sábado, 14 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo IV. Matar los libros


 

Intenté, sin éxito, abrir la caja tirando de las solapas de las tapas de cartón nada más traspasar la puerta y en medio del recibidor. Pronto me di cuenta de que estaba demasiado bien embalada para lograrlo. Los cúteres los tengo junto con las otras herramientas en el garaje; lugar que, en esos momentos, a mi impaciencia le parecía tan remoto como Sídney o Sebastopol. Lo más rápido y sensato sin duda era buscar en la cocina unas tijeras o un instrumento cortante. Así lo hice y armado de un cuchillo conseguí por fin abrir la caja.
 Un rápido vistazo vino a confirmar mis incipientes temores ¡No estaba el libro! El cartulario no aparecía entre los tomos polvorientos y desordenados ¡Me lo temía! ¡Maldito viejo! ¡Cómo me la había jugado! Volqué la caja entera con rabia y frustración en el suelo del pasillo por el que los tomos de derecho se esparcieron levantando pequeñas nubes de polvo…
En ese momento sonó el timbre de la puerta.
Cuando todavía no había acabado de sonar, ya me había vuelto rápidamente y abierto con brusquedad. Estaba rabioso. « ¿Qué?», dije; aullé casi.
El inoportuno visitante dio un respingo al ver mi cara desencajada y el cuchillo que, sin saber muy bien lo que hacía, todavía blandía, de una forma que se podía interpretar como amenazante, en mi mano derecha. Casi se le cae de las manos el paquetón envuelto en papel de estraza que portaba.
—¡Joder, chico! ¿Qué pasa? ¿A quién has matado?
—¿Qué? ¿Cómo? — dije sin reaccionar y sin acabar de asimilar la situación de lo que estaba pasando.
Tomás estaba ante mí con su fofo trasero embutido en unos pantalones demasiado ajustados y el torso malamente oculto por una inmensa camisa hawaiana con más de mil años y un estampado de palmeras horroroso. La cintura sin abrochar —no hubiera podido— dejaba ver el elástico del pantalón del pijama, y por la camisa, demasiado abierta, asomaban unas tetas grandes, como las de una mujer pero con vello.
—Oye ¡Que lo siento! No me di cuenta antes. ¡También dejaron este paquete! Dijeron que no cabía en la caja y que lo habían envuelto aparte!
Diciendo esto, y sin ser invitado, saltó sobre los libros desparramados con una agilidad difícilmente imaginable en un hombre de su volumen y descargó el bulto que traía sobre la mesa de la cocina. A la vez, clavaba sus ojos llenos de gula en un paquete de donuts que había en un anaquel.
—¡Vaya! ¡Donuts! ¡Mi bollo favorito! ¿Puedo comerme uno? —me preguntó mientras ya se metía uno en la boca y se reservaba otro en la mano izquierda. Luego se puso a toquetearlo todo y a charlar de cualquier cosa. Por extraño que parezca, a pesar de la hora, parecía tener de todo menos prisa. A mí se me llevaban los diablos y me consumían las ganas de examinar el envoltorio aunque tenía muy claro que no quería hacerlo delante de él.
Cuando por fin conseguí que se animara a irse, sonreía con su cara de luna llena. Los restos del azúcar glasé se distribuían sin un plan preconcebido, al albur, entre la comisura de la boca y su doble papada. Miró significativamente los libros tirados en el suelo y luego me miró a mí. Yo ya había dejado el cuchillo en el cajón de la cocina (sobre todo para evitar las tentaciones de matarlo). Aventuró una hipótesis, intentado mostrarse sagaz y enrollarse otro rato.
—Un coñazo. Estos libros antiguos que tienen las hojas unidas por un lado, son un coñazo. No entiendo por qué los hacían así…—me miró dubitativo.
—Ni idea. —dije, mientras que, con una mano en su espalda, lo conducía firmemente, casi descortés, hacia la puerta.
Me tendió una mano que yo simulé no ver.
—Buenas noches.