viernes, 13 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo III. Tomás


La verdad es que no pude concentrarme en la partida ni en las acaloradas discusiones que me parecieron más tontas y vulgares que nunca. En vez de oponerme, como siempre hago (en plan tocapelotas) a todos los puntos de vista comúnmente aceptados y machacarlos con la fuerza de mi dialéctica o mi habitual cinismo irónico, me mantuve callado; ausente; dominado por la extraña sensación que había sentido esa tarde al salir de la tienda bajo el fuerte campanillazo. A mis amigos les pretexté que me habían caído mal las “bravas” del picoteo mezcladas con la jarra de cerveza helada y me volví, bastante temprano a casa, en un taxi. Cuando llegué había una nota pillada en el marco de la puerta principal.
«He recogido algo que han traído esta tarde para ti. Lo tengo en casa» .Y firmaba: «Tomás»
Tomás es el vecino de toda la vida de la casa de al lado. Otro caserón destartalado que, junto con el mío, es de los pocos que sobreviven en el barrio, cada vez más cercado por las obras de pretenciosos residenciales y edificios de apartamentos.  Aunque no nos une una verdadera amistad, mantenemos relaciones de buena vecindad y apoyo mutuo como si fuésemos colonos del viejo Oeste cercados por indios hostiles.
«Caramba ¡Una entrega! ¿Serán los libros? El viejo habló de enviármelos mañana…», pensé. Como vi luz, y no era realmente tarde, agarré el carretillo del cobertizo y me acerqué a su casa. Conociendo sus costumbres, llamé por la puerta trasera. La de la cocina.
Tomás abrió la puerta acabando de masticar algo y limpiándose los dedos y la boca con un trapo de higiene más que dudosa. Tomás siempre está comiendo algo. Sus más de ciento treinta kilos deben tener algo que ver en eso.
—Hum, grung, hum ¿Hasg traígdo el caguetillo? —preguntó-afirmó, tragando. Y, ya con la boca vacía, continúo, mucho más claramente — ¡Buena idea! Pesa un huevo.
Allí estaba la gran caja de cartón cuidadosamente reforzada con cinta de embalar. La subimos al carro no sin esfuerzo, ni sin que Tomás dejara de imprimir cinco rotundas marcas dactilares grasientas en la superficie de la misma.
—¿De verdad que no quieres probar unas alitas de pollo? —me ofreció (con la boca pequeña) sin que realmente yo hubiera dicho ni que sí ni que no; tampoco había existido ningún ofrecimiento previo. La cocina apestaba a grasaza.
—No Tomás. Muchas gracias, ya he cenado. ¿Has tenido que desembolsar algo? —le pregunté.
—Pues no. Nada. ¡Una gente muy rara, chico! ¡Ni propina han querido!— me respondió mientras se rascaba distraídamente la entrepierna por encima del pantalón del pijama.
Por fin cerró la puerta. Algunos coches oscuros, escasos, como pájaros de mal agüero o brujas descarnadas, zumbaban por la calle, con sus ocupantes anónimos silueteados en el interior. Circulando deprisa. Siempre demasiado deprisa.
Empujé el carro con impaciencia hasta mi casa. Estaba ansioso por abrir la caja.




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