domingo, 20 de noviembre de 2011

El Yatagarasu

A Javier Revolo, que  me inspiró este post, con mi agradecimiento.



A veces pareciera que mis historias se escriben solas: primero un objeto, un personaje, una idea, se enseñorea de mi mente y ahí empieza a dar vueltas: más en la forma de imagen que de ideas, más en palabras que brotan formando frases que en argumentos. Luego, cuando me pongo a escribirlo, suele salir de un tirón, formándose, definiendo su estructura en ese mismo momento. Parece como si en ese instante se hilvanaran delicadas relaciones entre todo. Después, durante los dos días siguientes, no ceso de toquetearlo, corrigiendo o añadiendo pequeñas cosas.  Así ha pasado también en el relato que recientemente he escrito: El abanico donde sus formas gráciles, cortesanas, se complementaban en mi mente con otros significados más viriles, más marciales, incluso, podríamos decir, reciamente espirituales.

En la sala que describo en el relato —un espacio donde he reunido el poder absoluto, que interpreta la historia a su modo (como hacen todos los vencedores), la sumisión aduladora de los cortesanos que asisten como espectadores boquiabiertos al desarrollo de la acción y la fría y decidida pasión por la venganza de la voz que narra—  el abanico se me convierte por un momento, durante su breve y certero vuelo,  en una especie de transustanciación del Yatagarasu la mítica ave de tres patas, representación sintoísta del Sol y de la voluntad de los dioses de intervenir en los destinos de los humanos, guiándoles.  Describo así una típica (samuráis, kimonos, abanicos) y tópica (usurpación, asesinato, venganza) historia ambientada en una época no definida del Japón pero que se adivina regida por el bushido; por códigos, valores, conductas, fuertemente personales; interiorizadas mucho más allá de lo que puedan estar las leyes sociales a las que hoy en día nos acogemos; sometiéndonos, en el fondo, cobardemente a ellas para sentirnos protegidos.

Cuando veo al abanico salir volando de la mano de mi protagonista convertido en arma letal, quiero hablar del Yatagarasu, que me parece una bella idea, y sin embargo ya no cabe en mi relato, porque es entonces, sin planearlo, cuando se me produce la sinapsis, el entronque con las otras ideas, las emocionales, la humanas, las psicológicas, las que analizan por un agujerito lo que pueden ser las pequeñas y reales motivaciones que  llegan a dominar nuestro comportamiento, el de todos los seres humanos, y en mi cabeza (y en mi relato) aparece, así, de repente, cobrando una fuerza extraordinaria, ese deseo caprichoso del emperador que se sobrepone incluso a la normal animadversión que solemos tener a las cosas que nos causan daño y que nos deja con la duda de sí, toda su maldad, su despotismo, el daño que intuimos que ha provocado, no es más que el antojo de un niño mal criado. Y entonces, la típica y tópica historia se convierte en otra cosa; se desvincula de un territorio o de una época; se transforma en algo que tenemos siempre, a veces sin saberlo, muy dentro de nosotros, hablándonos al oído.

Si nos paramos a escucharlo podemos sentir que, como el Yatagarasu, despliega sus alas y nos va guiando hacia otros territorios. Buen viaje.






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