miércoles, 11 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo II. Caminando hacia el café



Desde la chamarilería me alejé caminando hacia el café donde todos los jueves echaba la partida de mus con mis amigos y que era el propósito inicial de mi deambular antes de encontrarme con la inopinada tenducha. Después de la partida vendría la cena y la, seguramente, vinosa tertulia donde le daríamos la vuelta a todas las razones de este y el otro mundo entre grandes voces. Mientras, intentaba recordar de qué podía conocerme el viejo. Bueno, todo el mundo sabe que soy un desastre para esto de la gente. Mi segunda “ex” (o ¿era mi tercera?) me solía reprochar que mi despiste era la prueba evidente de que todo el mundo me importaba un carajo e insistía en recalcar que a pesar de todas mis ideas altruistas, comunistas y demás “istas” redentoras, sólo soy capaz de aplicarlas a amorfas masas innominadas, pero que en cuanto se trataba de hacer foco en la persona, en el individuo, resulta que soy un autista total. Exageraba, ¿no creen ustedes? Por razones de mi actividad pública me presentan a mucha gente. A veces a grupos numerosos. En esa situación, me resulta imposible recordar a las personas. Sólo me queda una vaga idea del grupo; cómo si el propio grupo fuera una única persona. Así, por ejemplo, la “Asociación de Ceramistas de la Tercera Edad” es para mí un ente individual en sí. Sólo reconocible cuando los seis miembros de su junta directiva están todos juntos, apelotonados; formando un cuerpo compacto que me contempla desde sus doce ojos y me sonríe con su media docena de bocas desdentadas.

 Pero, si el viejo de la tienda, además, conoció a mi padre…lo más seguro es que fuera por el tema de su afición a coleccionar trastos inútiles. Única cosa que herede de él; junto con la destartalada casa familiar y algunas deudas.

 «¡Claro! Eso era», suspiré aliviado levantando la vista del suelo. Estaba delante de la puerta del café. Ensimismado, había llegado hasta él sin apenas darme cuenta.