viernes, 27 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo VIII. Pausanias o “Los cerdos”


«Entonces, era eso. ¡Dios bendito! ¡El increíble poder transformador de la química! Comprendía ahora la pasión de los alquimistas. La portentosa capacidad de mutar;  de transformar unas cosas en otras; de cambiar la sustancia de los objetos, las propiedades; la esencia última y fundamental. Algo que parecía reservado a los dioses y que sin embargo estaba ahí, a disposición de cualquier humano que quisiera probar, experimentar. Un pequeño, débil y desnudo ser en medio de toda la creación que juega a ser aprendiz de brujo con toda la potencia del universo saltando entre sus manos. El amoniaco habría reaccionado con cualquiera de las porquerías conservantes... o colorantes... o edulcorantes… o espesantes… o gelificantes… o antioxidantes. Con la glucosa, los aminoácidos, la albúmina… ¡Qué sé yo! Nunca saqué más de un cinco y medio en química... Con cualquiera de los centenares de aditivos añadidos al donuts o a los productos base que se utilizan para su elaboración en ese constante empeño de falsificar aspectos, olores, sabores y colores de los alimentos…hasta lograr esa combinación perfecta, ese sulfhidrato milagroso que había revelado los caracteres, que los había convocado al presente para que resurgieran de su pasado milenario como sí de una sesión de espiritismo se tratara. Voces que surgían ante mí de no sé sabe que remoto pasado con una ignota intención y con un mensaje todavía por descifrar...»

Estaba perdido en mis pensamientos cuando la voz de Miguel me atrajo a la realidad. Mi tocayo llevaba hablando solo un buen rato. Solo no. Para ser más exactos, sin que yo atendiera.

—¿Tú no lo crees así? —… me miraba. Asentí con cara de póquer y se ve que era lo que esperaba ya que continúo, imparable —…y fíjate que curioso: ¡estaba escrito en gótico, pero en el alfabeto ulfilano! Si hombre, el del obispo Wulfila, —te tiene que sonar— que es el más antiguo, básicamente una adaptación de los caracteres griegos unciales mas tres latinos y algunas runas germánicas. Mmm, ahora no recuerdo bien el número ¡cinco! Me parece que son cinco…

—¿Qué opinas de esto? —le corté una vez más, sacando bruscamente una de las fotos que había hecho al texto revelado y poniéndola encima de la mesa entre nosotros; sin mirarla. La foto era de proximidad. Sólo se veían los caracteres sin dar una idea del soporte sobre el que estaban escritos.

Miguel observo el papel atentamente sin decir nada durante un minuto o dos y luego se levantó y se dirigió a una de las paredes tapizadas de libros que tenía la sala en donde nos encontrabamos. Volvió con un tomo grande –presumiblemente un diccionario— y un par de libros más pequeños.

—Es griego clásico desde luego. Arcaizante. Tengo un par de dudas— dijo, como si se justificara por no darme una disertación inmediata sobre el contenido del papelito. Al rato, exclamó —Ajá. Sí. Aquí está —y sujetando uno de los libros pequeños con una mano, y llevándose la otra al corazón, declamó con buena entonación mientras leía:

"Tú, que preguntas inquieto a los dioses indiferentes
Si habrá vida después de la muerte.
Pregúntate, más bien, si viviste antes de morir.
Antes de que lo pienses se irá el placer en las alas del tiempo.
Lo que no goces hoy no lo habrás gozado nunca."

Y luego añadió, mirándome divertido a los ojos, con una sonrisa, como el que adivina un acertijo complicado:

—Pausanias. Pausanias de Iso —aclaró —. No hay que confundirlo con el militar, ni con el geógrafo que es muy posterior.

Le agradecí muchísimo la aclaración pero me hubiera resultado imposible confundirlos. No conocía a ninguno de los tres.

—Realmente es muy poco conocido— asumió Miguel, por una vez en su vida. Y me preguntó, curioso —. ¿De dónde lo has sacado?

La verdad es que no quería decirle —no todavía— el extraño medio por el que había llegado a mis manos. Tenía que aventurar una historia, con el riesgo que entraña intentar colarle a Miguel una mentira ya que, usualmente, tarda muy poco en detectar las inconsistencias de cualquier patraña. Necesitaba tiempo para inventar algo, así que intenté desviar la conversación.

—Entonces… ¿qué sabes de Pausanias?

—Bueno en realidad es muy poco lo que se conoce de él. Se supone que era amigo o conocido de Evémero, ya sabes, el discípulo de Teodoro, El Ateo. — Y se quedó tan tranquilo, tan pancho. Ojeando en silencio uno de los libros; como si lo que acabara de decir fuera la explicación de todo y lo dejara lo suficientemente claro como para no tener que añadir nada más.

Suponía que lo hacía aposta; para dejarme por tonto y como venganza por no contestar a su pregunta, así que no tuve más remedio que rogarle que ampliara el tema con más detalles.

—Si hombre, los hedonistas, los buscadores del placer. Todo el mundo lo sabe. Un sistema filosófico que considera el placer como fin primordial en la vida y que defiende su búsqueda y obtención. Viendo mi cara de burro, se armó de paciencia y se decidió a explicarlo como si estuviera hablando con un niño de cinco años:

— En la antigua Grecia había, entre otras muchas escuelas de pensamiento, dos que eran de orientación hedonista, ¿no?: Los cirenaicos y los epicúreos; estos últimos mucho más conocidos en nuestro tiempo. Las dos escuelas detestaban la superstición y la religión a la que consideraban como cualquier otra superstición más. Tomaban como base del juicio y de la conducta humana la experiencia y la razón; para que luego digan que el materialismo o el humanismo son inventos de nuestra época. No se ha avanzado un ápice…, no se ha creado una sola idea nueva en el campo de la filosofía desde el siglo segundo antes de Cristo… Heidegger, por ejemplo, con todo su rollo hermenéutico…

—¿Y en que difieren? —Con el tiempo he desarrollado cierta práctica en detectar cuando Miguel está a punto de abandonar el tema principal para irse por las ramas.

—Ambas escuelas florecieron en los siglos cuarto y tercero antes de Cristo y se basan en las ideas de Sócrates que afirmaba que la felicidad es uno de los fines de la acción moral. La escuela cirenaica, que fue fundada por Aristipo de Cirene lo llevó más allá, a las últimas consecuencias, y mantenía que el placer era el bien superior. Sostenía que las gratificaciones corpóreas intensas eran preferibles a las mentales. ¿Comprendes? —me preguntó.

—Creo que sí. Aristipo hubiera apreciado más tu güisqui que tu charla ¿No es así? —le contesté, alzando el vaso,  para demostrarle que era un buen alumno. Miguel apreció la broma con una franca sonrisa y continuó.

—¡Efectivamente! ¡Muy bien! Los cirenaicos también negaban que debamos posponer la gratificación inmediata para conseguir una ganancia a largo plazo. Quizás estos son los aspectos que más los diferencian de los epicúreos; que eran más buenos chicos.

—¿Entonces, Epicuro… —pregunté.

—Epicuro buscaba la ataraxia, un estado físico y mental de felicidad y buen rollito conseguido mediante un equilibrio inteligente de placeres y dolores. Incluso, como tenía bastante pasta —una buena base para poder dedicarse a la filosofía, aunque dicen que no asegura la felicidad— compró una finca a las afueras de Atenas que llamó "El Jardín",  y allí vivía con sus discípulos y…—Miguel hizo una pausa maliciosa— ¡con sus discípulas! Una gran innovación respecto a las escuelas filosóficas de la época que sólo admitían hombres. En ella vivió aislado de la vida política y de la sociedad; practicando la amistad y la vida estética y de conocimiento, junto con otras actividades que imagino igual de agradables. Bueno, a pesar de mi cinismo, es de ley reconocer que Epicuro no limitaba los placeres sólo al cuerpo. Para él era importante el conocimiento y la experiencia. Por eso evitaba placeres cuyo abuso o ganancia inmediata pusieran en peligro la felicidad futura. De hecho, preconizaban cierto grado de estoicismo buscando la renuncia y carencia de apetito corporal como forma de no sufrir. Algo de razón debía tener con lo de esperar, porque la finca se revalorizó un montón a los pocos años cuando el desordenado crecimiento urbano de la city se extendió hasta sus puertas...— el "profesor" me hizo un guiño irónico de los suyos —. Dinero llama a dinero.

—¿y los cirenaicos…? — le animé a continuar.

—Los cirenaicos eran mucho más "jevis" —prosiguió Miguel —. De entrada planteaban que los deseos personales se debían satisfacer de inmediato sin importar los intereses de los demás. Y estaban enfrentados con los "curas", quiero decir las instituciones religiosas de la época, lo que les originó toda clase de problemas y persecuciones. Eso le pasó por ejemplo a Teodoro, al que llamaban en plan peyorativo El Ateo, (y, todo hay que decirlo, con algo de guasa, ya que Teodoro significa adorador de Dios y Ateo, sin creencia). Cosa que por otra parte era cierta y que, según cuenta Plutarco, le provocó bastantes problemas mientras residía en Atenas ya que tuvo que salir por pies. Lo mismo vale para un discípulo suyo, Evémero: gran viajero, se supone que también a veces por motivos de salud, ya me entiendes,  y que visitó los confines del mundo conocido en aquella época. El tal Evémero explicaba que los dioses habían sido en realidad tipos célebres, famosos y virtuosos que de algún modo habrían contribuido al bien general —se ve que no eran como los que salen por la tele ahora— por lo cual habían sido recordados como dioses, aun siendo mortales. A esta doctrina que intentaba racionalizar los mitos se la llamó Evemerismo. Nunca entró en la cabeza de la gente. También se llevó sus buenos palos... Por cierto, que fue este Evémero, el hermeneuta, el que cuenta que en uno de sus viajes encontró una colonia fundada en una isla por Pausanias de Iso en la que al parecer se vivía en total y continuo libertinaje. Esto de las colonias era algo habitual en el hedonismo ya que hacían de sus creencias un modo de vida antes que una filosofía. Vendrían a ser algo así como los hippies de la antigüedad.  De aquella isla trajo Evémero una copia manuscrita en papiro de un supuesto libro escrito por el fundador, Pausanias, llamado "Del Placer". Según dicen, Pausanias habría llevado al límite la creencia hedonista sin parar en barreras de ninguna clase. Las enseñanzas de Pausanias se extendieron fuertemente sobre todo por Eritrea y se fundaron colonias con distinta fortuna y posibilidades de continuación dado lo disolvente de su doctrina. También penetró en la vida social, no necesariamente en colonias de adeptos, sino en pueblos y ciudades normales, preconizando un individualismo y egoísmo atroz. Se les acabó considerando como una secta peligrosa y eran conocidos como "metahedónicos" o pausaniaistas o sencillamente como "los cerdos" dados los extremos a que podían llegar en su torpe persecución del placer como fin en la vida. El platonismo y el cristianismo persiguieron con saña estas enseñanzas materialistas que ni siquiera gozaban del apoyo de los epicúreos que aunque predicaban el mismo fin, el placer, hacen una interpretación mucho más "espiritual" del mismo; menos deconstructiva de las estructuras socialmente aceptables. Si quieres, más manejable socialmente al estar basada en recompensas a "largo plazo". Los epicúreos en la práctica serían hoy los "sanos" o "ecologistas" de la antigüedad con su "me jorobo hoy para estar sano y feliz mañana". Aunque ese mañana, desde luego, se refiere a un futuro en la propia vida del individuo. Nunca tuvieron la caradura de prometer una vida mejor tras la muerte o tras una reencarnación como han venido haciendo todas las religiones mercachifles que trafican con humo espiritual vendiendo parcelas de más allá en un autentico timo que jamás ha dejado de funcionarles. Cosas incomprensibles del alma humana y su necesidad de transcendencia.

—Y entonces, ¿Sí unos eran los "hippies" y los otros los "eco-verdes", los metahedónicos serían...? — dejé la pregunta colgada en el aire.

—Los metahedónicos serían los "yonquís" —sentenció brutalmente Miguel—. Capaces de matar a su madre si se interpusiera entre ellos y su deseo.

—Decías que Eveméro trajo una copia del libro de Pausanias. ¿Está publicado? ¿Dónde se puede conseguir o consultar una copia?

—Ja, ja, ja ¡Vaya pregunta! —Miguel se rio de buena gana como si el tema fuera chistosísimo. Cuando se recuperó, continuó, limpiándose las lágrimas que la risa le había hecho brotar— Se supone que todas las trascripciones de "Del placer" fueron perseguidas y destruidas. Como si de una distopía orwelliana se tratara, fueron incluso eliminadas todas las referencias de los libros que se dedicaban a combatirlas. — y al ver mi cara de incomprensión, aclaró:

—¡Como en 1984, hombre! La novela de Orwell. No pongas esa cara de bobo... — y añadió enseguida— Ya sabes que, por ejemplo, la doctrina epicúrea es conocida hoy en día más gracias a sus refutaciones, como por ejemplo las de Sexto Empírico, que a lo que nos ha podido llegar directamente como son los escasos comentarios de Plutarco, Cicerón o Seneca. Una paradoja, pero así es. Se conoce más por sus atacantes que la diseccionaron minuciosamente en su afán por anularla que por sus defensores... —hizo una pausa, mirando, soñador, al techo; como si en él fuera a encontrar las razones inexplicables del comportamiento humano.

—Tras el triunfo del catolicismo sobre el arrianismo, seguramente desde mucho antes, se podría asegurar que no quedó ninguna copia de "Del Placer" en papel, tablilla, papiro o pergamino alguno si es que alguna vez existió y no son sólo patrañas. Los que defienden que "Del Placer" fue un texto real se basan en algunas oscuras referencias que pudieron ser pasadas por alto en la hipotética "limpia" y por la atribución al mismo de este poema tan curioso que traes y que es tenido como quinta esencia de las ideas que podría llegar a contener: Un placer perentorio, inmediato, sin cuestionamiento. Irrenunciable si realmente creemos que nada nos depara la vida futura. Que nada nos garantiza que vayamos a añadir un minuto más a nuestra vida presente  —. Miguel sacudió la cabeza, como espantando negras imágenes, y continuó con un tono de voz mucho menos apasionado, más profesoral:

—El poema se encontró grabado en griego en la piedra del dintel de unas ruinas de un palacio en una pequeña isla en el océano Índico que algunos quieren hacer ver que pudiera ser la legendaria Pancaya, fertilísima en aromas, cuna del ave fénix y también de discutida existencia y ubicación. Esta isla la describe el propio Evémero en otra obra que ha perdurado a lo largo de los siglos y que son sus relatos de viaje "Inscripción Sagrada". De ahí que se los relacione...Aunque este tema es bastante controvertido dentro de lo poco conocido que resulta en líneas generales.

—Por cierto  —, me miró a los ojos y volvió a preguntarme, esta vez muy serio— ¿de dónde has sacado la foto? —Esta vez me pilló preparado.

—Hay unos marchantes rusos que quieren vender una serie de textos raros a unos inversores que yo asesoro y han enviado algunas pruebas para su evaluación. Sobre todo manuscritos bizantinos. Parece que el tema no está muy claro —avance con timidez.

Miguel meneó la cabeza dubitativamente:

—Tras la caída de la URSS, la corrupción ha calado en todas partes. Las mafias han saqueado todos los fondos de los museos y monasterios de los antiguos países que la componían e incluso de Rusia. También hay en circulación un sinnúmero de falsificaciones. Ten cuidado. Además de a los filólogos, consultad a un buen diplomático —Suspiró, sabiendo que toda su vida tendrá que dar explicaciones adicionales porque los demás somos unos asnos y aclaró con suavidad —En este contexto, un diplomático no es lo que la gente común entiende. La Diplomática es la ciencia que estudia la validez de los documentos. Y luego afirmó, tajante:

—Respecto a “Del Placer”, ni lo sueñes. Es una falsificación seguro. Si hubiera existido una copia, aunque fuera en un monasterio remoto, se habría sabido. Habría estado documentada desde hace siglos.

sábado, 21 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo VII Miguel Gorbea


A las diez de la mañana me desperté. Me levanté a comerme un par de huevos con jamón y llamé al despacho para decir a mi secretaria que cancelara las citas; que no me encontraba bien y que no iba a ir. No pareció extrañarse demasiado. Era relativamente frecuente que los viernes pusiera alguna excusa para no ir a trabajar si me había pasado con los güisquis en la tertulia de los jueves. Otras veces eran las salidas de fin de semana las que me incitaban al absentismo. Esta vez, además, la voz que se me había quedado tras el trasnoche pasado resultaba muy convincente.

—¿Algo más? —me preguntó.

—Si Paquita. Por favor, llame al “doctor” Gorbea e intente concertarme una visita, en su despacho o en su casa, lo antes posible. Es urgente. Si puede ser para hoy, mejor; aunque  no antes de las cinco. Me envía un SMS cuando lo tenga confirmado. Gracias.

Quería ver cuanto antes a mi tocayo Miguel Gorbea, al que todos apodábamos, con un poco de coña, “doctor” o “profesor” tanto por su saber enciclopédico como por su talante cascarrabias y con un punto de petulancia que sin embargo no le restaba simpatía. Miguel es un personaje curioso al que me unen largos años de amistad y me fio mucho de su opinión, ya que, en todo ese tiempo, he tenido sobradas muestras de la exactitud de sus vastísimos conocimientos a la vez que de la originalidad de su punto de vista.

A las seis y cuarto estábamos repantingados en los sillones del salón de su casa haciendo tintinear los cubitos de hielo en unos vasos alargados llenos de un rubio y delicioso licor. El “profesor” Gorbea llevaba un buen cuarto de hora hablando sin parar mientras gesticulaba vehementemente. El bigote y la perilla le conferían una imagen romántica de mosquetero jubilado o poeta a la búsqueda de oscuras golondrinas. Su pelo escaso en la frente y largo y descuidado en el resto de la cabeza acababa por darle una definitiva imagen de científico chiflado. Divagaba sobre literatura medieval, tema que yo había sugerido tangencialmente.

—Entonces ¿los palimpsestos?... —Intenté centrarle un poco.

—Una gran contribución a la paleografía. Uno de los misterios más interesantes de nuestro tiempo. Si, si. Auténticas resurrecciones del pasado. Palimpsesto es una palabra de etimología griega y que significa “grabado nuevamente”. Son —como todo el mundo conoce— manuscritos que conservan huellas de otra escritura anterior realizada en la misma superficie y que fue borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe —me contestó Miguel. Y continuó, embalado:

—Lo paradójico de esto, es que la escasez de pergamino y las dificultades del comercio de papiro —un soporte mucho menos robusto—, así como el aislamiento de unas zonas culturales de las otras, llevó a que se borraran obras muy valiosas para escribir autenticas chorradas, como rezos y otras anotaciones conventuales. Obras menores de escasísimo interés…O bien otras que, siendo importantes, al fin y al cabo ya se conservaban muchas copias de ellas en otros lugares y que, sin embargo, al ser escritas de nuevo por este método sepultaban en el olvido ignoradas piezas únicas. Eso pasó por ejemplo con uno de los más afamados palimpsestos: El que descubrió Nieburh en Verona en 1816 y que contenía las Institutas del célebre jurisconsulto romano Gayo imperfectamente raspadas por alguien que afortunadamente tenía tan torpe la mano como ignorante la mente cuando las condenó a muerte para escribir encima las obras de San Jerónimo. Por no hablar de obras de ciencias puras, con conocimientos valiosísimos olvidados por la barbarie imperante, como el encontrado con textos de Arquímedes bajo píos y anodinos rezos, y que contenía la única copia conocida de su método para el cálculo de los teoremas mecánicos. Estremece pensar cómo podría haber cambiado el mundo si la información sobre el método matemático que Arquímedes empleaba para su cálculo basado en la teoría de los límites hubiera estado disponible para la Humanidad desde la fecha en que él lo concibió. Cinco siglos tardó la ciencia en desarrollar una técnica que produjera resultados equivalentes...

—¿Y cómo se descubren?

—¿Los límites de una función? Pues tomando tantos puntos como se desee suficientemente cercanos al valor de la función en un determinado punto, supongamos “c” pero distintos de “c”…

—No, no. Los palimpsestos, los palimpsestos —aclaré a toda prisa.


—Bueno, algunos son muy evidentes. Como te comentaba antes, afortunadamente en muchos casos se hicieron auténticas chapuzas en el borrado y blanqueado del pergamino previo a su reescritura. En el propio de Arquímedes el texto era tan evidente que ya el académico Constantine Tischendorf que visitó Constantinopla a mediados del siglo XIX, se sintió intrigado por el escrito matemático griego visible en el documento y se llevó con él una de sus páginas sin llegar a saber nunca de que se trataba. Por cierto que la historia de este palimpsesto es muy novelera: con robos, guerras, desapariciones y pleitos. A finales del siglo pasado, el siglo veinte, la firma Christie's pudo subastarlo tras un largo pleito sobre los derechos del mismo contra nada menos que el Patriarcado de Jerusalén que argüía derechos que se retrotraían al mil seiscientos y pico asegurando que pertenecía al monasterio de Mar Saba de donde fue robado ¡qué morro!.  Finalmente, se adjudicó por dos millones de dólares a un desconocido magnate norteamericano del que se sabe que es dueño de una empresa puntera en tecnología informática. No. No es Bill Gates. Se supone que es Jeff Bezos, el dueño de Amazón.  Bueno algunas ventajas se han obtenido: desde entonces se ha restaurado y es público y accesible para su estudio por todos los científicos del mundo. Se han empleado para el revelado las técnicas más actuales y avanzadas utilizando escaneos con frecuencias de radiación infrarroja, luz ultravioleta o rayos X y realizado un procesado digital de la imagen…Nada que ver con los métodos que se conocían de antiguo y que son agresivos para el soporte, como la aplicación mediante un pincel de tintura de agallas o del sulfhidrato de amoniaco, también conocido como tintura de Giobert,….

—¿El qué?— salté. Miguel pareció encantado con mi pregunta.

—Giobert. Un químico, político y agrimensor italiano que además tuvo una participación activa y colaboracionista con los franceses…

—No. No —Tuve que cortarle porque si no se hubiera enrollado con las guerras napoleónicas o cualquier otra cosa —. ¿De qué dices que está compuesta esa tintura?

—De sulfhidrato de amoniaco. Todo el mundo lo sabe —me respondió resentido, mirándome de hito en hito, por haberle cortado el rollo sobre un tema tan interesante, y que sin duda dominaba, como era el colaboracionismo de Giobert, quien quiera que fuese ese señor.

Cuando hablas con Miguel siempre te trasmite la sensación de que tú eres el único imbécil que no está al tanto del tema que él desarrolla de forma magistral; que eso lo dominan hasta los niños en las guarderías y que, además, forma parte de los temas comunes de conversación en lugares como bares, mercados y edificios en construcción.... Es un gran tipo.





http://miguelguinea.blogspot.com.es/2012/07/el-cartulario-capitulo-viii-pausanias-o.html

jueves, 19 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo VI. ¡Bingo!



Contemplaba atónito los signos que acababa de descubrir. Qué extraño. Podía jurar que antes no estaban. Por lo menos, no los había visto antes de ahora. ¿Estarían ocultos justo debajo de la mancha? No puede ser. Demasiada casualidad. Fui a buscar una lupa. Si, si. En realidad sólo se veía totalmente claro el carácter central; los otros dos se difuminaban un poco por los bordes en lo que correspondería al círculo que habría formado la zona en contacto con el amoniaco.

Otra cosa sorprendente y en la que definitivamente tendría que haberme fijado antes, de haber estado siempre allí, era la ubicación: aislados en medio de ese cuadrante inferior derecho de la página completamente en blanco; y no menos, el sentido de la escritura, pues —no cabía duda— estaban alineados de forma perpendicular al texto; por no insistir en lo que primero me llamó la atención de ellos: que tanto la tinta, como el trazo, como el tamaño, eran completamente diferentes.

Cuanto más los miraba, más convencido estaba que pertenecían a otro texto distinto que, por algún motivo relacionado con la mancha, se había hecho evidente. Al final me decidí a hacer una prueba. Pero había que ser prudentes…

Busqué el trípode, la cámara y el flash. Los instalé sobre la mesa de la cocina e hice varias tomas generales de la página y varias macrofotografías por zonas, buscando el mayor nivel de detalle.

Fui al garaje a recuperar mi vieja caja de pinturas y pinceles. Salí por el jardín.  La noche estaba avanzada y, por fin, silenciosa. Las ventanas de las casas del vecindario apagadas. Una extraña sensación de estar siendo observado me hizo volver la cabeza al cerrar la puerta al regresar a la casa. Nadie. Cerré cuidadosamente, atrancando la puerta con el cerrojo interior —nunca lo hacía— y, como si estuviera realizando algo malo o clandestino, corrí los visillos y me aseguré de que las persianas de la cocina estuviesen completamente bajadas.

Preparé en una taza con agua una disolución muy ligera del líquido limpiador que había utilizado antes. Con mi mejor pincel plano de pelo de marta —el que usaba para dar las pinceladas más suaves al hacer veladuras o transparencias cuando pintaba— y sin temblarme el pulso, extendí la solución sobre un área de tres centímetros cuadrados siguiendo la hipotética línea que sugerían los caracteres fantasmas.
Esperé. Esta vez el líquido tardó mucho más en evaporar al ser menos volátil, seguramente por su alto contenido acuoso. Al final la zona fue perdiendo ese color oscuro que le daba la humedad. Nada.

Aumenté la concentración al doble. Una parte de agua por otra de amoniaco y repetí el experimento con idéntico resultado negativo. Finalmente di el amoniaco directamente a la concentración que traía el preparado comercial; sin disolverlo.

El pergamino permanecía obstinadamente en blanco.

Eran las cuatro de la mañana y a punto estaba de tirar la toalla cuando tuve una inspiración. Recuperé de la basura la caja de los donuts —Tomás al final se los había comido todos— y con unas pinzas extraje una pizca de un pegote pegajoso del azúcar que había quedado en el celofán y que desleí en la taza con el amoniaco y un poco de agua.

¡Bingo! El vello se me erizó al ver aparecer poco a poco otros caracteres semejantes a los anteriores.

Continué trabajando la superficie, cada vez con más confianza y en zonas más amplias. A las siete de la mañana, subí las persianas y abrí las cortinas. Estaba extenuado. A la incipiente luz de la mañana era un placer contemplar esas líneas recién descubiertas formando un bello texto con una exquisita caligrafía. Algo que parecía un poema, pero que no llegaba a comprender, se mostraba estampado en sentido vertical en medio de la página.

Suspiré con una mezcla indecible de alegría, sorpresa, satisfacción, curiosidad, incredulidad, esperanza…
Si tenía algo claro era el que no iba a volver a comerme un donuts en toda mi vida.

Apagué todas las luces y me metí en la cama.


http://miguelguinea.blogspot.com.es/2012/07/el-cartulario-capitulo-vii-miguel-gorbea.html



lunes, 16 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo V. La prueba del amoniaco


Cuando se fue Tomás por fin pude atender el tema que atraía toda mi atención. Sobre la mesa de la cocina estaba el envoltorio que presumiblemente contenía el cartulario. Rasgué el papel con prisas y suspiré aliviado cuando aparecieron ante mi vista las tapas del libro que había descubierto en la chamarilería hacía unas pocas horas y que se me antojaban largos años.


Abrí la tapa y examiné extasiado el libro. Por primera vez me di cuenta de lo excelentemente conservado que estaba: Las páginas claras, los caracteres nítidos, la ausencia de polvo en los lomos y cantos…¡Qué extraña esta ausencia de polvo! Debía haberse conservado en una vitrina o, mejor aún, en un arcón que sin duda lo había preservado del deterioro que provoca el aire y la luz.
Estaba pasando las hojas con sumo cuidado, casi con reverencia,  especulando de qué época podría ser, intentando encontrar en el texto alguna fecha o dato que me diera una primera aproximación, cuando me di cuenta —con horror— de esa página manchada.
La mancha era reciente. Todavía pringosa, se adhería a la página opuesta. Me resultó muy fácil identificar que era de azúcar glasé.  ¡Maldita sea! Efectivamente, miré con odio el puño de mi camisa que había recogido el pequeño resto de donuts abandonado por Tomás sobre la mesa y que ahora tan diligentemente se  encargaba de repartirlo por el impoluto —a lo largo de los siglos, hasta hoy—cartulario. Me arremangué varias vueltas con premura para contener la extensión del desastre.
El primer intento de limpiarlo con el papel de la cocina colaboró a extender y consolidar la mancha un poco más. Busqué nerviosamente debajo del fregadero sacando un frasco de amoniaco. «Ajá. Esto puede servir» pensé dominado por una estúpida urgencia; era como si la mancha pudiera crecer y crecer, ocupándolo todo, si no la eliminaba de inmediato. Empapé ligeramente una servilleta en el producto y froté delicadamente; con mucho cuidado.
Satisfecho comprobé que la mancha desaparecía. Apenas quedaba la señal humedecida del círculo de amoniaco que se reducía sensiblemente según el líquido se iba evaporando.
La mancha desapareció completamente. En el lugar donde había estado —una zona de la página sin texto— se advertían, bastante nítidos, en tono ocre y revelados de la nada, tres caracteres de trazo y tamaño totalmente diferentes a los del resto del documento.


http://miguelguinea.blogspot.com.es/2012/07/el-cartulario-capitulo-vi-bingo.html


sábado, 14 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo IV. Matar los libros


 

Intenté, sin éxito, abrir la caja tirando de las solapas de las tapas de cartón nada más traspasar la puerta y en medio del recibidor. Pronto me di cuenta de que estaba demasiado bien embalada para lograrlo. Los cúteres los tengo junto con las otras herramientas en el garaje; lugar que, en esos momentos, a mi impaciencia le parecía tan remoto como Sídney o Sebastopol. Lo más rápido y sensato sin duda era buscar en la cocina unas tijeras o un instrumento cortante. Así lo hice y armado de un cuchillo conseguí por fin abrir la caja.
 Un rápido vistazo vino a confirmar mis incipientes temores ¡No estaba el libro! El cartulario no aparecía entre los tomos polvorientos y desordenados ¡Me lo temía! ¡Maldito viejo! ¡Cómo me la había jugado! Volqué la caja entera con rabia y frustración en el suelo del pasillo por el que los tomos de derecho se esparcieron levantando pequeñas nubes de polvo…
En ese momento sonó el timbre de la puerta.
Cuando todavía no había acabado de sonar, ya me había vuelto rápidamente y abierto con brusquedad. Estaba rabioso. « ¿Qué?», dije; aullé casi.
El inoportuno visitante dio un respingo al ver mi cara desencajada y el cuchillo que, sin saber muy bien lo que hacía, todavía blandía, de una forma que se podía interpretar como amenazante, en mi mano derecha. Casi se le cae de las manos el paquetón envuelto en papel de estraza que portaba.
—¡Joder, chico! ¿Qué pasa? ¿A quién has matado?
—¿Qué? ¿Cómo? — dije sin reaccionar y sin acabar de asimilar la situación de lo que estaba pasando.
Tomás estaba ante mí con su fofo trasero embutido en unos pantalones demasiado ajustados y el torso malamente oculto por una inmensa camisa hawaiana con más de mil años y un estampado de palmeras horroroso. La cintura sin abrochar —no hubiera podido— dejaba ver el elástico del pantalón del pijama, y por la camisa, demasiado abierta, asomaban unas tetas grandes, como las de una mujer pero con vello.
—Oye ¡Que lo siento! No me di cuenta antes. ¡También dejaron este paquete! Dijeron que no cabía en la caja y que lo habían envuelto aparte!
Diciendo esto, y sin ser invitado, saltó sobre los libros desparramados con una agilidad difícilmente imaginable en un hombre de su volumen y descargó el bulto que traía sobre la mesa de la cocina. A la vez, clavaba sus ojos llenos de gula en un paquete de donuts que había en un anaquel.
—¡Vaya! ¡Donuts! ¡Mi bollo favorito! ¿Puedo comerme uno? —me preguntó mientras ya se metía uno en la boca y se reservaba otro en la mano izquierda. Luego se puso a toquetearlo todo y a charlar de cualquier cosa. Por extraño que parezca, a pesar de la hora, parecía tener de todo menos prisa. A mí se me llevaban los diablos y me consumían las ganas de examinar el envoltorio aunque tenía muy claro que no quería hacerlo delante de él.
Cuando por fin conseguí que se animara a irse, sonreía con su cara de luna llena. Los restos del azúcar glasé se distribuían sin un plan preconcebido, al albur, entre la comisura de la boca y su doble papada. Miró significativamente los libros tirados en el suelo y luego me miró a mí. Yo ya había dejado el cuchillo en el cajón de la cocina (sobre todo para evitar las tentaciones de matarlo). Aventuró una hipótesis, intentado mostrarse sagaz y enrollarse otro rato.
—Un coñazo. Estos libros antiguos que tienen las hojas unidas por un lado, son un coñazo. No entiendo por qué los hacían así…—me miró dubitativo.
—Ni idea. —dije, mientras que, con una mano en su espalda, lo conducía firmemente, casi descortés, hacia la puerta.
Me tendió una mano que yo simulé no ver.
—Buenas noches.

viernes, 13 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo III. Tomás


La verdad es que no pude concentrarme en la partida ni en las acaloradas discusiones que me parecieron más tontas y vulgares que nunca. En vez de oponerme, como siempre hago (en plan tocapelotas) a todos los puntos de vista comúnmente aceptados y machacarlos con la fuerza de mi dialéctica o mi habitual cinismo irónico, me mantuve callado; ausente; dominado por la extraña sensación que había sentido esa tarde al salir de la tienda bajo el fuerte campanillazo. A mis amigos les pretexté que me habían caído mal las “bravas” del picoteo mezcladas con la jarra de cerveza helada y me volví, bastante temprano a casa, en un taxi. Cuando llegué había una nota pillada en el marco de la puerta principal.
«He recogido algo que han traído esta tarde para ti. Lo tengo en casa» .Y firmaba: «Tomás»
Tomás es el vecino de toda la vida de la casa de al lado. Otro caserón destartalado que, junto con el mío, es de los pocos que sobreviven en el barrio, cada vez más cercado por las obras de pretenciosos residenciales y edificios de apartamentos.  Aunque no nos une una verdadera amistad, mantenemos relaciones de buena vecindad y apoyo mutuo como si fuésemos colonos del viejo Oeste cercados por indios hostiles.
«Caramba ¡Una entrega! ¿Serán los libros? El viejo habló de enviármelos mañana…», pensé. Como vi luz, y no era realmente tarde, agarré el carretillo del cobertizo y me acerqué a su casa. Conociendo sus costumbres, llamé por la puerta trasera. La de la cocina.
Tomás abrió la puerta acabando de masticar algo y limpiándose los dedos y la boca con un trapo de higiene más que dudosa. Tomás siempre está comiendo algo. Sus más de ciento treinta kilos deben tener algo que ver en eso.
—Hum, grung, hum ¿Hasg traígdo el caguetillo? —preguntó-afirmó, tragando. Y, ya con la boca vacía, continúo, mucho más claramente — ¡Buena idea! Pesa un huevo.
Allí estaba la gran caja de cartón cuidadosamente reforzada con cinta de embalar. La subimos al carro no sin esfuerzo, ni sin que Tomás dejara de imprimir cinco rotundas marcas dactilares grasientas en la superficie de la misma.
—¿De verdad que no quieres probar unas alitas de pollo? —me ofreció (con la boca pequeña) sin que realmente yo hubiera dicho ni que sí ni que no; tampoco había existido ningún ofrecimiento previo. La cocina apestaba a grasaza.
—No Tomás. Muchas gracias, ya he cenado. ¿Has tenido que desembolsar algo? —le pregunté.
—Pues no. Nada. ¡Una gente muy rara, chico! ¡Ni propina han querido!— me respondió mientras se rascaba distraídamente la entrepierna por encima del pantalón del pijama.
Por fin cerró la puerta. Algunos coches oscuros, escasos, como pájaros de mal agüero o brujas descarnadas, zumbaban por la calle, con sus ocupantes anónimos silueteados en el interior. Circulando deprisa. Siempre demasiado deprisa.
Empujé el carro con impaciencia hasta mi casa. Estaba ansioso por abrir la caja.




http://miguelguinea.blogspot.com.es/2012/07/el-cartulario-capitulo-iv-matar-los.html

miércoles, 11 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo II. Caminando hacia el café



Desde la chamarilería me alejé caminando hacia el café donde todos los jueves echaba la partida de mus con mis amigos y que era el propósito inicial de mi deambular antes de encontrarme con la inopinada tenducha. Después de la partida vendría la cena y la, seguramente, vinosa tertulia donde le daríamos la vuelta a todas las razones de este y el otro mundo entre grandes voces. Mientras, intentaba recordar de qué podía conocerme el viejo. Bueno, todo el mundo sabe que soy un desastre para esto de la gente. Mi segunda “ex” (o ¿era mi tercera?) me solía reprochar que mi despiste era la prueba evidente de que todo el mundo me importaba un carajo e insistía en recalcar que a pesar de todas mis ideas altruistas, comunistas y demás “istas” redentoras, sólo soy capaz de aplicarlas a amorfas masas innominadas, pero que en cuanto se trataba de hacer foco en la persona, en el individuo, resulta que soy un autista total. Exageraba, ¿no creen ustedes? Por razones de mi actividad pública me presentan a mucha gente. A veces a grupos numerosos. En esa situación, me resulta imposible recordar a las personas. Sólo me queda una vaga idea del grupo; cómo si el propio grupo fuera una única persona. Así, por ejemplo, la “Asociación de Ceramistas de la Tercera Edad” es para mí un ente individual en sí. Sólo reconocible cuando los seis miembros de su junta directiva están todos juntos, apelotonados; formando un cuerpo compacto que me contempla desde sus doce ojos y me sonríe con su media docena de bocas desdentadas.

 Pero, si el viejo de la tienda, además, conoció a mi padre…lo más seguro es que fuera por el tema de su afición a coleccionar trastos inútiles. Única cosa que herede de él; junto con la destartalada casa familiar y algunas deudas.

 «¡Claro! Eso era», suspiré aliviado levantando la vista del suelo. Estaba delante de la puerta del café. Ensimismado, había llegado hasta él sin apenas darme cuenta.


martes, 10 de julio de 2012

El Cartulario. Capitulo I. La vieja chamarilería.


Siempre he tenido afición por las antigüedades y las cosas raras; por eso me extrañó no haber reparado nunca en esa vieja chamarilería. Estaba entre un garaje y una tienda de pinturas y moquetas, y exhibía, acumulados en su escaso escaparate, los objetos más diversos que yacían entre varias toneladas de polvo y salpicados de moscas muertas. Empujé la puerta y pasé al interior. Convocado por el campanilleo surgió de la trastienda un vejete que no desentonaría lo más mínimo con el resto de los trastos viejos y achacosos que colmaban los rincones y las mesas si no fuera por su extremada pulcritud y lo límpido de su mirada fría.
—Buenas tardes. ¿Qué le puedo ofrecer? —me preguntó.
—Buenas tardes —respondí—. Sólo estoy echando un vistazo.
La mirada del vejete chispeó tras las gafas y con un amplio y untuoso ademán pareció ofrecer a mi curiosidad la tienda entera. Se retiró junto a un mostrador de madera y desde allí me contemplaba mientras fingía hacer anotaciones o repasar sumas en un cuaderno negro con tapas de hule.
Estaba yo inspeccionando unos interesantes juguetes de hojalata cuando reparé en un montón de libracos antiguos en una vieja estantería. Había, sobre todo, libros de derecho civil forrados en piel que sin duda provenían de la biblioteca de un viejo despacho de abogados, seguramente vendida con prisas por los herederos de algún difunto letrado, y sin más valor que el de lo vistoso de sus encuadernaciones. De detrás de ellos extraje otro libro, en formato más grande, que me interesó aún mucho más por cuanto que aprecié que sus hojas tenían una textura diferente; más robusta; posiblemente hechas de pergamino. Lo abrí, y leí  —en una complicada, por los rabos y adornos, aunque clara caligrafía— algo semejante a esto. Decía:

«Sub Xpi nomine, eius Imperium, ego denique Albaro Didaz
quia sic timuit morte et penas inferni, quia sic trado in uita mea
pro remedio anime mee illo meo quingone quantum quadrat
inter meos germanos uel heredes ad uos abbas Martinus de
Sancta Maria de Mellum et ab omni congregation is eius, in uilla
de Argantus, ubi dicent in Romesieto, et in ipsa uilla in solares,
in cassas, in orrios, in cubas, in hereditates, in pumares, in diuissas,
in colazos, in montes, in fontes, in exitus, incultum, discultum,
mea hereditate et. mea poten tia por ubi lo potueritis inuenire
in uilla de Argantus, ab omni integritate»

Por lo poco que sé de latín deduje que el libro posiblemente tenía su origen en alguna iglesia del norte de España, ya que hablaba de pomares y hórreos, y que podría ser uno de esos cartularios —también llamados tumbos— en los cuales  los monasterios, iglesias, concejos y otras comunidades antiguas tenían copiados a la letra los privilegios y demás escrituras de sus pertenencias. Una auténtica joya. No crean que soy un experto, pero sí que tengo observados libros grandes de pergamino,  semejantes a este, en algunas visitas que he hecho a museos y viejas sacristías. Si tenemos en cuenta la antigüedad y los materiales con los que están hechos los cartularios el valor material que pueden llegar a alcanzar es elevado; pero si, además, pensamos en la información que aportan sobre los usos y costumbres del lugar y época donde se usaron, su valía ya se vuelve incalculable.
Con el corazón saliéndoseme por la boca hice un descuidado montón con este y los demás libros y llamé al viejo que se aproximó exhibiendo su sonrisa pegajosa bajo su barbita de chivo.
—¿Cuánto pide por estos libros viejos?
—Ah. El señor tiene buen gusto. Son bellas encuadernaciones.
—¿Si? Bueno, no son más que nidos de ácaros y la piel de los lomos está podrida. No sirven para nada. Están totalmente desactualizados —dije, previendo una dura negociación, y continué—. Los quiere un cliente mío que es un auténtico patán. Un nuevo rico que desea vestir de forma elegante las estanterías altas de la biblioteca de su chalet…
Para mi sorpresa, el viejecillo no puso el mayor interés en el tema.
—No se preocupe Don Miguel. El precio no será problema —(¿me conocía?) —. Ya nos pondremos de acuerdo. Mañana mismo se los envío a su casa —dijo mientras los iba  amontonando en una gran caja de cartón.
—¿Me conoce usted?  No recuerdo… —titubeé.
—Claro, Don Miguel, lo conozco desde chiquitito. A usted…y también conocí a sus padres —y añadió mientras me acompañaba a la puerta con su molesta sonrisa—. Sigue viviendo en la casa grande que hay en la carretera, a la salida de la ciudad, ¿no?
Volvió a sonar el campanilleo —está vez imperioso al abrirse la puerta accionada con inusitada energía— y me encontré en la calle, bajo el sol de la tarde, desasosegado, inquieto, extraño.



http://miguelguinea.blogspot.com.es/2012/07/el-cartulario-capitulo-ii-caminando.html