lunes, 26 de diciembre de 2011

Caballito de olvido






Caballito de noria
de galopar  eterno,
de atornillada barriga
entre dos pernos,
Clavado  entre barras
tan verticales
que duelen como espadas
abdominales.

Héroe de madera repintada,
con su harakiri de pega
tan trepidante
que nunca alcanza
al que va delante.

El que va delante, que es el último
de los que le van detrás
¿Cómo lo ves?
¡No corras más!



Caballito de noria de galopar  eterno,
de atornillada barriga
entre dos pernos.

martes, 20 de diciembre de 2011

Don Quijote de la Crisis en... Cuentecito de Navidad




—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Gallardopanzón, donde se descubre una grandiosa hada, la gigantesca Aguiguarrona, a quien pienso suplicar que me dé fuerzas para encarcelar a los políticos corruptos y expropiar a los banqueros usureros y les haremos batalla, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer y a dárselo a la pobre gente de este reino que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué hada? —dijo Gallardopanzón.

—Aquella que allí ves —respondió su amo—, de gigantesca estatura y enjoyado vestido.

—Mire vuestra merced —respondió Gallardopanzón— que aquella que allí se parece no es hada, sino adorno de Navidad, y lo que en ella semejan vestidos galanos recubiertos de rubíes y esmeraldas son  en realidad las luces navideñas, que, colocadas por el centro de las ciudades nos mueven al consumo y a gastarnos los dineros...

domingo, 18 de diciembre de 2011

Amor precario (el vídeo)


A lo moderno

Este poema está dedicado a esos penosos  amores adúlteros, escondidos,  de oficina, hechos de engaños e interrupciones, de sustos y tapadillos. Amores precarios que mal crecen en estrechas macetas, sin aire y sin luz. Condenados a morir asfixiados si no se trasplantan  prontamente a un espacio de libertad.






Puede leer el texto aquí ---------à

sábado, 17 de diciembre de 2011

Recostado en Mozart toda la mañana

¡Ven! ¡Descansa! Sosiega la respiración. Calma tu pecho ¿A dónde vas tan deprisa?
¿De verdad crees que la vida pasará de largo sin que tú puedas alcanzarla?


viernes, 16 de diciembre de 2011

La Cárcel

Cuando las pesadas puertas de la cárcel se cerraron tras de mí sentí como si me hubieran golpeado en el cuello. Algo se encogió en mi corazón al oír el seco chasquido del cerrojo. Algo así como si se hubiera disparado el resorte de una trampa y yo ahora fuera un asustado ratoncito atrapado en un mundo hostil. El negro panorama que tenía por delante era superior a las escasas fuerzas con las que me sentía para enfrentarlo. Los días siguientes fueron durísimos para mí. Puse toda mi voluntad en adaptarme, en entender que la vida, ahora, era solamente eso: un estrecho y agobiante cerco de problemas acuciantes.

No pude resistirlo por mucho tiempo. Una noche caminé decidido hasta aquella joyería y lancé con todas mis fuerzas un ladrillo contra el escaparate. El grueso cristal blindado se agrietó sin llegar a romperse aunque, eso sí, saltó estrepitosamente  la alarma. Golpeé de forma más contundente con la barra de hierro hasta que conseguí abrir un agujero por el que introducir el brazo hasta más arriba del codo; tenía que pasar cómodamente; con seguridad; sin riesgos de cortes. Lo había hecho antes muchas veces y sabía que las prisas nunca son buenas para estas cosas. No, no lo eran para un  profesional tan pulcro como yo. Con parsimonia, tranquilamente,  fui recogiendo las joyas y metiéndomelas en los bolsillos de la chaqueta. Mientras, escuchaba con cautela, por encima de la alarma, los ruidos del vecindario. Atento, aguzaba el oído esperando oír la sirena del auto que vendría a recogerme. Que me llevaría de nuevo a casa.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Pollo al limón


No sé por qué escribo así: una palabra detrás de la otra y preocupándome para que quede claro, ¡hasta bonito, se diría! Supongo que he leído cosas parecidas y pienso que debe ser así como se hace; que estas son las reglas.  Es como lo que pasa con el tipo de comida. Comemos unos u otros alimentos según la cultura a la que pertenecemos. A veces son los mismos pero preparados de otra forma, con lo cual pierden la gracia. No es que no reconozcamos que eso es comida, no. Sencillamente, es que no nos gusta; lo encontramos demasiado diferente. Sospechosamente diferente, por así decirlo. Un atavismo que nos era muy útil para no envenenarnos, muy saludable, en nuestra anterior época de animales. De más animales.  Bueno, también están los que escriben raro aposta, pero eso es otra cosa. Quizás tienen la esperanza de que si no se les entiende sea porque han escrito algo bueno. Y mira que eso de “bueno” me resulta ya, a estas alturas, un concepto totalmente desprovisto de sentido, desubicado de la realidad. Nos pasamos la vida imaginando, suponiendo, desentrañando la realidad para ver si salimos en algo de ella, en algún aspecto, si somos actualidad, si existimos.  Creo que en el único libro donde he aparecido referenciado en toda mi vida es en la guía de teléfonos de la ciudad donde vivía antes. Cantamos para gustar, hablamos para gustar, escribimos para gustar, nos vestimos para gustar... Pero gustar no garantiza que lo estemos haciendo bien. Normalmente es al contrario. Es una mierda, un fracaso, una opción de perdedores morales.... Según cómo y dónde (que en definitiva condiciona a quién) gustemos, ¡claro! No es lo mismo la piscina municipal, que Ibiza; aunque nos bañemos en ambas. Pero la verdad es que tengo pocas oportunidades de moverme en el mundillo intelectual. Tampoco lo intento demasiado, para que voy a mentir, no vaya a ser que me pegue una leche por cantamañanas y, además, la mayor parte de lo que allí se dice me aburre. No me interesa lo intelectual,  me interesa la inteligencia, y esta es tan escasa tanto en un mundo como en el otro. Prefiero estar así, al tran tran.

El caso es que hoy he ido a comer con un amigo a un restaurante chino. Nunca voy a los chinos y si voy, lo hago al que está junto a la estación de tren de mi pueblo ¿Que por qué? pues porque un día nos encontramos a un oriental bien vestido (sin duda, el dueño del restaurante) que estaba esperando en el portal de nuestra casa con dos grandes bolsas. Una con tarros de comida (caliente) y otra con latas de bebidas (frías). Realmente no sé por qué nos liamos tanto y somos tan contradictorios en este tema de la temperatura que debe tener lo que nos metamos al cuerpo. Resultaba muy gracioso verlo, allá en el ascensor, con el casco puesto (la visera levantada), la comida colgando y trajeado con corbata y todo. Charlábamos amigablemente preguntándole todo lo que se nos pasaba por la cabeza. En cambio, él sólo quería saber si nosotros éramos fulanito de tal. No, Fulanito de Tal es nuestro vecino. Así nos enteramos, de esa forma tan tonta, que se podía encargar por teléfono comida china, y bebidas, y que te la traían en unos envases que molaban mucho y que luego eran muy útiles y lo suficientemente resistentes como para guardar restos de comida y esas cosas (eso lo averiguamos más tarde, cuando se nos llenaron todos los armarios de la cocina de tarros vacíos). Por aquel entonces —que andábamos descubriendo el pueblo (y casi el mundo, enamorados)— nos maravillábamos con cualquier cosa. Al día siguiente cuando abrimos el buzón había una tarjeta. Era el dueño, estaba claro. Nos gustó su carácter emprendedor. Luego nos gustarían también —mucho— sus rollitos primavera y su arroz tres delicias. Algo menos, la ternera con pimientos, pero es que no se puede triunfar en todo.

En el chino que he comido hoy es el chino al que va siempre mi amigo. Por supuesto que lo había visto antes. Está mucho más cerca de mi casa que el otro pero jamás se me hubiera ocurrido por mí mismo entrar en él  ¿Por qué hacerlo? No tiene nada que ver conmigo. Para mí no existe como restaurante. Sólo existe como fachada.  Unas columnas amarillas de pega y unos dragones rojos de escayola. Mi amigo siempre viene a este ¡vaya usted a saber por qué! y ni siquiera ha oído hablar del otro. La vida se construye de casualidades.

Tiene doble puerta, pero la primera, la de la calle, está ferozmente abierta (hace un frío que pela) e inexplicablemente calzada con una cuña de madera. Entramos. Somos los primeros comensales. Viene una chinita muy mona a recibirnos. Nos pedimos unas Tsing Tao y ordenamos la comida. En China le cogí afición a esa cerveza (era el único líquido que bebía y hasta la usaba para lavarme los dientes) aunque creo que la que consumimos por aquí la fabrican en Alemania.

Entran dos mujeres, anodinas, sin ningún atractivo, y ocupan una de las mesas del fondo. Se dejan la puerta abierta. Un aire frío y cortante como una sierra de carpintero empieza a segar nuestras piernas y a palpar por nuestra espalda buscando el mejor lugar donde asestarnos la puñalada traidora de un enfriamiento. Cuando me llega a los riñones ya no aguanto más y me levanto para cerrar la puerta. Estoy de pie, parado en el umbral, y veo avanzar por la calle con inequívoca intención de entrar a una señora de aspecto agradable con las manos ocupadas por dos grandes bolsas de supermercado. Sujeto la puerta y le sonrío amablemente. Cuando entro al interior caminando detrás de ella para volver a mi sitio nos sale al encuentro la misma chinita mona de antes con su mejor sonrisa, tiene los ojos algo saltones como los dragones de la puerta:

—¿Dos?— pregunta y se va para una mesa del fondo. La señora responde «sí» (?) y se va tras ella, golpeteando con las bolsas en todas las sillas y mesas que flanquean el pasillo.
—¡Un momento!— pienso. Todo esto es un lío. En menos de un minuto se concatenan una sucesión de posibles disparates. Los veo pasar como flashes mientras me siento:

¿Piensa la mujer que yo soy un gerente del establecimiento (voy con traje y estoy plantado en la puerta) invitándola a entrar?
¿Piensa la chinita que vengo con la señora? A ellos les pasa lo mismo que a nosotros: todos los europeos somos iguales, indistinguibles; con unas tremendas narices de porra.
¿Piensa la señora que qué más da lo que le pregunten, si al fin y al cabo ella lo que viene es a comer y está deseando soltar las bolsas y que, además, a esta china del demonio no se la entiende nada de lo que dice?
¿Pienso yo que la señora viene sola y atontada, cuando en realidad ella sabe que yo soy un comensal pelado de frío intentando cerrar la puerta? ¿Está verdaderamente esperando a alguien y tiene un excelente oído y clara atención?

«¿Qué hago yo imaginando lo que piensan los demás, ni qué coño me importa?», eso si que lo pienso, mientras me sirvo el pollo. Mi amigo me sonríe. Renuncio a intentar siquiera contárselo, transmitírselo. Es una de esas cosas que me pasan todos los días y que se me quedan hundidas para siempre en el pantano de la mente. Un derroche de sinapsis, de chisporroteos, de elucubraciones imbéciles; en vez de relajarme, de dejarme  llevar por ese río al que no hay que empujar, que ya fluye por sí solo. Flow, flow. Be water my friend.

—Gracias tío, vaya biruji que hacía— alza la copa.

Brindamos.



lunes, 12 de diciembre de 2011

Guitarra entre tus brazos


¡Ay, si yo fuera guitarra entre tus brazos!
Cantar, recostado contra tu pecho,

Temblar,  apoyado en  tu regazo.
Sentir tus largos dedos rasgados
subir por mi lado más estrecho.
Vibrar así los dos, acompasados.






Escúchelo recitado por el autor aquí --->


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Menos de mil palabras (el vídeo)


A lo moderno




Puede leer el texto aquí -----> http://miguelguinea.blogspot.com/2011/11/menos-de-mil-palabras.html

La Cautiva


Había una vez una doncella cautiva de un Gran Moro. Como la hicieron prisionera de pequeñita, ignoraba su estado y vivía una existencia casi perfecta dentro de su jardín dorado. Un día fue hasta el fondo del jardín en busca de unas hierbas para los macarrones, y allí oyó una canción que venía del otro lado de la tapia. Aunque la melodía era alegre y dulce a la vez, se asustó grandemente pues ignoraba que pudiera existir cosa alguna más allá de su jardín. Por la noche, el moro notó su turbación y le preguntó que le pasaba; con la conciencia confusa de haber hecho algo malo, salió del paso como pudo y se juró no volver nunca por ese rincón tan misterioso.

Pero pasaban los días y esa música no dejaba de sonar en su cabeza, y no podía sufrir más la curiosidad que le producía el deseo de saber si seguiría sonando. Una tarde calurosa, cuando todos dormían la siesta dentro de la casa, se acercó con paso cauteloso, con el corazón saltándole dentro del pecho. Del otro lado de la tapia llegaba una agradable voz que entonaba de forma nítida y sencilla un romance lleno de sentimiento:

Romance de La Cautiva
«Qué suerte, la de los muros,
que cercan tu cuerpo leve.
Qué fortuna tiene el jardín
que con tus pechos florece,
y hace botones de rosas
de tus pezones tan breves.
Qué suerte en tu sonrisa,
encontraron ya las fuentes,
pues bebiendo de sus caños
les das un frío de nieve
y haces tiritar de amor
con el blancor de tus dientes.
Como un surtidor celeste
acomoda sus rayos, el sol,
entre tu pelo caliente,
fabricando panes de olor,
con ansias de poseerte.
Y se estremece el agua
que duerme dentro del pozo,
y se desmayan de gozo
los pájaros por tu falda,
cuando aparecen tus ojos
—oculto cristal de rocío—
miel de almendras amargas…»

¡Ahora sí que se asustó Zoraida! ¡Salió corriendo hacia la casa, tropezando con todo lo que hallaba a su paso y tapándose los oídos sin querer escuchar más. Pensando que algún demonio le estaba jugando una mala pasada.

La vida familiar en la casa del Gran Moro era muy estrecha y vigilada; con muy poco espacio para la intimidad y muy volcada hacia dentro. Todos estaban muy relacionados y participaban de las vidas ajenas con igual intensidad que de la suya propia; muchas veces sin ser capaces de fijar donde estaban los límites de cada cual. Tanto era así que si, por ejemplo, la madre se hacía un pequeño corte en un dedo al hacer la comida, era posible que durante unos días sangraran varios de los habitantes de la casa y, desde luego, todos se ponían un vendaje aunque, para mayor confusión, no siempre en el mismo dedo. Para defenderse de este ambiente y tratar de evitar que su identidad se diluyera en el grupo y desaparecer tragada por ellos, Zoraida había desarrollado una técnica que podríamos llamar de disociación. Vivía —trataba de vivir— dos vidas: una vida real, a la que entregaba la —para ella— ‘falsa’ Zoraida, la Zoraida de conveniencia y al gusto de todos; y una vida virtual, donde realmente habitaba —¡oh paradoja!— la Zoraida ‘auténtica’.

«Madre, dejadme ir a lavar al río», pidió Zoraida un día mostrando un gran cesto lleno con sus mejores túnicas y, no se sabe muy bien por qué, se lo permitieron.

Zoraida no volvió, y nunca jamás tuvieron noticia alguna de ella. La música cesó y ahora sólo se escucha el zumbido de las chicharras en el calor de la tarde mezclándose con el borboteo de una pequeña fuente llena de hierbajos que nadie cuida.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Pues sabemos que es mentira... (el texto)


A lo clásico.
(Puede ver el vídeo aquí,)


Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
que el amor es sueño oscuro y se tiene que acabar,
que la que hoy ves bella, graciosilla y te hace suspirar
mañana la veras tuerta, y vellosa, culibaja, medio coja
y de gran obesidad

Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
que el amor nunca dura y se tiene que acabar,
que la que hoy simplemente transpira, mañana ha de sudar;
que la que ahora ríe alegre con voz quebrada y fina,
mañana te gritará, monstruosa, en la cocina
y los platos por lavar.

Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
que el amor es muro bajo y se tiene que saltar
que cuando vivas con ella siempre te gustará
mucho más la vecina, esa prima, la cuñada, la tendera
la priora o la portera, ¡la abadesa de Antequera!,
o hasta puede que el abad. 

Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
¿por qué —sinrazón imposible— nos volvemos a enamorar!




jueves, 1 de diciembre de 2011

The thrill is gone

Pues aprovechando que la emoción se ha ido... ahora unos minutitos musicales para relajar, para que no todo sea del rollo este de escribir, de leer y esas cosas tan sabiondas. Escuchen, vean y disfruten a estos tíos, a ver que les parece. Les pongo la letra que, a pesar de su aparente sencillez, también tiene mucha miga.

¡Ah!, y que digo yo que —para haberseles  ido la emoción— lo están haciendo de puta madre. ¿No?









Letra original:
The thrill is gone
The thrill is gone away
The thrill is gone baby
The thrill is gone away
You know you done me wrong baby
And you'll be sorry someday
The thrill is gone
It's gone away from me
The thrill is gone baby
The thrill is gone away from me
Although I'll still live on
But so lonely I'll be
The thrill is gone
It's gone away for good
Oh, the thrill is gone baby
Baby its gone away for good
Someday I know I'll be over it all baby
Just like I know
a man should
You know I'm free, free now baby
I'm free from your spell
I'm free, free now
I'm free from your spell
And now that it's over
All I can do is wish you well
Traducción:
La emoción se ha ido.
Se ha ido lejos.
La emoción se ha ido, cariño.
Se ha ido.
Sabes que me hiciste daño, cariño.
Y algún día te arrepentirás de ello.
La emoción se ha ido.
Se ha ido de mí.
La emoción se ha ido, cariño.
Se ha ido de mí.
Y aunque sobreviviré,
lo haré tan solo.
La emoción se ha ido.
Se ha ido por completo.
Oh, la emoción se ha ido.
Se ha ido por completo, cariño.
Algún día lo superaré, cariño.
De la misma forma
en que un hombre deberá hacerlo.
Sabes que soy libre. Soy libre ahora, cariño.
Libre de tu hechizo.
Soy libre, ahora.
Libre de tu hechizo.
Y ahora que todo ha pasado,
todo lo que puedo hacer es desearte.