miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Cautiva


Había una vez una doncella cautiva de un Gran Moro. Como la hicieron prisionera de pequeñita, ignoraba su estado y vivía una existencia casi perfecta dentro de su jardín dorado. Un día fue hasta el fondo del jardín en busca de unas hierbas para los macarrones, y allí oyó una canción que venía del otro lado de la tapia. Aunque la melodía era alegre y dulce a la vez, se asustó grandemente pues ignoraba que pudiera existir cosa alguna más allá de su jardín. Por la noche, el moro notó su turbación y le preguntó que le pasaba; con la conciencia confusa de haber hecho algo malo, salió del paso como pudo y se juró no volver nunca por ese rincón tan misterioso.

Pero pasaban los días y esa música no dejaba de sonar en su cabeza, y no podía sufrir más la curiosidad que le producía el deseo de saber si seguiría sonando. Una tarde calurosa, cuando todos dormían la siesta dentro de la casa, se acercó con paso cauteloso, con el corazón saltándole dentro del pecho. Del otro lado de la tapia llegaba una agradable voz que entonaba de forma nítida y sencilla un romance lleno de sentimiento:

Romance de La Cautiva
«Qué suerte, la de los muros,
que cercan tu cuerpo leve.
Qué fortuna tiene el jardín
que con tus pechos florece,
y hace botones de rosas
de tus pezones tan breves.
Qué suerte en tu sonrisa,
encontraron ya las fuentes,
pues bebiendo de sus caños
les das un frío de nieve
y haces tiritar de amor
con el blancor de tus dientes.
Como un surtidor celeste
acomoda sus rayos, el sol,
entre tu pelo caliente,
fabricando panes de olor,
con ansias de poseerte.
Y se estremece el agua
que duerme dentro del pozo,
y se desmayan de gozo
los pájaros por tu falda,
cuando aparecen tus ojos
—oculto cristal de rocío—
miel de almendras amargas…»

¡Ahora sí que se asustó Zoraida! ¡Salió corriendo hacia la casa, tropezando con todo lo que hallaba a su paso y tapándose los oídos sin querer escuchar más. Pensando que algún demonio le estaba jugando una mala pasada.

La vida familiar en la casa del Gran Moro era muy estrecha y vigilada; con muy poco espacio para la intimidad y muy volcada hacia dentro. Todos estaban muy relacionados y participaban de las vidas ajenas con igual intensidad que de la suya propia; muchas veces sin ser capaces de fijar donde estaban los límites de cada cual. Tanto era así que si, por ejemplo, la madre se hacía un pequeño corte en un dedo al hacer la comida, era posible que durante unos días sangraran varios de los habitantes de la casa y, desde luego, todos se ponían un vendaje aunque, para mayor confusión, no siempre en el mismo dedo. Para defenderse de este ambiente y tratar de evitar que su identidad se diluyera en el grupo y desaparecer tragada por ellos, Zoraida había desarrollado una técnica que podríamos llamar de disociación. Vivía —trataba de vivir— dos vidas: una vida real, a la que entregaba la —para ella— ‘falsa’ Zoraida, la Zoraida de conveniencia y al gusto de todos; y una vida virtual, donde realmente habitaba —¡oh paradoja!— la Zoraida ‘auténtica’.

«Madre, dejadme ir a lavar al río», pidió Zoraida un día mostrando un gran cesto lleno con sus mejores túnicas y, no se sabe muy bien por qué, se lo permitieron.

Zoraida no volvió, y nunca jamás tuvieron noticia alguna de ella. La música cesó y ahora sólo se escucha el zumbido de las chicharras en el calor de la tarde mezclándose con el borboteo de una pequeña fuente llena de hierbajos que nadie cuida.