lunes, 7 de noviembre de 2011

La nostalgia



Los modestos padres de Johan Hagemeyer, un chaval holandés, debilucho, introspectivo y enfermizo, muy leído para sus pocos años y que daba muestras de sensibilidad  e inteligencia lo sacaron pronto de la escuela y lo metieron en el corretaje de seguros soñando en mejorar la situación económica de la familia. Su curiosidad lo llevó a explorar temas de filosofía, anarquismo, misticismo religioso y horticultura, materiales con los que construyó sus propios sueños de aguacates y naranjas, de pepinos y hortalizas soleadas  y se fue a perseguirlos emigrando, con dos de sus hermanos, desde Holanda a Estados Unidos donde llegó a iniciar lo que parecía una prometedora carrera de investigador para el departamento de agricultura del gobierno en Washington. La neumonía le convenció de que no estaba para esos trotes, pero  también le abrió a otros sueños mientras ojeaba revistas sobre la naciente fotografía artística durante su convalecencia, que le convirtieron en un buen fotógrafo y, sobre todo, en un interesante retratista.  Su espíritu independiente le mantuvo apartado de grupos y tendencias aunque merece la pena destacar su amistad con Edward Weston y su participación activa  del mundillo artístico e intelectual que se formó en Carmel (California). Al final falleció, otra vez pobre y olvidado, a los setenta y ocho años de edad. Se conservan bastantes obras suyas, sobre todo lo que era su archivo personal  en el momento de su muerte, en la Bancroft Library  en Berkeley. Aquí les incluyo un espléndido retrato que hizo de Henry Miller. Por el contrario, de los magníficos pepinos que cultivó en sus inicios creo que no ha sobrevivido ninguno; no se los puedo mostrar. Tendrán que confiar en mi palabra.

Henry Miller se fue un día a París huyendo de una vida mediocre y alcanzó el éxito como escritor…El caso es que lo que relataba en sus novelas y que despertó tanto interés era precisamente su sórdida vida anterior; sus propias experiencias, primero en Nueva York y después en París, de desclasado agobiado por la pobreza. Y lo contaba con total desfachatez y falta de elegancia... entiéndanme, quiero decir: sin plegarse a convencionalismos de la época ni hipócritas buenas maneras. Nos contaba, de forma que resultaba escandalosa, descarnados recuerdos autobiográficos con los que construía la parte principal de sus personajes. Es suya la frase de que «la mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina de escribir».  Entonces, visto desde esta óptica, ¿dónde tuvo Miller realmente éxito?, ¿en su vida de tipejo vulgar,  de chupatintas, de bohemio,  o en su vida de escritor reconocido? ¿En Francia o en América? ¿Pobre o rico? ¿Antes o después? Les pregunto esto (yo no tengo la respuesta) porque siempre he pensado que somos unos bichos más bien raros: mitad soñadores y mitad nostálgicos. Nos pasamos media vida deseando, o añorando —depende del segmento en el que nos encontremos—, a la otra mitad. Construimos, con facilidad, con cualquier elemento que tengamos a mano, independiente de su valor intrínseco y según nuestra edad, recuerdos que echar de menos. Pero sean cuales sean, son, básicamente, lo mismo; están hechos de la misma sustancia. Los recuerdos que yo tengo de los desmontes y solares por donde campaba en mis adolescentes golferías de suburbio y los que puedan tener mis hijos de sus eternos juegos de rol alrededor de una mesa, en el fondo, están hechos de lo mismo aunque el escenario difiera; tienen la misma pátina: el tiempo, un tiempo, su tiempo. Y cada uno añora el suyo. Y esto me lleva ya (« ¡por fin!», pensaran ustedes) al tema que quería tratar.
El otoño en las ciudades está lleno de bellos y románticos lugares comunes asociados con la caída de las hojas. Sí, ya sé, resulta un poco cursi, pero es así. Sin embargo, ahora están por todas partes esas abominables máquinas de soplar hojas. De hecho, ahora mismo, desde el jardín me está llegando el sonido atronador de una de ellas manejada con pasión por nuestro activo conserje. En las calles, estos inventos del demonio han desplazado a los tradicionales (a mis tradicionales) barrenderos de escobón y pala o rastrillo, pero entiendan que sólo hay contraste entre estas dos situaciones si se conocen ambas.
Esa imagen —quizás merecedora de ser retratada por Hagemeyer— ¡tan parisina en mi mente nostálgica!, del barrendero con la ensalivada colilla en los labios, con el carrito plantado en medio de la calle, descansando apoyado en su escoba y deseando pegar la hebra con Henry Miller cuando lo vea pasar, si es que lo ve, y si no, con el primero que se ponga a tiro, ha sido sustituida por esos eficaces barre-cyborgs de brazo mecánico y aullador, espalda maloliente de gasóleo, que caminan entre filas de coches aparcados; aislados, mudos; con los ojos y oídos tapados. Para mí es una imagen dantesca. ¿Qué? ¿Cómo dice?, (¡este ruido no me deja oír nada!). ¿Que para usted también lo es? Si, ¿verdad?, ¡ya lo imaginaba!… pero bueno, a lo que quería llegar: ¿qué se apuestan a que dentro de treinta, cuarenta, cincuenta años… alguien describirá con nostalgia ese momento de cuando oía acompasadamente su rumor desde la habitación mientras estudiaba, y cómo pensaba, entonces, levantando la cabeza del libro:
—¡Hum! ¡Los días oscuros..., los soplahojas… ¡ya está casi encima la Navidad!
Seguro que para entonces —si es que quedan árboles por las calles— ya habrán inventado algún otro método más endiabladamente eficiente de recoger las hojas y, casi con total seguridad, aún más molesto.
 A veces tengo la sensación de que sólo es bella la juventud, sea esta como sea, y que sólo es bella cuando se ha perdido. Pero eso ya es otra historia.




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