miércoles, 9 de mayo de 2012

Casandra



Era seguramente la primera tarde en que se apreciaba la primavera. Yo estaba sentado en lo alto de aquel cantil, mirando el horizonte y dejándome acunar por el golpeteo de las olas que se sucedían una tras otra muchos metros más abajo, cuando lo vi venir caminando pausadamente por el senderillo que había al borde del acantilado y que yo mismo había empleado para llegar hasta allí.



Normalmente no hago mucho caso de los fantasmas que se me aparecen, pero había algo en este que me llamó la atención y fue, precisamente, su aspecto inofensivo y resignado. Se notaba enseguida que era un fantasma de tres al cuarto porque no llegaba a ser del todo opaco y resultaba fácil ver —aunque fuera borrosamente— el paisaje a través de él.

—¿Qué te pasa hombre? —le pregunté cuando estuvo cerca— ¿Qué haces vagando por estos solitarios páramos? —Mi súbita y confianzuda pregunta pareció al principio sobresaltarle, y quedóseme mirando de hito en hito con una expresión de recelosa prevención; más, al poco, fue relajando su actitud, y lanzando algunos tristes destellos de su perfil inconcreto, a la vez que dejaba escapar algunos profundos suspiros, me dijo:

—Yo, señor, soy el que en vida llamaban Artemio García Toledano. Vecino del término de Navia, que es aquel pueblo —señaló con vago ademán de la mano— que resulta fácil adivinar desde la altura de este acantilado. Siempre he sido persona amable y alegre donde las hubiera, extremo que cualquiera de mis amigos y allegados sin duda le podría corroborar. Y estoy aquí, vagando —prosiguió—, precisamente por ser amante del optimismo, la alegría y el desenfado. —Se quedó un rato en suspenso, ensimismado— ¡Y por mi mala cabeza! —acabó apostillando.

La verdad es que me intrigó ya que nada me parecía más opuesto a la alegría y al optimismo que la figura y la actitud del fantasma del que en vida fuera Artemio García Toledano, así que le rogué que me contara cuál había sido su caso.

—Se lo contaría con mucho gusto, pero se le va a hacer tarde y es peligroso caminar por estos escarpados senderos sin luz. —me advirtió, sombrío.

—¿Tarde? —repliqué extrañado— Apenas son las cinco y aún quedan muchas horas de luz. Por favor, cuénteme, aunque sólo sea lo esencial de la historia. —le pedí, cada vez más dominado por la curiosidad y apeándolo del tuteo al verlo tan serio y circunspecto.

—¿Está usted casado? —me espetó de repente. Y, sin esperar respuesta, continúo: —Yo sí. Bueno, lo estuve. Usted ya entenderá que en esta situación…—No terminó la frase, pero la idea me quedó clara según se miraba su tenue consistencia corpórea—. Se llama Alejandra, aunque a ella le gusta hacerse llamar Sandra, y es la mujer más hermosa que se pueda imaginar. Buena madre, excelente cocinera y ama de casa... Inteligente, bondadosa… sólo tiene un defecto: Que es adivina... ¡y gafe! —Artemio hizo una pausa y se me quedó mirando a los ojos intentando evaluar el impacto de sus palabras y el grado de credibilidad que me merecían. Yo puse cara de póquer y asentí, invitándolo tácitamente a proseguir.

—Cuando yo iba a colgar un cuadro... —continuó amargamente Artemio—, ella decía: «Cuidado cariño con los dedos» y ¡zas! el martillazo se producía de forma inexorable. ¿...que iba, yo, a encender la barbacoa?..., ella decía: «Tesorín, te vas a quemar» y ¡hala!, ¡quemaduras de segundo y tercer grado por las manos y la cara! Sí salíamos al campo, de picnic, a comer con los amigos, en la mañana más radiante de verano..., a ella enseguida se le ocurría: «No sé, no sé; ¡seguro que llueve!», y ya se puede imaginar lo que sucedía en cuanto teníamos todas las viandas desplegadas por el mantel, ¿no?: ¡Que caía el mayor pedrisco de los últimos veinte años por esa zona!

—Y, ¿por qué no hacían caso de sus advertencias? —me atreví a interrumpirle. Artemio se me quedo mirando, evaluando la sinceridad de mi pregunta, y prosiguió:

—En todas las situaciones las condiciones objetivas apuntaban a lo contrario. El doctor del pueblo, que es un hombre muy leído, me explicó el mito de Casandra. ¿Lo conoce?

Le expliqué que tenía una vaga idea: A Casandra, Apolo le dio el don de la profecía pero como ella no cumplió el pacto de entregársele a cambio, Apolo —que ya no podía retirarle el don— la condenó a que nadie la creyera.

—Exactamente. —Me miró de nuevo, con más atención, un poco impresionado por mis conocimientos del mundo clásico, y continuó— Ya sabe como son en los pueblos. A partir de entonces la gente le puso el mote de Casandra y la trataban de loca. Ella siguió repartiendo mala suerte a diestro y siniestro, eso sí, de la forma más desapercibida e inocente. Poco a poco la situación se me volvió insoportable llegando al extremo de que planeé matarla para evitar que causara más daño.

—Pero ella lo adivinó. —volví a interrumpir.

—No. Por ahí no había peligro. Ella veía cualquier futuro menos el suyo —aclaró Artemio—. En fin, abreviando: una mañana la traje hasta aquí con el pretexto de tomarle algunas fotografías. La situé junto al borde y, con todo el dolor de mi corazón por tanto como la amaba, arremetí contra ella para precipitarla al abismo. En ese justo momento, ella se agachó a retirar una piedra del sendero mientras me decía gentilmente: «¡Cuidado cariño que vas a tropezar!». Como sin duda ya imagina, pasé volando por encima de ella y me fui a estrellar en esas rocas negras y puntiagudas, llenas de algas, que ve usted allí abajo...

Creo que fue el frío que sentía el que me hizo despertar. El sol ya se había puesto hacía un buen rato. Me había dormido recostado contra la piedra y la brisa húmeda del mar me calaba hasta los huesos. Me estiré sin reparo; bostezando ampliamente ¡Así que todo había sido un sueño!

Preocupado ante la escasa luz que quedaba, comencé a bajar por el resbaladizo y vertiginoso sendero. Quedaba un largo camino hasta el pueblo.