lunes, 16 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo V. La prueba del amoniaco


Cuando se fue Tomás por fin pude atender el tema que atraía toda mi atención. Sobre la mesa de la cocina estaba el envoltorio que presumiblemente contenía el cartulario. Rasgué el papel con prisas y suspiré aliviado cuando aparecieron ante mi vista las tapas del libro que había descubierto en la chamarilería hacía unas pocas horas y que se me antojaban largos años.


Abrí la tapa y examiné extasiado el libro. Por primera vez me di cuenta de lo excelentemente conservado que estaba: Las páginas claras, los caracteres nítidos, la ausencia de polvo en los lomos y cantos…¡Qué extraña esta ausencia de polvo! Debía haberse conservado en una vitrina o, mejor aún, en un arcón que sin duda lo había preservado del deterioro que provoca el aire y la luz.
Estaba pasando las hojas con sumo cuidado, casi con reverencia,  especulando de qué época podría ser, intentando encontrar en el texto alguna fecha o dato que me diera una primera aproximación, cuando me di cuenta —con horror— de esa página manchada.
La mancha era reciente. Todavía pringosa, se adhería a la página opuesta. Me resultó muy fácil identificar que era de azúcar glasé.  ¡Maldita sea! Efectivamente, miré con odio el puño de mi camisa que había recogido el pequeño resto de donuts abandonado por Tomás sobre la mesa y que ahora tan diligentemente se  encargaba de repartirlo por el impoluto —a lo largo de los siglos, hasta hoy—cartulario. Me arremangué varias vueltas con premura para contener la extensión del desastre.
El primer intento de limpiarlo con el papel de la cocina colaboró a extender y consolidar la mancha un poco más. Busqué nerviosamente debajo del fregadero sacando un frasco de amoniaco. «Ajá. Esto puede servir» pensé dominado por una estúpida urgencia; era como si la mancha pudiera crecer y crecer, ocupándolo todo, si no la eliminaba de inmediato. Empapé ligeramente una servilleta en el producto y froté delicadamente; con mucho cuidado.
Satisfecho comprobé que la mancha desaparecía. Apenas quedaba la señal humedecida del círculo de amoniaco que se reducía sensiblemente según el líquido se iba evaporando.
La mancha desapareció completamente. En el lugar donde había estado —una zona de la página sin texto— se advertían, bastante nítidos, en tono ocre y revelados de la nada, tres caracteres de trazo y tamaño totalmente diferentes a los del resto del documento.


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