajeno arbitrio está atenido.   

  Vivir quiero conmigo; 
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo, 
libre de amor, de celo, 
de odio, de esperanzas, de recelo.              

 Del monte en la ladera, 
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera 
de bella flor cubierto, 
ya muestra en esperanza el fruto cierto.   

  Y como codiciosa 
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa 
una fontana pura 
hasta llegar corriendo se apresura.        

  Y luego, sosegada, 
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo, de pasada, 
de verdura vistiendo 
y con diversas flores va esparciendo.      

  El aire el huerto orea 
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea 
con un manso ruïdo, 
que del oro y del cetro pone olvido.          

  Ténganse su tesoro 
los que de un flaco leño se confían;
no es mío ver el lloro 
de los que desconfían 
cuando el cierzo y el ábrego porfían.   

  La combatida antena 
cruje, y en ciega noche el claro día 
se torna; al cielo suena 
confusa vocería, 
y la mar enriquecen a porfía.       

  A mí una pobrecilla mesa, 
de amable paz bien abastada, 
me baste;y la vajilla 
de fino oro labrada 
sea de quien la mar no teme airada.    

  Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insacïable 
del peligroso mando, 
tendido yo a la sombra esté cantando.   

  A la sombra tendido, 
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado, 
del plectro sabiamente meneado.   



sábado, 10 de agosto de 2013

Apacheta


Madre Tierra, Señor de la Montaña,
Sólo soy un caminante.
Deja que construya un altar
Sobre tu cuerpo.














Mantén estas piedras efímeras
—Como mis huesos—
Erguidas bajo el sol y las estrellas
y guarda bajo ellas mi corazón y mis recuerdos
junto con estas hojas de coca
que te ofrezco.









Aparta de mí los peligros

Mientras me alejo.     

sábado, 3 de agosto de 2013

Fotos: El pozo escondido.


"Ce qui embellit le désert, dit le petit prince, c'est qu'il cache un puits quelque part..."