sábado, 20 de julio de 2013

Diario de un mentiroso: Las mujeres y las matemáticas.


Siempre me ha maravillado la facilidad que la mayor parte de las mujeres tienen para las matemáticas. Me refiero a esa velocidad y seguridad con la que se manejan calculando los cambios de las divisas en los aeropuertos, los descuentos en las rebajas, localizando algo de tiempo aprovechable entre las fechas de sus agendas repletas de actividades, o incluso cuando se atreven con deducciones nada evidentes que parecen requerir un sistema de ecuaciones complicado y que ellas resuelven con una mezcla de intuición, métodos heurísticos y una buena dosis de inferencia matemática. Ni que decir tiene que todo esto lo saben hacer con soltura, a la vez que realizan otras actividades y sin ninguna pedantería intelectual (manifestación que, por desgracia, parece estar reservada a los hombres).

Lo vienen haciendo, además, antes de que la tecnología soñara con la idea de las computadoras de procesamiento paralelo y, por supuesto, mucho antes del desarrollo científico en la década de los setenta de la lógica borrosa (fuzzy logic) y el razonamiento aproximado; contribución inestimable al desarrollo de la inteligencia artificial sobre máquinas que simulan redes neuronales del profesor de la Universidad de Berkeley de origen azerbaiyano, Lotfi Asker Zadeh. A menudo me gusta imaginarme al Prof. Zadeh —tomando notas y aprendiendo un huevo— colándose en las reuniones que seguramente su esposa tendría en casa con las amigas para tomar el té. No deja de ser curioso que solamente hayamos sido capaces de simular inteligencia humana al introducir el “inexacto” (flexible) razonamiento aproximado en las computadoras. Una forma de pensar, por cierto, mucho más parecida a la que tienen las mujeres que el rígido cartesianismo de los varones.

 No sé si me estoy enrollando con demasiados tecnicismos. Les pondré un ejemplo:

El otro día una amiga mía y yo nos encontramos en el portal con mis nuevos vecinos. Los habíamos visto ya un par de veces pero esta era la primera vez que nos parábamos a saludar. Detenidos un momento en el portal —mientras que sus dos hijos correteaban entre nuestras piernas— tuvimos una charla de menos de cinco minutos que a mí me pareció absolutamente banal y sin más contenido que el puramente cortés de presentarse en la comunidad y alguna que otra tontería sobre el colegio de los niños. Cuando salimos a la calle Viviana me dijo:

—Ella tiene 38 años y él no menos de 45 ni más de 49 — y luego continuó —La casa es de ella o del padre de ella y son funcionarios o puede que él sea militar.

Me detuve a mirarla con la boca abierta con gesto de incredulidad por si me estaba tomando el pelo. Pero Viviana continuó:

—Y sí, boludo. Vos no ves que …— y con precisión me señaló las cuatro claves de la conversación que le servían de base;  y las adiciones y sustracciones pertinentes que parecían conducir con bastante exactitud al resultado que ya me había avanzado. Aun así yo tardé un buen rato en aceptar como posible esa solución y se me quedó pendiente comprobar los cálculos en casa con la ayuda de una hoja Excel.

Sin embargo, lo maravilloso del caso es que Viviana lo había hecho velozmente,  sobre la marcha, sin dejar de escuchar y de responder en la conversación con toda naturalidad;  sonriendo con su mirada encantadora a mis vecinos; a la vez que me decía —señalando al más pequeño,  al que, previamente, había preguntado a que curso asistía en el colegio de la forma más despreocupada e inocente que pueda usted imaginarse (aunque sin duda le sirvió para despejar alguna x de sus vertiginosas ecuaciones mentales)—:

— ¿Viste, Miguel, este petiso? ¿No es realmente diviiiiiiiino?

¡Admirable!