jueves, 15 de diciembre de 2011

Pollo al limón


No sé por qué escribo así: una palabra detrás de la otra y preocupándome para que quede claro, ¡hasta bonito, se diría! Supongo que he leído cosas parecidas y pienso que debe ser así como se hace; que estas son las reglas.  Es como lo que pasa con el tipo de comida. Comemos unos u otros alimentos según la cultura a la que pertenecemos. A veces son los mismos pero preparados de otra forma, con lo cual pierden la gracia. No es que no reconozcamos que eso es comida, no. Sencillamente, es que no nos gusta; lo encontramos demasiado diferente. Sospechosamente diferente, por así decirlo. Un atavismo que nos era muy útil para no envenenarnos, muy saludable, en nuestra anterior época de animales. De más animales.  Bueno, también están los que escriben raro aposta, pero eso es otra cosa. Quizás tienen la esperanza de que si no se les entiende sea porque han escrito algo bueno. Y mira que eso de “bueno” me resulta ya, a estas alturas, un concepto totalmente desprovisto de sentido, desubicado de la realidad. Nos pasamos la vida imaginando, suponiendo, desentrañando la realidad para ver si salimos en algo de ella, en algún aspecto, si somos actualidad, si existimos.  Creo que en el único libro donde he aparecido referenciado en toda mi vida es en la guía de teléfonos de la ciudad donde vivía antes. Cantamos para gustar, hablamos para gustar, escribimos para gustar, nos vestimos para gustar... Pero gustar no garantiza que lo estemos haciendo bien. Normalmente es al contrario. Es una mierda, un fracaso, una opción de perdedores morales.... Según cómo y dónde (que en definitiva condiciona a quién) gustemos, ¡claro! No es lo mismo la piscina municipal, que Ibiza; aunque nos bañemos en ambas. Pero la verdad es que tengo pocas oportunidades de moverme en el mundillo intelectual. Tampoco lo intento demasiado, para que voy a mentir, no vaya a ser que me pegue una leche por cantamañanas y, además, la mayor parte de lo que allí se dice me aburre. No me interesa lo intelectual,  me interesa la inteligencia, y esta es tan escasa tanto en un mundo como en el otro. Prefiero estar así, al tran tran.

El caso es que hoy he ido a comer con un amigo a un restaurante chino. Nunca voy a los chinos y si voy, lo hago al que está junto a la estación de tren de mi pueblo ¿Que por qué? pues porque un día nos encontramos a un oriental bien vestido (sin duda, el dueño del restaurante) que estaba esperando en el portal de nuestra casa con dos grandes bolsas. Una con tarros de comida (caliente) y otra con latas de bebidas (frías). Realmente no sé por qué nos liamos tanto y somos tan contradictorios en este tema de la temperatura que debe tener lo que nos metamos al cuerpo. Resultaba muy gracioso verlo, allá en el ascensor, con el casco puesto (la visera levantada), la comida colgando y trajeado con corbata y todo. Charlábamos amigablemente preguntándole todo lo que se nos pasaba por la cabeza. En cambio, él sólo quería saber si nosotros éramos fulanito de tal. No, Fulanito de Tal es nuestro vecino. Así nos enteramos, de esa forma tan tonta, que se podía encargar por teléfono comida china, y bebidas, y que te la traían en unos envases que molaban mucho y que luego eran muy útiles y lo suficientemente resistentes como para guardar restos de comida y esas cosas (eso lo averiguamos más tarde, cuando se nos llenaron todos los armarios de la cocina de tarros vacíos). Por aquel entonces —que andábamos descubriendo el pueblo (y casi el mundo, enamorados)— nos maravillábamos con cualquier cosa. Al día siguiente cuando abrimos el buzón había una tarjeta. Era el dueño, estaba claro. Nos gustó su carácter emprendedor. Luego nos gustarían también —mucho— sus rollitos primavera y su arroz tres delicias. Algo menos, la ternera con pimientos, pero es que no se puede triunfar en todo.

En el chino que he comido hoy es el chino al que va siempre mi amigo. Por supuesto que lo había visto antes. Está mucho más cerca de mi casa que el otro pero jamás se me hubiera ocurrido por mí mismo entrar en él  ¿Por qué hacerlo? No tiene nada que ver conmigo. Para mí no existe como restaurante. Sólo existe como fachada.  Unas columnas amarillas de pega y unos dragones rojos de escayola. Mi amigo siempre viene a este ¡vaya usted a saber por qué! y ni siquiera ha oído hablar del otro. La vida se construye de casualidades.

Tiene doble puerta, pero la primera, la de la calle, está ferozmente abierta (hace un frío que pela) e inexplicablemente calzada con una cuña de madera. Entramos. Somos los primeros comensales. Viene una chinita muy mona a recibirnos. Nos pedimos unas Tsing Tao y ordenamos la comida. En China le cogí afición a esa cerveza (era el único líquido que bebía y hasta la usaba para lavarme los dientes) aunque creo que la que consumimos por aquí la fabrican en Alemania.

Entran dos mujeres, anodinas, sin ningún atractivo, y ocupan una de las mesas del fondo. Se dejan la puerta abierta. Un aire frío y cortante como una sierra de carpintero empieza a segar nuestras piernas y a palpar por nuestra espalda buscando el mejor lugar donde asestarnos la puñalada traidora de un enfriamiento. Cuando me llega a los riñones ya no aguanto más y me levanto para cerrar la puerta. Estoy de pie, parado en el umbral, y veo avanzar por la calle con inequívoca intención de entrar a una señora de aspecto agradable con las manos ocupadas por dos grandes bolsas de supermercado. Sujeto la puerta y le sonrío amablemente. Cuando entro al interior caminando detrás de ella para volver a mi sitio nos sale al encuentro la misma chinita mona de antes con su mejor sonrisa, tiene los ojos algo saltones como los dragones de la puerta:

—¿Dos?— pregunta y se va para una mesa del fondo. La señora responde «sí» (?) y se va tras ella, golpeteando con las bolsas en todas las sillas y mesas que flanquean el pasillo.
—¡Un momento!— pienso. Todo esto es un lío. En menos de un minuto se concatenan una sucesión de posibles disparates. Los veo pasar como flashes mientras me siento:

¿Piensa la mujer que yo soy un gerente del establecimiento (voy con traje y estoy plantado en la puerta) invitándola a entrar?
¿Piensa la chinita que vengo con la señora? A ellos les pasa lo mismo que a nosotros: todos los europeos somos iguales, indistinguibles; con unas tremendas narices de porra.
¿Piensa la señora que qué más da lo que le pregunten, si al fin y al cabo ella lo que viene es a comer y está deseando soltar las bolsas y que, además, a esta china del demonio no se la entiende nada de lo que dice?
¿Pienso yo que la señora viene sola y atontada, cuando en realidad ella sabe que yo soy un comensal pelado de frío intentando cerrar la puerta? ¿Está verdaderamente esperando a alguien y tiene un excelente oído y clara atención?

«¿Qué hago yo imaginando lo que piensan los demás, ni qué coño me importa?», eso si que lo pienso, mientras me sirvo el pollo. Mi amigo me sonríe. Renuncio a intentar siquiera contárselo, transmitírselo. Es una de esas cosas que me pasan todos los días y que se me quedan hundidas para siempre en el pantano de la mente. Un derroche de sinapsis, de chisporroteos, de elucubraciones imbéciles; en vez de relajarme, de dejarme  llevar por ese río al que no hay que empujar, que ya fluye por sí solo. Flow, flow. Be water my friend.

—Gracias tío, vaya biruji que hacía— alza la copa.

Brindamos.