viernes, 18 de noviembre de 2011

El abanico


Entramos al Salón Celeste donde el divino emperador nos va a recibir. Antes, la guardia imperial nos ha despojado de nuestras armas. Conservamos, sin embargo, nuestros abanicos: de papel y bambú decorados con dibujos y caracteres. Sus dos caras —que sirven para transmitir las órdenes en el campo de batalla— son de nítidos colores, diferentes en cada lado. Sólo el mío es de acero y de seda totalmente negra. Su diseño, airoso y grácil,  le permite volar como un halcón y, a la vez, ser capaz de segar en un segundo la garganta más robusta que encuentre a menos de doce pasos de distancia. Plegado en mi cintura ha pasado inadvertido a los ojos de los guardias.

El señor absoluto de nuestras vidas y bienes nos recibe. En sus años de dominio su alma caprichosa, envidiosa, lo ha ido empujando a apropiarse de todo aquello que tuviéramos; de cualquier cosa que llamara su atención. De rodillas ante él posamos la frente en el suelo. Siento la frialdad sus ojos  cuando se detienen por un momento sobre mí:

—¿No eres tú Katsuro, el hijo de Taganatakara, el traidor? — me interroga.

—No Majestad. Soy Katsuro, el hijo de Taganatakara, el fiel vasallo de vuestro hermano. El que murió a su lado, defendiéndolo,  cuando usurpasteis el trono.

El abanico abre sus alas y vuela certero mordiendo su cuello. Es como si un gran pájaro negro cruzara la sala sediento; con una sed que sólo la sangre puede aplacar. Su aleteo genera un aire fresco que acaricia las mejillas asombradas de los asistentes y se introduce levemente por sus bocas abiertas. Tras herirlo, cae al suelo, con un golpe seco, a sus pies.

 El emperador retrocede tres delicados pasos como si bailara. La sangre inunda su garganta y chorrea por la seda azul de la pechera de su kimono. Sus ojos, porcinos, redondos, admirados —todavía codiciosos— miran al abanico con lo que parece un irreprimible deseo de poseerlo; aunque sólo sea por esos breves y últimos segundos que le quedan mientras cruza la Puerta de las Tinieblas. Extiende su mano hacía él en un gesto desmayado y después me mira con una mirada que la muerte comienza a volver vidriosa. Hay en ella algo nuevo, desconocido; algo que jamás antes se había asomado a su cara: una expresión infantil de súplica esperanzada, de niño mimado que no comprende lo que le está pasando; de por qué se le niega su deseo. Se tambalea; hace esfuerzos guturales por hablar. Antes de caer, atragantándose con su propia sangre, llega a barbotear:

—¡Qué hermoso!


Todo ha transcurrido en apenas un instante. Lo que tarda el sol en besar el agua del lago cuando amanece.




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