martes, 10 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo I. La vieja chamarilería.


Siempre he tenido afición por las antigüedades y las cosas raras; por eso me extrañó no haber reparado nunca en esa vieja chamarilería. Estaba entre un garaje y una tienda de pinturas y moquetas, y exhibía, acumulados en su escaso escaparate, los objetos más diversos que yacían entre varias toneladas de polvo y salpicados de moscas muertas. Empujé la puerta y pasé al interior. Convocado por el campanilleo surgió de la trastienda un vejete que no desentonaría lo más mínimo con el resto de los trastos viejos y achacosos que colmaban los rincones y las mesas si no fuera por su extremada pulcritud y lo límpido de su mirada fría.
—Buenas tardes. ¿Qué le puedo ofrecer? —me preguntó.
—Buenas tardes —respondí—. Sólo estoy echando un vistazo.
La mirada del vejete chispeó tras las gafas y con un amplio y untuoso ademán pareció ofrecer a mi curiosidad la tienda entera. Se retiró junto a un mostrador de madera y desde allí me contemplaba mientras fingía hacer anotaciones o repasar sumas en un cuaderno negro con tapas de hule.
Estaba yo inspeccionando unos interesantes juguetes de hojalata cuando reparé en un montón de libracos antiguos en una vieja estantería. Había, sobre todo, libros de derecho civil forrados en piel que sin duda provenían de la biblioteca de un viejo despacho de abogados, seguramente vendida con prisas por los herederos de algún difunto letrado, y sin más valor que el de lo vistoso de sus encuadernaciones. De detrás de ellos extraje otro libro, en formato más grande, que me interesó aún mucho más por cuanto que aprecié que sus hojas tenían una textura diferente; más robusta; posiblemente hechas de pergamino. Lo abrí, y leí  —en una complicada, por los rabos y adornos, aunque clara caligrafía— algo semejante a esto. Decía:

«Sub Xpi nomine, eius Imperium, ego denique Albaro Didaz
quia sic timuit morte et penas inferni, quia sic trado in uita mea
pro remedio anime mee illo meo quingone quantum quadrat
inter meos germanos uel heredes ad uos abbas Martinus de
Sancta Maria de Mellum et ab omni congregation is eius, in uilla
de Argantus, ubi dicent in Romesieto, et in ipsa uilla in solares,
in cassas, in orrios, in cubas, in hereditates, in pumares, in diuissas,
in colazos, in montes, in fontes, in exitus, incultum, discultum,
mea hereditate et. mea poten tia por ubi lo potueritis inuenire
in uilla de Argantus, ab omni integritate»

Por lo poco que sé de latín deduje que el libro posiblemente tenía su origen en alguna iglesia del norte de España, ya que hablaba de pomares y hórreos, y que podría ser uno de esos cartularios —también llamados tumbos— en los cuales  los monasterios, iglesias, concejos y otras comunidades antiguas tenían copiados a la letra los privilegios y demás escrituras de sus pertenencias. Una auténtica joya. No crean que soy un experto, pero sí que tengo observados libros grandes de pergamino,  semejantes a este, en algunas visitas que he hecho a museos y viejas sacristías. Si tenemos en cuenta la antigüedad y los materiales con los que están hechos los cartularios el valor material que pueden llegar a alcanzar es elevado; pero si, además, pensamos en la información que aportan sobre los usos y costumbres del lugar y época donde se usaron, su valía ya se vuelve incalculable.
Con el corazón saliéndoseme por la boca hice un descuidado montón con este y los demás libros y llamé al viejo que se aproximó exhibiendo su sonrisa pegajosa bajo su barbita de chivo.
—¿Cuánto pide por estos libros viejos?
—Ah. El señor tiene buen gusto. Son bellas encuadernaciones.
—¿Si? Bueno, no son más que nidos de ácaros y la piel de los lomos está podrida. No sirven para nada. Están totalmente desactualizados —dije, previendo una dura negociación, y continué—. Los quiere un cliente mío que es un auténtico patán. Un nuevo rico que desea vestir de forma elegante las estanterías altas de la biblioteca de su chalet…
Para mi sorpresa, el viejecillo no puso el mayor interés en el tema.
—No se preocupe Don Miguel. El precio no será problema —(¿me conocía?) —. Ya nos pondremos de acuerdo. Mañana mismo se los envío a su casa —dijo mientras los iba  amontonando en una gran caja de cartón.
—¿Me conoce usted?  No recuerdo… —titubeé.
—Claro, Don Miguel, lo conozco desde chiquitito. A usted…y también conocí a sus padres —y añadió mientras me acompañaba a la puerta con su molesta sonrisa—. Sigue viviendo en la casa grande que hay en la carretera, a la salida de la ciudad, ¿no?
Volvió a sonar el campanilleo —está vez imperioso al abrirse la puerta accionada con inusitada energía— y me encontré en la calle, bajo el sol de la tarde, desasosegado, inquieto, extraño.



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