sábado, 30 de marzo de 2013

El Concilio de Constanza o Las Setecientas Putas


Según cuenta el historiador católico Daniel-Rops, en el siglo XV durante el concilio de Constanza se desplazaron a la ciudad 700 prostitutas para atender las necesidades del clero allí reunido.

La verdad es que tuvo que ser un Concilio entretenidillo. Un cisma doble con tres Papas reclamando el Trono de Pedro; uno de ellos ni más ni menos que nuestro Papa Luna que, como buen baturro, no daba su báculo a torcer. También además, un buen montón de herejes por quemar: Algunos vivos, como Jan Hus y Jerónimo de Praga, que hubo que ir a cazarlos para llevarlos a la hoguera; otros muertos, como John Wycliff, interesante teólogo inglés defensor de un igualitarismo religioso y social, el cual tuvo la poca delicadeza —o previsión— de morirse varias décadas antes, con lo cual, hubo que abrir la tumba para quemar lo poco que de él quedaba. Toda una fiesta. ¡Claro! ¡Con lo que pone esto de quemar herejes, no me extraña que hubiera que reforzar los servicios especiales!


Parece que de aquellos polvos, y me refiero a las medidas tomadas en el concilio —no sean malos—, llegaron un siglo después los lodos de la reforma protestante, de la contrarreforma católica y del concilio de Trento que se celebró a mediados del siglo XVI en ese pequeño pueblo alpino, en el que, entre otras medidas, se hizo obligatorio el celibato clerical. Ósea, un concilio aburrido y tontorrón, posiblemente causa y motor de las aficiones perversas que el clero ha venido satisfaciendo de tapadillo hasta nuestros días, con la connivencia, disculpa y ocultación por parte de su jerarquía.