jueves, 25 de julio de 2013

Conozco los lunares de tu pecho




Conozco los lunares de tu pecho
Y la curva, torneada, de tus brazos.
Conozco la raíz de tus cabellos
Y las alas de tu cuerpo tatuado.

Conozco tu olor, exquisito, dentro del lecho
Y ese vello del vientre —¡tan rizado!—
Bajo el que se esconden al acecho
Bellos labios de tigres derrotados.

Vengo, y me cobijo en el estrecho
—Perfumado— exilio de tu axila.
Vengo, y me ufano entre tus ingles clamorosas.
Vengo y gozo y río. Vengo y gimo y muero
Empapado de todo lo que tu amor instila.

Y mientras te deseo… ¡deseo tantas cosas!
Que de no tenerte, no más sería
que, del amor, un simple pordiosero.



sábado, 20 de julio de 2013

Diario de un mentiroso: Las mujeres y las matemáticas.


Siempre me ha maravillado la facilidad que la mayor parte de las mujeres tienen para las matemáticas. Me refiero a esa velocidad y seguridad con la que se manejan calculando los cambios de las divisas en los aeropuertos, los descuentos en las rebajas, localizando algo de tiempo aprovechable entre las fechas de sus agendas repletas de actividades, o incluso cuando se atreven con deducciones nada evidentes que parecen requerir un sistema de ecuaciones complicado y que ellas resuelven con una mezcla de intuición, métodos heurísticos y una buena dosis de inferencia matemática. Ni que decir tiene que todo esto lo saben hacer con soltura, a la vez que realizan otras actividades y sin ninguna pedantería intelectual (manifestación que, por desgracia, parece estar reservada a los hombres).

Lo vienen haciendo, además, antes de que la tecnología soñara con la idea de las computadoras de procesamiento paralelo y, por supuesto, mucho antes del desarrollo científico en la década de los setenta de la lógica borrosa (fuzzy logic) y el razonamiento aproximado; contribución inestimable al desarrollo de la inteligencia artificial sobre máquinas que simulan redes neuronales del profesor de la Universidad de Berkeley de origen azerbaiyano, Lotfi Asker Zadeh. A menudo me gusta imaginarme al Prof. Zadeh —tomando notas y aprendiendo un huevo— colándose en las reuniones que seguramente su esposa tendría en casa con las amigas para tomar el té. No deja de ser curioso que solamente hayamos sido capaces de simular inteligencia humana al introducir el “inexacto” (flexible) razonamiento aproximado en las computadoras. Una forma de pensar, por cierto, mucho más parecida a la que tienen las mujeres que el rígido cartesianismo de los varones.

 No sé si me estoy enrollando con demasiados tecnicismos. Les pondré un ejemplo:

El otro día una amiga mía y yo nos encontramos en el portal con mis nuevos vecinos. Los habíamos visto ya un par de veces pero esta era la primera vez que nos parábamos a saludar. Detenidos un momento en el portal —mientras que sus dos hijos correteaban entre nuestras piernas— tuvimos una charla de menos de cinco minutos que a mí me pareció absolutamente banal y sin más contenido que el puramente cortés de presentarse en la comunidad y alguna que otra tontería sobre el colegio de los niños. Cuando salimos a la calle Viviana me dijo:

—Ella tiene 38 años y él no menos de 45 ni más de 49 — y luego continuó —La casa es de ella o del padre de ella y son funcionarios o puede que él sea militar.

Me detuve a mirarla con la boca abierta con gesto de incredulidad por si me estaba tomando el pelo. Pero Viviana continuó:

—Y sí, boludo. Vos no ves que …— y con precisión me señaló las cuatro claves de la conversación que le servían de base;  y las adiciones y sustracciones pertinentes que parecían conducir con bastante exactitud al resultado que ya me había avanzado. Aun así yo tardé un buen rato en aceptar como posible esa solución y se me quedó pendiente comprobar los cálculos en casa con la ayuda de una hoja Excel.

Sin embargo, lo maravilloso del caso es que Viviana lo había hecho velozmente,  sobre la marcha, sin dejar de escuchar y de responder en la conversación con toda naturalidad;  sonriendo con su mirada encantadora a mis vecinos; a la vez que me decía —señalando al más pequeño,  al que, previamente, había preguntado a que curso asistía en el colegio de la forma más despreocupada e inocente que pueda usted imaginarse (aunque sin duda le sirvió para despejar alguna x de sus vertiginosas ecuaciones mentales)—:

— ¿Viste, Miguel, este petiso? ¿No es realmente diviiiiiiiino?

¡Admirable!



miércoles, 17 de julio de 2013

Diario de un mentiroso: Las mujeres y la fruta





Los hombres somos tan perezosos para eso de lo sano que no comeríamos nunca fruta si no fuera por las mujeres. ¿A qué hombre no le ha pelado la fruta —o no le ha preparado un zumo— alguna de las mujeres que le quieren o le han querido? Si eso es algo que está en los genes o es que se ha fijado en el inconsciente colectivo porque se viene produciendo desde el origen de los tiempos, la verdad es que no lo sé.

Las mujeres, sin embargo, por aquello de la fibra y los antioxidantes (o vaya usted a saber por qué) son unas decididas partidarias de la fruta. Quizás tenga que ver con aquello de la separación de roles, mujer recolectora y hombre cazador. Si, ya saben: Los hombres nos íbamos de juerga a cazar con los amigotes y las mujeres se quedaban con los niños recogiendo bayas en el bosque cercano.

Pelar la fruta es algo molesto; mancha las manos y todo eso. Y aunque tengo que reconocer que lo de pringarme nunca me ha representado un freno cuando de lo que se trata es de comerse unas chuletas de cordero a bocados, no sé por qué me vuelvo más tiquismiquis con los melocotones, kiwis y esas zarandajas. Sólo se salvan los plátanos; única fruta que los hombres —paradójicamente desde el punto de vista simbólico— comemos sin demasiado esfuerzo e incluso estamos dispuestos a pelarnos solos.

Al igual que en otros muchos aspectos corporales, los hombres no nos vemos inclinados a asumir evidentes molestias inmediatas a cambio de hipotéticos beneficios futuros. Quizás por eso, hoy en día se ven —en algunos supermercados pijos y tiendas de conveniencia— envases con frutas de temporada que ya vienen peladas y listas para consumir en el acto. No está mal; pero, por muy cómodo que parezca, que quieren que les diga... yo prefiero el método tradicional de toda la vida: que me la pele ella.



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lunes, 8 de julio de 2013

Me llamo Noé (reeditado)



Me llamo Noé... Y soy hijo de Lamec, que fue hijo de Matusalén que a su vez era hijo de Enoc.




                           Entonces YaHvé lamentó haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo YaHvé: "Arrasaré de la faz de la tierra los seres que he creado, desde el hombre hasta el ganado, los reptiles y las aves del cielo; porque lamento haberlos hecho." (Genesis).


Hace mucho, mucho tiempo, en aquella época en la que Dios aun se compadecía de mí, me ordenó construir una balsa donde meterme con mi familia y una pareja de cada uno de los animales para ponernos a salvo de una gran catástrofe con la que pensaba purificar la Tierra.

Siguiendo su inspiración, y en medio del desierto, construí un gran barco: el Arca. En su interior fui juntando parejas de animales mientras que era el hazmerreir de todos mis convecinos. Pronto dejaron de burlarse al ver que no paraba de llover y que los ríos se desbordaban y los valles se anegaban.

Aquella tarde, cuando el arca comenzó a flotar, fui a buscarte a tu humilde casa; la que se alza entre las aromáticas plantas de romero que tapizan la colina. Habías salido con tus padres intentando poner a salvo los rebaños de cabras y darlos en venta en la lejana ciudad. Solitarias y silenciosas estaban las cuadras y también los rediles aromados de almizcle. Pegado a los muros de la casa, ahora cerrada, me resguardé recordando aquellos días de verano cuando nos veíamos furtivamente a la hora de la siesta mientras todos dormían: zumbaban en la modorra del calor de la tarde los moscardones mientras un sol implacable se estrellaba en las piedras. Nos escondíamos de todos en la fresca sombra del pequeño chozo construido sobre el arroyo para guardar los quesos, o bajo la sombra de las higueras cargadas de frutos dulces. Tú acariciabas mis sienes, o sujetando mi cabeza entre tus manos la hacías descansar en tu regazo mientras decías:


— “ …mi nardo exhala su perfume.
Mi amado es para mí una bolsita de mirra
que descansa entre mis pechos.
Mi amado es para mí un racimo de alheña
en las viñas de Engadí”


Y yo te respondía, inflamado:

— “¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!
¡Tus ojos son palomas!...”


Salí de mis ensueños. El cielo estaba negro y tenebroso. Relámpagos y rayos cruzaban 
el aire como latigazos en medio de horrísonos truenos que retumbaban en todos los rincones del valle. El agua me azotaba hasta casi no dejarme respirar. Volví solo al llano donde el Arca se mecía, ya libre, sobre la superficie del agua en medio del vendaval desatado. A través del estruendo me llegaban las voces, mezcladas con el clamor de los animales, de mis hijos y nueras que me llamaban impacientes. A duras penas me izaron a la cubierta y allí me derrumbé, con el corazón roto, en medio de un montón de cuerdas y canastos de enea.

Luego siguieron esos pavorosos días de cielos abiertos en los que no cesó de llover. Sacudidos por olas gigantescas de agua y lodo asistimos a la desaparición inmisericorde de todo el mundo conocido. El tiempo que no me exigía el cuidado de las bestias lo pasaba en la cubierta, amarrado con una soga para no ser arrastrado, oteando el escaso horizonte por si llegaba a verte en medio de tanta desolación; o examinando todos los despojos humanos, que el azar aproximaba a la quilla, con el temor de identificar tu cuerpo de gacela entre ellos.

Por fin un día amaneció azul y radiante como si nunca hubiera pasado nada. El arca flotaba rodeada de agua por todas partes en la que se reflejaban de forma apacible algunas nubes blancas. Mi hijo mayor soltó una paloma que primero ascendió desorientada en el cielo aunque pronto se dirigió volando de forma decidida hacia el este. Al cabo de un rato, desapareció. Al caer la tarde la paloma volvió exhausta.

Pasaron varios días y era evidente que el nivel del agua estaba descendiendo. Cada mañana repetíamos la ceremonia de la paloma hasta que un día, que se fue hacía el sureste, apareció con un ramito de olivo en el pico. Mi familia alborozada quiso poner rumbo en esa dirección pero yo los disuadí.

Así se sucedieron los días y cada vez más frecuentemente la paloma volvía con una rama distinta en el pico, a veces de exóticas plantas desconocidas, pero yo nunca los dejaba desembarcar en las costas cada vez más evidentes que nos rodeaban y les hacía remar más y más lejos.

Una noche, mientras yo dormía, y aprovechando que habíamos encallado, me abandonaron dejando a su vez escapar a los animales. Todos se fueron excepto los palomos mensajeros que tú me habías regalado y que tantas veces habíamos usado para comunicarnos en secreto.

A la mañana siguiente, como pude, liberé la ruinosa barca del barro de la orilla y la puse de nuevo a flote.

Sin velas y sin remos voy vagando a donde el viento y la corriente quieran llevarme. Siento que mis emociones han sustituido a los animales y así, unas veces, —cuando estoy suave y melancólico— me siento como los corderitos que nacieron en medio del diluvio; otras —cuando el dolor por tu amor perdido me mata— vago por la cubierta a zancadas y me vuelvo una auténtica fiera que destrozaría lo que tuviera por delante de un cruel zarpazo,

Cada mañana suelto una paloma y espero su regreso. Sólo desembarcaré cuando me traiga una ramita florecida de romero en el pico. La señal del amor. Nuestra señal.



Habla mi amado, y me dice:
"¡Levántate, amada mía,
y ven, hermosa mía!
Porque ya pasó el invierno,
cesaron y se fueron las lluvias.
Aparecieron las flores sobre la tierra,
llegó el tiempo de las canciones,
y se oye en nuestra tierra
el arrullo de la tórtola.
(El Cantar de los cantares)