viernes, 9 de marzo de 2012

La hiedra


¿Por qué?, ¿por qué habría de darte un poema más,
si vienes hasta aquí descalza, silenciosa, anónima y furtiva?
¿Si no pagas con una moneda de plata?
¿Si no levantas la cara para dejar una mirada o una sonrisa?
¿Si te vas sin traslucir un gesto; impasible,
como si leyeras la condena de una nube
o la lotería de una ola?

Pero, tú sabes que yo los vendería todos por dos céntimos.
Tú sabes que yo los lanzaría al aire como octavillas.
Tú sabes que los cantaría cada mañana al asearme
con la ventana abierta al patio de vecinos.
Tú sabes que me nacen de dentro
 y me salen por la boca, frondosos,
como tallos de una hiedra aterradora.