jueves, 9 de febrero de 2012

Mis encuentros con serpientes

The Dance (Carl Link)
Silba, furiosa, la mañana.
Se despereza la serpiente en su nido.
Se dilata —inmóvil— en signos deslizantes;
en anillos sempiternos de pieles oscuras.

Acorazada de escamas endurecidas
se despierta, ahora, en el  encuentro fortuito
y yergue su cuerpo —bello como antaño—
hecho de diamantes  amenazadores.

Empuña, con músculo invisible,
puñales cargados de  ponzoña;
licor de agravios destilado
en redoma de antiguos rencores.

Retrocede —ruin, desconfiada, recelosa—
 ante el tembloroso ofrecimiento, hechizado,
de mis ojos y de mi carne desnuda.

Toma impulso. Fría, precisa, certera...
Ataca con su inevitable relampagueo.
Muerde mi corazón. Inyectándole
con letal toxina; su amargo veneno.

Todo pasa en un segundo, en una esquina,
bajo un sol de estériles luces picantes 
y un decorado de coches y peatones detenidos.
Un fondo esquemático, difuso, irreal, ilusorio.

Por fin te he visto tal cual eres.
Por ese azar, me he curado para siempre.