viernes, 16 de diciembre de 2011

La Cárcel

Cuando las pesadas puertas de la cárcel se cerraron tras de mí sentí como si me hubieran golpeado en el cuello. Algo se encogió en mi corazón al oír el seco chasquido del cerrojo. Algo así como si se hubiera disparado el resorte de una trampa y yo ahora fuera un asustado ratoncito atrapado en un mundo hostil. El negro panorama que tenía por delante era superior a las escasas fuerzas con las que me sentía para enfrentarlo. Los días siguientes fueron durísimos para mí. Puse toda mi voluntad en adaptarme, en entender que la vida, ahora, era solamente eso: un estrecho y agobiante cerco de problemas acuciantes.

No pude resistirlo por mucho tiempo. Una noche caminé decidido hasta aquella joyería y lancé con todas mis fuerzas un ladrillo contra el escaparate. El grueso cristal blindado se agrietó sin llegar a romperse aunque, eso sí, saltó estrepitosamente  la alarma. Golpeé de forma más contundente con la barra de hierro hasta que conseguí abrir un agujero por el que introducir el brazo hasta más arriba del codo; tenía que pasar cómodamente; con seguridad; sin riesgos de cortes. Lo había hecho antes muchas veces y sabía que las prisas nunca son buenas para estas cosas. No, no lo eran para un  profesional tan pulcro como yo. Con parsimonia, tranquilamente,  fui recogiendo las joyas y metiéndomelas en los bolsillos de la chaqueta. Mientras, escuchaba con cautela, por encima de la alarma, los ruidos del vecindario. Atento, aguzaba el oído esperando oír la sirena del auto que vendría a recogerme. Que me llevaría de nuevo a casa.