sábado, 7 de enero de 2012

Palabras baratas


¿Saben qué? Me da miedo de lo que escribo. Ya no me fio de las palabras. Por eso muchas veces uso  palabras totalmente idiotas como: rosa, nube, mar, amor, peripatético
Debe ser por miedo a cortarme, a pillarme los dedos, a reventarme los ojos, a perforarme los oídos, a retorcer mi duodeno.
Palabras huecas, vacías, previsibles; de ese manido buen gusto.
Palabras que, poco a poco, se me vuelven insoportables; destripadas de significado, sin filo, blandas, empalagosas como un caramelo de algodón de azúcar.
Pero, ya ven, tampoco sé que hacer con: coño, cabrón, indigesto, majadero
Normalmente me dan miedo esas palabras gruesas, que caen como goterones, como sombras de meados, en las paredes de las frases.
Palabras que huelen, tosen y carraspean desabridas; que nos lanzan, desde sus oscuros significantes encallecidos, sus emociones a contramano.
Así que, normalmente, uso palabras baratas, desterradas de los libros, deslibradas. Incubadas en los úteros de los televisores, en los teclados de los chats, en las barras de los bares.
Palabras tiradas por los cuartos de estar de las casas —muchas veces, sin usar— abolladas, llenas de defectos, mal pronunciadas, sin corazón.
Palabras amontonadas, de ínfima calidad; como todas esas cosas inútiles que colman las tiendas de los chinos.
Nunca me podrá salir nada bueno, expresar lo que siento, con esta mierda de palabras.
Y, sin embargo, aquí me tienen.


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Escúchenlo recitado por mi gran amigo Javier Revolo,