sábado, 5 de noviembre de 2011

El gran bazar

Vas creando gente, personajes, situaciones, y luego los dejas por ahí tirados, felices, enfermos, angustiados, muertos, enamorados…Algunos no son más que un dibujo, unos trazos; apenas unos manotazos en el aire. Realmente… ¿qué sabemos de ellos? Quiero decir, ¿qué más sabemos de ellos, aparte de lo contado, lo inventado; lo necesario para cerrar un relato? Por ejemplo, este pobre arrayano de Arreit… ¿cómo es?, ¿es antropomorfo?, ¿se parece a nosotros? Sus días, sus años interminables, ¿son cómo los nuestros?, ¿duran lo mismo?; ¿le espera alguien en Toliman?, ¿amó y le aman? ¿Cómo era su vida allá; su infancia? ¿Qué comía? Quizás tenía pasión por las parrucias o por los estapómeros, ¿se conmovía ante un buen flaunto como todos lo hemos hecho alguna vez? Seguro que adoraba las puestas de sol y los amaneceres simultáneos en su planeta de dos soles.
¿Y Jane, que vivió menos de una hora —urgente y efímera mariposa— en la terraza de aquel bar y nos mandó su angustiado mensaje? ¿Ha vuelto a su país? ¿Ha engordado, crecido, está embarazada, tiene diabetes? ¿Cómo era realmente El Mogador? ¿Era una tonta puritana de yanquilandia? ¿A quién conoció en el avión de vuelta?
¿Habrá recibido María Consolación su carta ya certificada, o se los habrá comido a todos para siempre el comején, la desazón, la selva, el olvido? ¿Sigue Noé soltando sus palomas cada mañana o las mató un gavilán? ¿Se casó su amada con un comerciante filisteo de la ciudad y pesa ahora veinte kilos más, uno por cada año perdido?
Repaso el blog al azar y me encuentro con estos y otros relatos menores, breves, de los que ni yo mismo me acuerdo; que se mantienen mezclados, amontonados con los Mileidys y Cartularios, Princesas y Jardineros, con los sabiondos Profesores Guinea, los extraños Sueños, los cínicos Mentirosos y los grandes viajes por Rusia o por otros lugares igual o más lejanos. Todos gritan dentro de mí, llenos de vida, de inquietud, de amor y de pasión. Queriendo crecer, desarrollarse… o, por lo menos, no ser olvidados.
Paseo por el blog curioseando, como si lo hiciera por un bazar: el gran bazar de la vida, del amor y de la muerte. Voy cambiando el rumbo, caprichoso. De las grandes calles de siempre, las más frecuentadas, con sus coloridos puestos reconocibles, estables, y de marcados contraluces, paso a los casi desconocidos rincones, los pasadizos cambiantes, las estrechas callejuelas en sombra, los abigarrados laberintos. De repente, al doblar una esquina, un viejecito enigmático me saluda desde su modesto sucucho, ¿le conozco? ¡Es increíble la cantidad de cosas bellas, hermosas, que se amontonan por sus estanterías! La gente pasa, presurosa, a sus quehaceres, aparentemente desapercibida de lo que allí se exhibe;  él, sin prisa, sonriente, de vez en cuando las repasa limpiando el polvo, con amor, con delicadeza extrema.