domingo, 29 de diciembre de 2013

¿Cala?...




... ¿o cluz?


La moneda se supone que es un Seven mace and two candaren. No me salió «cala» sino más bien «balata» teniendo en cuenta la enorme diferencia en el poder adquisitivo entre los dos paises en aquellos días. Uno o dos yuanes como mucho. La compré el año 1.992 junto a la Gran Muralla a un chino con venerable cara de sinvergüenza. Doy por supuesto que es falsa, claro. Lo curioso es que desde aquel viaje y desde luego no por este inocente motivo yo, que suelo comer de todo, soy más bien tirando a xinofobo.


Música en la madrugada: Hard to explain


Si, mujer. Era algo así como…




jueves, 19 de diciembre de 2013

Música en la madrugada: Blue moon


¿No está la luna un poco rara hoy? ¿O soy yo?





... Blue Moon, you saw me standing alone
Without a dream in my heart
Without a love of my own...




lunes, 9 de diciembre de 2013

Bichitos corriendo por tu falda


¿Alguien sabe cómo se llama este bichito tan mono? Parece una especie de cruce entre Pepito Grillo y el Hombre de Hojalata..


Lo tenía el volcán Arenal andando por su falda. Claro que... ¡menuda falda!






domingo, 1 de diciembre de 2013

El pariente


—¡Eh, oiga!, ¿sabe usted quién soy yo? —Levanté la vista de la cámara y lo miré fijamente antes de responder. Mi modelo me interpelaba desde la mesa de la cocina con voz un poco áspera y algo así, ¿cómo decirles?... como pretenciosa. No me sorprendió demasiado; últimamente me pasan esas cosas tan raras que les vengo contando…

—Pues… ¿un pimiento? —aventuré, un poco bobaliconamente.

—¡Un pimiento! ¡Un pimiento! —refunfuñó con sorna— ¡Pues claro, hombre! Pero... ¡Qué pimiento! ¡No un pimiento cualquiera! ¡Mis antepasados fueron exportados a California desde Italia a principios del siglo pasado! ¡Mi tatarabuelo posó directamente para Weston en el año 1930!... ¡Mis tíos abuelos decoraron la ensalada de Tina Modotti...!

—¿Weston? Quiere decir… ¿Edward Weston? ¿El fotógrafo?

—Naturalmente —Mi pimiento enrojeció un poco más, satisfecho de que yo entrara al trapo tan fácilmente, y por puro engreimiento.

—Por favor, ¿puede estarse quieto y mantener el color? Estoy en medio de una medición de luz —le rogué, quizás demasiado severo. Enseguida palideció avergonzado aunque, eso sí, gruñó por lo bajini:

—¡El color, vaya tontería!

El caso es que no acababa de estarse quieto. Maldije para mis adentros y pensé en la tabla de madera y en el cuchillo de trinchar que guardo en el cajón: «Este maldito pimiento transgénico con ínfulas de artista»… ¡No me creía ni una sola palabra de lo que me estaba diciendo!

—Ay —suspiré profundamente pensando: «Si no fuera por sus tersas y redondeadas formas que me recuerdan tanto a las de ella (el mismo culo, la misma espalda) ahora mismo me preparaba una escalibada».

Al final, probé a revelarlo en blanco y negro… Sí, ¡ya saben!... ¡por si acaso era verdad lo que contaba de su abuelo y lo de Weston!

La verdad es que se parecen.



Si tiene un rato, vea también:

Por ejemplo, relatos cortísimos en  Diario de un mentiroso

o, quizás, algo de biografía con corazón en

http://miguelguinea.blogspot.com.es/2011/11/charis-wilson-y-la-magia-de-las-dunas.html

o haga arqueología a la aventura por el índice cronológico de años y meses de publicaciones  (en la columna derecha del blog)






sábado, 30 de noviembre de 2013

Arreit



A través de los visores se me mostraba ese planeta que, por azar, me había capturado con su fuerza gravitacional, y que parecía atraerme de forma débil pero constante. Era la primera vez que me ocurría algo parecido tras muchos años de vagar sin control por el espacio después de aquella colisión con una nube de aerolitos que me dejó averiado todo el instrumental de posicionamiento y dirección. Según mis cálculos—hechos de forma manual y necesariamente imprecisos— había entrado en una órbita que debido a un tenue rozamiento iba disminuyendo progresivamente; resultaba pues una mera cuestión de tiempo el que la astronave se precipitase contra esa superficie azul.

Como viajero y descubridor de mundos que soy no descuidé mis obligaciones a pesar de encontrarme en una posición tan comprometida, y con los pobres datos que pude aportar, a este también le puse nombre y lo registré. Fue la última anotación (evidentemente, el viaje había terminado) que hice en mi cuaderno... Sabía que las posibilidades de que fuera recuperado eran infinitesimales pero, aun así, sellé la bitácora, activé la radio baliza y la lancé al espacio con toda la información que había ido acumulando a lo largo del tiempo. La vi alejarse impulsada por la última energía de reserva que me quedaba  como miraría un náufrago a su última botella perderse  entre las olas.

Cuando desapareció de mi vista con un fugaz destello, enfoqué de nuevo en el monitor a ese planeta que parecía aproximarse irremisiblemente. Dejé esta imagen fija los días siguientes durante las interminables horas de lo que resultó ser —al principio—  una lenta aproximación. Veía pasar ante mí sus nubes; me familiarizaba con las formas caprichosas de sus continentes, de sus mares y océanos;  de esos extraños casquetes blancos, opuestos, extraordinariamente brillantes cuando eran heridos por la luz de la estrella más cercana sobre la que a su vez parecíamos girar en una órbita mucho más amplia. Era una imagen que poco a poco se me volvería conocida, obsesiva, omnipresente; casi hipnótica. Y que se agigantaba cada vez de forma más acelerada ocupando toda la pantalla hasta que, al final, sólo la veía fragmentada; en grandes segmentos que parecían girar cada vez más deprisa a mi alrededor; cambiando de color,  llenándose de matices, llamándome.  Esta visión me provocaba sentimientos encontrados: unas veces terror; otras, desesperación; a veces, una inusitada curiosidad; otras, una absurda esperanza.

Lo más extraño y contradictorio era esa sensación de alivio que poco a poco se iba acomodando en mí, y que, incluso, se sobreponía al miedo que me provocaba el fatal desenlace que se avecinaba. Veía próximo, por fin, el término de todos estos años de infortunio y soledad (aunque no se resolviera de ninguna de las formas que yo había imaginado y deseado tantas veces). ¡Hacía tanto tiempo que había desechado todas las esperanzas de un posible rescate...! Quedaban lejos los primeros meses en los que consumí horas calculando —con medios elementales—  las posibilidades que tenía de ser rescatado en el cuadrante estelar en el que me encontraba, y que siempre arrojaban resultados improbables para todas las alternativas. También pasaron aquellos intentos de gobernar la nave cambiando —de forma inteligente, científica— la carga y el equipamiento de sitio y que sólo lograron mejorar (tras dejarme exhausto y correr mil veces el riego de ser aplastado) en algunas trillonésimas mis escasas, prácticamente nulas, probabilidades de cruzar alguna ruta frecuentada.

En cualquier caso, ahora me daba cuenta de que en alguna parte de mi ser se imponía ese deseo de acabar ya; de terminar de una vez; de abandonar la lucha. Me dejaba dominar por esa idea entregándome a un reparador instinto de muerte:  Un deseo de integrarme en algo mucho mayor que yo, más poderoso; arroparme, disolverme, en un mundo que me aceptase.

Indudablemente, prefería esta certeza (por otra parte inevitable) a la idea de prolongar mi solitaria deriva durante algunas decenas de años más, y sobre todo, a la imagen que secretamente más me angustiaba: la de mi cuerpo —despojado de vida— vagando por el espacio durante miles de años sin descomponerse en una oscura y aséptica cápsula de metal.

Al planeta lo llamé Arreit que significa «tumba» en mi lengua vernácula. La que hablamos los karrayanos, los habitantes de Tolimán. Uno de los planetas más pequeños del cinturón de Alfa Centauri.


miércoles, 27 de noviembre de 2013

lunes, 25 de noviembre de 2013

Historia de dos pimientos (III)





Con el tiempo, la pasión —sin extinguirse— fue dejando paso a otros sentimientos más complejos. El placer de saberse unidos, aun sin contacto; la sensación de compartir un destino común, que fantaseaban eterno, para siempre; a salvo de la soledad y de la incomprensión. Otro beneficio de esta colusión era el sentirse tácitamente revalidados en sus imágenes de pimientos privilegiados: fuertes, sanos y queridos.

Fueron unos días en los que el mundo exterior comenzó a existir más allá de su relación.  Poco a poco descubrían (recuperaban)  ese tiempo y espacio común donde los demás seres también existimos, pero esta vez lo hacían desde la perspectiva de su unión. Y abrían los ojos con curiosidad a ese mundo nuevo que se dividía en dos grandes bloques: ellos y los demás.

La exploración de ese nuevo mundo, virgen, salvaje —a veces desagradable, siempre excitante— era transitoria. Podían asumir cualquier riesgo —pensaban— porque, en caso necesario, volverían a ese universo suyo, exclusivo, eterno, inagotable, en el cual parecía perfectamente posible vivir a salvo una vida completa sin más necesidad que la de sentirse uno al lado del otro.

Continuará (probablemente).




viernes, 22 de noviembre de 2013

Historia de dos pimientos (II)


Pronto descubrieron que, aunque fueran diferentes, alguna extraña fuerza los animaba; algo surgía de su unión. No se podía describir lo que sentían al entrar en contacto; sus pieles cobraban una tersura y un brillo que ellos mismos no se conocían. El mundo se apagaba en torno suyo y solamente existían el uno para el otro. ¿O quizás era el uno por el otro;  el uno a causa del otro? En la cocina que ellos percibían solitaria y vacía —siempre silenciosa—  agotaban su pasión en medio de jadeos y pulsiones —tensos como cuerdas de violín— repitiendo gestos milenarios que a ellos les parecían completamente nuevos, recién inventados, únicos y exclusivos hijos de su amor, con los que, a la vez que se descubrían,  afirmaban su propia existencia. Más tarde caían en un extraño arrobamiento algodonoso; un relajado no existir  hecho de deseos satisfechos, un nirvana de los sentidos. Algo así como si fueran somnolientos bebés ahítos de leche materna.


Continuará (o no).







jueves, 21 de noviembre de 2013

Historia de dos pimientos (I)



Por casualidad, se conocieron en la cocina durante una fría noche de fogones apagados. El reloj del horno marcaba el compás de un tiempo que sin él hubiese parecido eterno. Las ollas de vez en cuando suspiraban con sus ansias maternales de úteros nunca completamente repletos,  mientras que los cuchillos dormían en los cajones y soñaban con cuentos de bandoleros en los que refulgían en las encrucijadas de los caminos con su feroz sonrisa. Una atmósfera seca, sin ningún olor definido —quizás a algo un poco acre o áspero—  flotaba entre las paredes desnudas


(Continuará)


Historia de dos pimientos. Índice





Historia de dos pimientos

Por
Miguel Guinea




Pimientos, bledos, rábanos, cominos... toda una ensalada de cosas comúnmente tenidas en poco, cuando no despreciadas. Y sin embargo...


Índice de capítulos

lunes, 11 de noviembre de 2013

sábado, 9 de noviembre de 2013

Vuelve... Música en la madrugada

¿Quiere olvidar unos ojos castaños y no sabe cómo?


Aprenda una buena forma de hacerlo en:







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PLATAFORMA CERRADA
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Música en la madrugada. Un proyecto musical diferente en la Comunidad del diario El País




Them Their Eyes







miércoles, 30 de octubre de 2013

jueves, 24 de octubre de 2013

jueves, 17 de octubre de 2013

Calypso blues

... y allí estaba ella: sentada ante el océano con esa carita tan triste.







Wa-oo-oo, wa-oo-oo…. sittin' by the ocean…

sábado, 31 de agosto de 2013

Son las cuatro de la tarde de una tarde de agosto.


Son las cuatro de la tarde de una tarde de agosto.
Salgo a pasear por un pueblo vacío.
Aislado de la gente, me siento en medio
de una soledad de tubos rotos y canales desecados;
un foso de incomprensión que se ahonda por momentos.
Mis pasos retumban en medio de una obsesiva sinfonía de chicharras.
Bajo el  brazo llevo un enorme mamotreto de poesía;
la obra completa de uno que, seguramente, tú conoces;
un autor con el que estoy radicalmente en desacuerdo
desde el título efectista hasta el último verso de la última página.
(Aunque reconozco que no me lo he leído todo).

Miro al azar buscando un sentido, una complicidad,
una vibración íntima y solidaria,
pero no me llega nada.  Ni siquiera unas rimas que enmascaren
este estólido balbucear prescindible de niño viejo.
Se me olvidó decir que la mayoría de los autores de hoy en día me aburren.
Alzo los ojos y, en cualquier cosa de lo que me rodea,
veo mucho más de lo que ellos me ofrecen.
Una horda de gorriones skin head
asolan el césped y pienso en Viriato.
Y, por fin, sonrío...

Camino. Desde el bar han sacado un cartel a la acera
con un poema interesante. Me gusta más que el libro
que acarreo para no sentirme solo.
“Torreznos” dice. Rotundo y sin pretensiones
—paladeo la palabra sonora, sugerente, grasienta y enroscada—
y, dos líneas más abajo, me pierdo
por un firmamento de huevos estrellados
y victorias de botellines fríos.

"Señora rumana, con papeles, cuidaría niños y viejos por horas o interna". 
Versos que se agitan en la parada del autobús 
como oraciones tibetanas.

Y tras la esquina —en grandes letras— 
triunfa en la pared otro poema que me gusta:
“Se alquilan mil quinientos metros cuadrados”

Y veo los metros, cuadrados.
Mirando por encima; uno detrás del otro.
Con miedo; temblando nerviosos.
Pensando si no seré yo ese cabrón que puede alquilarlos.
Y veo las máquinas y los obreros,
Y finalmente los clientes, pisándolos
mil quinientas veces al día cuadrado.
Generando dinero para que alguien
—¿no seré yo?—
compre biberones y tenga niños cuadrados
y clientes que compren cosas
mientras sueñan con huevos estrellados
y con botellines fríos.

Miro con disgusto el título del libraco
que llevo para no sentirme solo.
Es grande y pesado. La próxima vez 
que no quiera sentirme tan solo
llevaré un libro mucho más pequeño. 
Sí señor. Total...

sábado, 17 de agosto de 2013

Poemas con voz. Fray Luis de León. Vida Retirada.






        VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida 
la del que huye el mundanal ruïdo,
y sigue la escondida 
senda por donde han ido 
los pocos sabios que en el mundo han sido!     

 Que no le enturbia el pecho 
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo 
se admira, fabricado 
del sabio moro, en jaspes sustentado.      

  No cura si la Fama 
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama 
la lengua lisonjera 
lo que condena la verdad sincera.               

  ¿Qué presta a mi contento 
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento, 
ando desalentado, 
con ansias vivas, con mortal cuidado?       

  ¡Oh monte!, ¡oh fuente!, oh río! 
¡Oh secreto seguro, deleitoso!,
roto casi el navío, 
a vuestro almo reposo 
huyo de aqueste mar tempestuoso.             

  Un no rompido sueño, 
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño 
vanamente severo 
de a quien la sangre ensalza o el dinero.        

  Despiértenme las aves 
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves 
de que es siempre seguido 
el que al ajeno arbitrio está atenido.   

  Vivir quiero conmigo; 
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo, 
libre de amor, de celo, 
de odio, de esperanzas, de recelo.              

 Del monte en la ladera, 
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera 
de bella flor cubierto, 
ya muestra en esperanza el fruto cierto.   

  Y como codiciosa 
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa 
una fontana pura 
hasta llegar corriendo se apresura.        

  Y luego, sosegada, 
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo, de pasada, 
de verdura vistiendo 
y con diversas flores va esparciendo.      

  El aire el huerto orea 
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea 
con un manso ruïdo, 
que del oro y del cetro pone olvido.          

  Ténganse su tesoro 
los que de un flaco leño se confían;
no es mío ver el lloro 
de los que desconfían 
cuando el cierzo y el ábrego porfían.   

  La combatida antena 
cruje, y en ciega noche el claro día 
se torna; al cielo suena 
confusa vocería, 
y la mar enriquecen a porfía.       

  A mí una pobrecilla mesa, 
de amable paz bien abastada, 
me baste;y la vajilla 
de fino oro labrada 
sea de quien la mar no teme airada.    

  Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insacïable 
del peligroso mando, 
tendido yo a la sombra esté cantando.   

  A la sombra tendido, 
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado, 
del plectro sabiamente meneado.   



sábado, 10 de agosto de 2013

Apacheta


Madre Tierra, Señor de la Montaña,
Sólo soy un caminante.
Deja que construya un altar
Sobre tu cuerpo.














Mantén estas piedras efímeras
—Como mis huesos—
Erguidas bajo el sol y las estrellas
y guarda bajo ellas mi corazón y mis recuerdos
junto con estas hojas de coca
que te ofrezco.









Aparta de mí los peligros

Mientras me alejo.     

sábado, 3 de agosto de 2013

Fotos: El pozo escondido.


"Ce qui embellit le désert, dit le petit prince, c'est qu'il cache un puits quelque part..."

jueves, 25 de julio de 2013

Conozco los lunares de tu pecho




Conozco los lunares de tu pecho
Y la curva, torneada, de tus brazos.
Conozco la raíz de tus cabellos
Y las alas de tu cuerpo tatuado.

Conozco tu olor, exquisito, dentro del lecho
Y ese vello del vientre —¡tan rizado!—
Bajo el que se esconden al acecho
Bellos labios de tigres derrotados.

Vengo, y me cobijo en el estrecho
—Perfumado— exilio de tu axila.
Vengo, y me ufano entre tus ingles clamorosas.
Vengo y gozo y río. Vengo y gimo y muero
Empapado de todo lo que tu amor instila.

Y mientras te deseo… ¡deseo tantas cosas!
Que de no tenerte, no más sería
que, del amor, un simple pordiosero.



sábado, 20 de julio de 2013

Diario de un mentiroso: Las mujeres y las matemáticas.


Siempre me ha maravillado la facilidad que la mayor parte de las mujeres tienen para las matemáticas. Me refiero a esa velocidad y seguridad con la que se manejan calculando los cambios de las divisas en los aeropuertos, los descuentos en las rebajas, localizando algo de tiempo aprovechable entre las fechas de sus agendas repletas de actividades, o incluso cuando se atreven con deducciones nada evidentes que parecen requerir un sistema de ecuaciones complicado y que ellas resuelven con una mezcla de intuición, métodos heurísticos y una buena dosis de inferencia matemática. Ni que decir tiene que todo esto lo saben hacer con soltura, a la vez que realizan otras actividades y sin ninguna pedantería intelectual (manifestación que, por desgracia, parece estar reservada a los hombres).

Lo vienen haciendo, además, antes de que la tecnología soñara con la idea de las computadoras de procesamiento paralelo y, por supuesto, mucho antes del desarrollo científico en la década de los setenta de la lógica borrosa (fuzzy logic) y el razonamiento aproximado; contribución inestimable al desarrollo de la inteligencia artificial sobre máquinas que simulan redes neuronales del profesor de la Universidad de Berkeley de origen azerbaiyano, Lotfi Asker Zadeh. A menudo me gusta imaginarme al Prof. Zadeh —tomando notas y aprendiendo un huevo— colándose en las reuniones que seguramente su esposa tendría en casa con las amigas para tomar el té. No deja de ser curioso que solamente hayamos sido capaces de simular inteligencia humana al introducir el “inexacto” (flexible) razonamiento aproximado en las computadoras. Una forma de pensar, por cierto, mucho más parecida a la que tienen las mujeres que el rígido cartesianismo de los varones.

 No sé si me estoy enrollando con demasiados tecnicismos. Les pondré un ejemplo:

El otro día una amiga mía y yo nos encontramos en el portal con mis nuevos vecinos. Los habíamos visto ya un par de veces pero esta era la primera vez que nos parábamos a saludar. Detenidos un momento en el portal —mientras que sus dos hijos correteaban entre nuestras piernas— tuvimos una charla de menos de cinco minutos que a mí me pareció absolutamente banal y sin más contenido que el puramente cortés de presentarse en la comunidad y alguna que otra tontería sobre el colegio de los niños. Cuando salimos a la calle Viviana me dijo:

—Ella tiene 38 años y él no menos de 45 ni más de 49 — y luego continuó —La casa es de ella o del padre de ella y son funcionarios o puede que él sea militar.

Me detuve a mirarla con la boca abierta con gesto de incredulidad por si me estaba tomando el pelo. Pero Viviana continuó:

—Y sí, boludo. Vos no ves que …— y con precisión me señaló las cuatro claves de la conversación que le servían de base;  y las adiciones y sustracciones pertinentes que parecían conducir con bastante exactitud al resultado que ya me había avanzado. Aun así yo tardé un buen rato en aceptar como posible esa solución y se me quedó pendiente comprobar los cálculos en casa con la ayuda de una hoja Excel.

Sin embargo, lo maravilloso del caso es que Viviana lo había hecho velozmente,  sobre la marcha, sin dejar de escuchar y de responder en la conversación con toda naturalidad;  sonriendo con su mirada encantadora a mis vecinos; a la vez que me decía —señalando al más pequeño,  al que, previamente, había preguntado a que curso asistía en el colegio de la forma más despreocupada e inocente que pueda usted imaginarse (aunque sin duda le sirvió para despejar alguna x de sus vertiginosas ecuaciones mentales)—:

— ¿Viste, Miguel, este petiso? ¿No es realmente diviiiiiiiino?

¡Admirable!