miércoles, 17 de julio de 2013

Diario de un mentiroso: Las mujeres y la fruta





Los hombres somos tan perezosos para eso de lo sano que no comeríamos nunca fruta si no fuera por las mujeres. ¿A qué hombre no le ha pelado la fruta —o no le ha preparado un zumo— alguna de las mujeres que le quieren o le han querido? Si eso es algo que está en los genes o es que se ha fijado en el inconsciente colectivo porque se viene produciendo desde el origen de los tiempos, la verdad es que no lo sé.

Las mujeres, sin embargo, por aquello de la fibra y los antioxidantes (o vaya usted a saber por qué) son unas decididas partidarias de la fruta. Quizás tenga que ver con aquello de la separación de roles, mujer recolectora y hombre cazador. Si, ya saben: Los hombres nos íbamos de juerga a cazar con los amigotes y las mujeres se quedaban con los niños recogiendo bayas en el bosque cercano.

Pelar la fruta es algo molesto; mancha las manos y todo eso. Y aunque tengo que reconocer que lo de pringarme nunca me ha representado un freno cuando de lo que se trata es de comerse unas chuletas de cordero a bocados, no sé por qué me vuelvo más tiquismiquis con los melocotones, kiwis y esas zarandajas. Sólo se salvan los plátanos; única fruta que los hombres —paradójicamente desde el punto de vista simbólico— comemos sin demasiado esfuerzo e incluso estamos dispuestos a pelarnos solos.

Al igual que en otros muchos aspectos corporales, los hombres no nos vemos inclinados a asumir evidentes molestias inmediatas a cambio de hipotéticos beneficios futuros. Quizás por eso, hoy en día se ven —en algunos supermercados pijos y tiendas de conveniencia— envases con frutas de temporada que ya vienen peladas y listas para consumir en el acto. No está mal; pero, por muy cómodo que parezca, que quieren que les diga... yo prefiero el método tradicional de toda la vida: que me la pele ella.



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