domingo, 27 de noviembre de 2011

Dícenle vida, señora (el video)


A lo clásico.



No, si ya lo decía Virgilio, otro clásicazo como yo: «Sed fugit interea fugit irreparabile tempus»   ("Pero, entre tanto, huye irreparable el tiempo") Que para los amiguetes se quedó simplemente en el conocido «Tempus fugit».  Los latinos, que tenían frases de sobra para todo, también decían eso de ¡Carpe diem! Así que...ya lo saben, no hagan el tonto. ¡Mucho "carpe" mientras queden "diem"!
Les dejo un vídeo que he realizado con un micro-poema que escribí hace ya ¿hum?,...¡casi un año!, ¿Lo ven...?¿Ven cómo pasa el tiempo?

Puede leer el texto aquí--------> http://miguelguinea.blogspot.com/2010/12/dicenle-vida-senora.html

viernes, 25 de noviembre de 2011

La Balada de los Esqueletos

Primas de riesgo o rimas arriesgadas, ¿qué prefieres?

Para ayudar un poquillo a localizarlos he marcado en rojo los versos del video.




SAID THE PRESIDENTIAL SKELETON, "I WON'T SIGN THE BILL!"
SAID THE SPEAKER SKELETON, "YES YOU WILL!"
SAID THE REPRESENTITIVE SKELETON, "I OBJECT"
SAID THE SUPREME COURT SKELETON, "WHAT DO YOU EXPECT?"

SAID THE MILITARY SKELETON, "BUY STAR BOMBS"
SAID THE UPPER-CLASS SKELETON, "STARVE UNMARRIED MOMS"
SAID THE YAHOO SKELETON, "STOP DIRTY ART"
SAID THE RIGHT WING SKELETON, "FORGET ABOUT YOUR HEART"

SAID THE GNOSTIC SKELETON, "HUMAN FORM'S DIVINE"
SAID THE CHRISTIAN COALITION SKELETON, "NO IT'S NOT, IT'S MINE"
SAID THE BUDDHA SKELETON, "COMPASSION IS WEALTH"
SAID THE CORPORATE SKELETON, "IT'S BAD FOR YOUR HEALTH"


SAID THE OLD CHRIST SKELETON, "CARE FOR THE POOR"
SAID THE SON OF GOD SKELETON, "AIDS NEEDS CURE"
SAID THE HOMOPHOBE SKELETON, "GAY FOLKS SUCK"
SAID THE HERITAGE POLICY SKELETON, "BLACKS ARE OUT OF LUCK"

SAID THE MACHO SKELETON, "WOMEN IN THEIR PLACE"
SAID THE FUNDAMENTALIST SKELETON, "INCREASE THE HUMAN RACE"

SAID THE RIGHT-TO-LIFE SKELETON, "FETUS HAS A SOUL"
SAID THE PRO-CHOICE SKELETON, "SHUT UP YOUR HOLES!"

SAID THE DOWNSIZE SKELETON, "ROBOTS GOT MY JOB"
SAID THE TOUGH ON CRIME SKELETON, "TEARGAS THE MOB!"
SAID THE GOVENOR SKELETON, "CUT SCHOOL LUNCH"
SAID THE MAYOR SKELETON, "EAT THE BUDGET CRUNCH"
SAID THE NEO-CONSERVATIVE SKELETON, "HOMLESS OFF THE STREETS"
SAID THE FREE MARKET SKELETON, "USE 'EM UP FOR MEAT"

SAID THE THINK TANK SKELETON, "FREE MARKET'S THE WAY"
SAID THE SAVINGS AND LOAN SKELETON, "MAKE THE STATE PAY"
SAID THE CHRYSLER SKELETON, "PAY FOR YOU AND ME"
SAID THE NUKE POWER SKELETON, "AND ME AND ME AND ME"
SAID THE ECOLOGIC SKELETON, "KEEP SKIES BLUE"
SAID THE MULTI-NATIONAL SKELETON, "WHAT'S IT WORTH TO YOU?"

SAID THE NAFTA SKELETON, "GET RICH - FREE TRADE"
SAID THE MAFIADORA SKELETON, "SWEATSHOPS, LOW PAY"
SAID THE RICH GAT SKELETON, "ONE WORLD, HI-TECH"
SAID THE UNDERCLASS SKELETON, "GET IT IN THE NECK"
SAID THE WORLD BANK SKELETON, "CUT DOWN YOUR TREES"
SAID THE IMF SKELETON, "BUY AMERICAN CHEESE"

SAID THE UNDER-DEVELOPED SKELETON, "WE WANT RICE"
SAID THE DEVELOPED NATION SKELETON, "SELL YOUR BONES FOR DICE"

SAID THE AYATOLA SKELETON, "DIE WRITER, DIE"
SAID THE JOE STALIN SKELETON, "THAT'S NO LIE"
SAID THE MIDDLE-KINGDOM SKELTON, "WE SWALLOWED TIBET"
SAID THE DALI LAMA SKELETON, "INDIGESTION'S WHAT YOU GET!"
SAID THE WORLD CORP. SKELETON, "THAT'S THEIR FATE"
SAID THE USA SKELETON, "GONNA SAVE KUWAIT"

SAID THE PETRO-CHEMICALS SKELETON, "ROAR BOMBERS, ROAR!"
SAID THE PSYCHEDELIC SKELETON, "SMOKE A DINOSAUR"

SAID THE NANCY SKELETON, "JUST SAY NO!"
SAID THE RASTA SKELETON, "BLOW NANCY BLOW!"

SAID THE DEMOGOG SKELETON, "DON'T SMOKE POT"
SAID THE ALCOHOLIC SKELETON, "LET YOUR LIVER ROT"
SAID THE JUNKY SKELETON, "CAN'T WE GET A FIX?"
SAID THE BIG BROTHER SKELETON, "JAIL THE DIRTY PRICKS!"
SAID THE MIRROR SKELETON, "HEY GOOD LOOKING"
SAID THE ELECTRIC CHAIR SKELETON, "HEY, WHAT'S COOKING?"

SAID THE TALKSHOW SKELETON, "FUCK YOU IN THE FACE"
SAID THE FAMILY-VALUE SKELETON, "MY FAMILY-VALUE MAKES"
SAID THE NEW YORK TIMES SKELETON, "THAT'S NOT FIT TO PRINT"
SAID THE CIA SKELETON, "CAN'T YOU TAKE A HINT?"

SAID THE NETWORK SKELETON, "BELIEVE MY EYES LIES"
SAID THE ADVERTISING SKELETON, "DON'T GET WISE"
SAID THE MEDIA SKELETON, "BELIEVE YOU ME"
SAID THE COUCH POTATO SKELETON, "WHAT ME WORRY?"
SAID THE TV SKELETON, "EAT SOUND BYTES"
SAID THE NEWSCAST SKELETON, "THAT'S ALL, GOODNIGHT"


martes, 22 de noviembre de 2011

Menos de mil palabras



Menos de mil palabras, para que tú lo leas,
para que no saltes, impaciente, a otra cosa;
para que valga menos que un automóvil pero más que un café...

Camino por mil palabras sin recordar especialmente ninguna,
Como no recuerdo los pañales que me cambiaron,
ni las veces que sonreí, ni los besos que di o que me dieron —excepto aquel que sabía a clandestinas aceitunas
y que, con su fuerza terrible, derribó, por increíble que parezca, una farola.

Camino por desolados campos donde me he ido dejando jirones, pedazos de corazón, rasguños del alma, generosos sentimientos;
donde he quemado mi vida con la gasolina del tiempo —bonzo calcinado de túnica manchada por químicos anhelos.
La gente me lanza sus escupitajos de soledad, sus miradas huidizas, escuálidas —su comprensión de anuncio televisivo, su prisa por llegar a casa y quitarse los zapatos.

Camino por desoladas ciudades con flores radicales, atómicas,
que llevan años creciendo sobre el asfalto con los genes perturbados;
que multiplican sus pétalos de plástico hasta procrear grandes masas anónimas —un sonoro olor a sangre que inunda los barrios proletarios con cabizbajas ondas letales;
que irradian su falsa tibieza simulando tristes fuegos húmedos —niebla de alcantarilla que brota y crece como un árbol rubio, sin sombra, deshuesado, taciturno.

Camino por desoladas memorias desencajadas —las ilusiones se caen, empujándose unas a otras, como patinadoras borrachas,
haciendo piruetas bajo la luz fluorescente en medio de una pista vacía —mientras, suena la música gangosa de los altavoces formando vahos a su alrededor, como un aliento frío, y se dan golpetazos sin perder sus carbónicas sonrisas de coca cola, sus mejillas y labios maquillados con conservantes; sus ridículas falditas cortas que dejan ver redondos y necios  culos.

Rompen su cráneo contra el hielo y de la cabeza les salen gordas larvas ciegas, polillas oscuras que, en su último revoloteo, se queman en bombillas de purpurina. —Y veo, entonces,
que todos mis recuerdos también han envejecido conmigo;
que los espacios se han achicado y los sabores desaparecido;
que quizás nunca existieron y que ya ni siquiera recuerdo el día en que me lo inventé todo;
que las mujeres que amé han reducido su tronco y engordado sus brazos transformadas en matronas
y que ya no serán nunca más esas tersas serpientes de cinturas abarcables y labios gordezuelos.

Y veo que la velocidad me hace quedarme quieto, asustado,
no ir a ninguna parte, lleno de extraños mareos y ruidos;
con un mundo ilusorio siempre al alcance de la mano,
una catarata que ciega mis ojos, que me satura de cosas prescindibles,
que me acoraza frente al amor, rugiente, de mis hermanas y hermanos. —Amor latiente, amor de látex, amor derretido,
que se extiende como un sexo encendido, por lo demás, también doliente y necesitado;
que ha perdido su prístina pureza; olvidado de sus flujos naturales;
de la sangre, los planetas y las mareas que lo gobiernan;

Amores que crecen codificados en demandas y certificados por tics con los que ocultarse de sí mismos;
De aquellos que ya han tirado la toalla y están saltando al ring disfrazados —como si la vida fuera una pelea amañada de lucha libre o un inmenso pantano de chocolate;
Aquellos que hacen simulacros de amor en sórdidas camas y se sorben los mocos en los vasos de los bares —haciendo viejos gestos obscenos que ya nadie entiende ni secunda.
Aquellos que fueron adiestrados en clichés de realización y están disecados en el formol de sus paradojas.
Aquellos que escriben citas de soledad en sus agendas repletas de huecos.
Aquellos que siempre buscan y nunca encuentran.
Aquellos que sudan sucias palabras vestidas y jamás se bañarían, desnudos, en un lago de  silencio.
Aquellos cursis que me provocan una nausea irremediable, un vómito de atardeceres, corazones y rosas podridas.
Aquellos que sólo se reflejan en pavorosos espejos convexos…

Y todo para no pegarnos un tiro con una pistola de desesperanza;
sabiendo que nos ahogaremos un día con la dentadura postiza,
que cualquier noche de Navidad brindaremos con cava amancebados con la máquina de diálisis,
que servirán cuarto y mitad de nuestros cuerpos a los cirujanos en las mesas de los quirófanos —en un festín para zombis de podredumbre cancerosa,
que empaparemos los colchones de los asilos con la orina de nuestros recuerdos hasta quedar limpios de nostalgias y empaquetados y listos para la muerte —para poder irnos sin reincidir, sin equivocarnos en nuestro camino de vuelta a casa, a esa inmensa y compasiva matriz oceánica de la que un día, sin saber cómo, nos escapamos durante un destello.

Camino por desolados días, iguales como espadas, como rodajas de mortadela barata,
Perdiendo en cada uno de ellos algo de lo que se me fue pegando a mi paso por la vida.
Maldita, inútil, jodida roña del tiempo que he ido juntando como un tesoro
en una estúpida caja de terciopelo.




puede escucharlo recitado por el autor aquí -----> Menos de mil palabras (el vídeo)








Texto y fotos:  ©Miguel Guinea. Reservados todos los derechos
Para ver la serie, vaya a etiquetas y  clique en Poemas sin corazón

domingo, 20 de noviembre de 2011

El Yatagarasu

A Javier Revolo, que  me inspiró este post, con mi agradecimiento.



A veces pareciera que mis historias se escriben solas: primero un objeto, un personaje, una idea, se enseñorea de mi mente y ahí empieza a dar vueltas: más en la forma de imagen que de ideas, más en palabras que brotan formando frases que en argumentos. Luego, cuando me pongo a escribirlo, suele salir de un tirón, formándose, definiendo su estructura en ese mismo momento. Parece como si en ese instante se hilvanaran delicadas relaciones entre todo. Después, durante los dos días siguientes, no ceso de toquetearlo, corrigiendo o añadiendo pequeñas cosas.  Así ha pasado también en el relato que recientemente he escrito: El abanico donde sus formas gráciles, cortesanas, se complementaban en mi mente con otros significados más viriles, más marciales, incluso, podríamos decir, reciamente espirituales.

En la sala que describo en el relato —un espacio donde he reunido el poder absoluto, que interpreta la historia a su modo (como hacen todos los vencedores), la sumisión aduladora de los cortesanos que asisten como espectadores boquiabiertos al desarrollo de la acción y la fría y decidida pasión por la venganza de la voz que narra—  el abanico se me convierte por un momento, durante su breve y certero vuelo,  en una especie de transustanciación del Yatagarasu la mítica ave de tres patas, representación sintoísta del Sol y de la voluntad de los dioses de intervenir en los destinos de los humanos, guiándoles.  Describo así una típica (samuráis, kimonos, abanicos) y tópica (usurpación, asesinato, venganza) historia ambientada en una época no definida del Japón pero que se adivina regida por el bushido; por códigos, valores, conductas, fuertemente personales; interiorizadas mucho más allá de lo que puedan estar las leyes sociales a las que hoy en día nos acogemos; sometiéndonos, en el fondo, cobardemente a ellas para sentirnos protegidos.

Cuando veo al abanico salir volando de la mano de mi protagonista convertido en arma letal, quiero hablar del Yatagarasu, que me parece una bella idea, y sin embargo ya no cabe en mi relato, porque es entonces, sin planearlo, cuando se me produce la sinapsis, el entronque con las otras ideas, las emocionales, la humanas, las psicológicas, las que analizan por un agujerito lo que pueden ser las pequeñas y reales motivaciones que  llegan a dominar nuestro comportamiento, el de todos los seres humanos, y en mi cabeza (y en mi relato) aparece, así, de repente, cobrando una fuerza extraordinaria, ese deseo caprichoso del emperador que se sobrepone incluso a la normal animadversión que solemos tener a las cosas que nos causan daño y que nos deja con la duda de sí, toda su maldad, su despotismo, el daño que intuimos que ha provocado, no es más que el antojo de un niño mal criado. Y entonces, la típica y tópica historia se convierte en otra cosa; se desvincula de un territorio o de una época; se transforma en algo que tenemos siempre, a veces sin saberlo, muy dentro de nosotros, hablándonos al oído.

Si nos paramos a escucharlo podemos sentir que, como el Yatagarasu, despliega sus alas y nos va guiando hacia otros territorios. Buen viaje.






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http://miguelguinea.blogspot.com/2011/11/el-abanico.html

viernes, 18 de noviembre de 2011

El abanico


Entramos al Salón Celeste donde el divino emperador nos va a recibir. Antes, la guardia imperial nos ha despojado de nuestras armas. Conservamos, sin embargo, nuestros abanicos: de papel y bambú decorados con dibujos y caracteres. Sus dos caras —que sirven para transmitir las órdenes en el campo de batalla— son de nítidos colores, diferentes en cada lado. Sólo el mío es de acero y de seda totalmente negra. Su diseño, airoso y grácil,  le permite volar como un halcón y, a la vez, ser capaz de segar en un segundo la garganta más robusta que encuentre a menos de doce pasos de distancia. Plegado en mi cintura ha pasado inadvertido a los ojos de los guardias.

El señor absoluto de nuestras vidas y bienes nos recibe. En sus años de dominio su alma caprichosa, envidiosa, lo ha ido empujando a apropiarse de todo aquello que tuviéramos; de cualquier cosa que llamara su atención. De rodillas ante él posamos la frente en el suelo. Siento la frialdad sus ojos  cuando se detienen por un momento sobre mí:

—¿No eres tú Katsuro, el hijo de Taganatakara, el traidor? — me interroga.

—No Majestad. Soy Katsuro, el hijo de Taganatakara, el fiel vasallo de vuestro hermano. El que murió a su lado, defendiéndolo,  cuando usurpasteis el trono.

El abanico abre sus alas y vuela certero mordiendo su cuello. Es como si un gran pájaro negro cruzara la sala sediento; con una sed que sólo la sangre puede aplacar. Su aleteo genera un aire fresco que acaricia las mejillas asombradas de los asistentes y se introduce levemente por sus bocas abiertas. Tras herirlo, cae al suelo, con un golpe seco, a sus pies.

 El emperador retrocede tres delicados pasos como si bailara. La sangre inunda su garganta y chorrea por la seda azul de la pechera de su kimono. Sus ojos, porcinos, redondos, admirados —todavía codiciosos— miran al abanico con lo que parece un irreprimible deseo de poseerlo; aunque sólo sea por esos breves y últimos segundos que le quedan mientras cruza la Puerta de las Tinieblas. Extiende su mano hacía él en un gesto desmayado y después me mira con una mirada que la muerte comienza a volver vidriosa. Hay en ella algo nuevo, desconocido; algo que jamás antes se había asomado a su cara: una expresión infantil de súplica esperanzada, de niño mimado que no comprende lo que le está pasando; de por qué se le niega su deseo. Se tambalea; hace esfuerzos guturales por hablar. Antes de caer, atragantándose con su propia sangre, llega a barbotear:

—¡Qué hermoso!


Todo ha transcurrido en apenas un instante. Lo que tarda el sol en besar el agua del lago cuando amanece.




Enlaces relacionados. 

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http://miguelguinea.blogspot.com/2011/11/el-yatagarasu.html

domingo, 13 de noviembre de 2011

Charis Wilson y la magia de las dunas


El otro día a cuenta de la nostalgia estuve hablando de refilón de Hagemeyer y de Carmel. Quería haber escrito más, mucho más, pero veía que se me escapaba el tema principal y entonces no lo hice. Se me quedó por dentro una montaña, grande y apasionada, que me ha estado brotando (misterios del alma humana) en forma de poesía (?). Aunque bien pensado, tampoco es tan extraña esta erupción de versos -de removidas lavas interiores-  si tenemos en cuenta que la mayor parte de estas cosas en realidad son símbolos o arquetipos de mi propia existencia. Yo quería hablar de todas esas ideas que se me venían a la cabeza girando alrededor de Charis Wilson y de Weston, pero sobre todo de Charis y del amor. También de esas dunas del océano Pacífico y de las tertulias de intelectuales discutiendo de arte o arreglando el mundo; del amor entre personas separadas por un abismo de edad, y entonces hablar también de ti y de mí; de los artistas sin un céntimo, de la especulación en el mundo del arte, de lo injusto que representa beneficiarte sólo con una milésima parte de lo que puede llegar a cotizar tu obra. Hablar de los paraísos; los perdidos por unos y encontrados por otros; de los lugares con caracter que se transforman en lugares con encanto, pasto del consumo; de Carmel by the Sea y de lo cool; de los Caños de Meca, del Cabo de Gata y de Ibiza. De Clint Eastwood y de su rancho, con las noches de jazz y los días de golf. De la fotografía y la guerra; de Hagemeyer tocando la flauta en los campos de instrucción, del servicio militar; de los retratos a los soldados por unos pocos dólares como recuerdo para sus novias; de la segunda guerra mundial y los permisos temporales, rebajado de matar y de que te maten. También del contraste entre Holanda y California, los campos de tulipanes y el desierto; de la vida vegetariana y el anarquismo; del abandono y lo que representa huir de un sitio porque se desvirtúa y ya te hastía.



De ti, Weston, de tus incontables mujeres, de la paciente Flora y de Margrethe que te abrió los ojos y la vida a otra forma de pensar, de tantas otras que te entregaron sus cuerpos, que fotografiaste, que amaste. De tu estudio en Méjico con Tina Modotti la bella activista revolucionaria que arrimó su corazón generoso a España y nos echó una mano en lo del 36;  de Diego Rivera y Frida Khalo. De las tendencias en fotografía;  del pictorialismo y el realismo y el grupo F/64 y las discusiones con tu amigo; con Hagemeyer. De las formas musculosas de los pimientos y las redondeadas de las conchas; y de la delicada arquitectura de las hojas de col y los corazones de alcachofa. De las dunas y las jóvenes desnudas. Del amor sin barreras, apasionado desde el primer día. Del ansía de libertad y de los celos. Del parkinson y la depresión; del abandono y la ruptura. De la juventud y la vejez; la enfermedad, el declive y los pujantes proyectos de vida y la imposible coexistencia de ambos. De los jóvenes sindicalistas apuestos. ¿Te acuerdas de Noel? : se casaron un día después de vuestro divorcio. Pero eso tú ya lo sabías. Hablar de tus cenizas arrojadas al mar y de los trescientos miserables dolares que tenías entonces en tu cuenta del banco.


De la desnudez; de lo inocente que puede resultar la desnudez desnuda, desprovista de artificios; de su pureza estética al integrarse con la naturaleza. Del recuerdo; de vivir marcado por el recuerdo de alguien que ya ha muerto hace mucho tiempo. Y entonces hablar de Charis, sobre todo de Charis: modelo, amante, musa y esposa. Aun bella en su casa de Santa Cruz a los noventa años; de su muerte en los días cortos de un noviembre como este hace muy poco tiempo. De las dunas y el océano, y de la inteligente Charis que escribía por ti los artículos que luego firmabas. Pero sobre todo de las dunas: sedimentos, montañas trituradas, digeridas, (dune, nude). Dunas que surgen del agua con hambre de sol y tierra; lentas olas de arena con sabor a mar, pronto conquistadas; colonizadas, por espartos y barrones, por coleópteros y nidos de pájaros, otra vez por el amor, otra vez por la vida, otra vez por la muerte pero, sobre todo, yo, de lo que quería hablar, era de Charis.









sábado, 12 de noviembre de 2011

Duna

Femenil y curvado cuerpo
con dulces recovecos.
Vientre, axila, pubis sutil
tapizado de barrones.

Matemática del viento seco
Rebosante, eterna perdedora,
que creces y te rindes, gentil,
derramándote al otro lado.

Cóncava caminante sin pasado
que huyes del mar y al mar añoras,
Moldeada cuna de la luna
que se adormece en tus arenas

Déjame descansar en tu regazo,
Ovillarme entre tus piernas,
Sentir latir tu pecho,
Gastar en ti mis horas.

Abrázame con tu calor que el día encierra
Permite que me resguarde a tu socaire
Acéptame. Como tú, sólo soy de tierra.
Quiéreme. Como a ti, sólo me susurra el aire.




jueves, 10 de noviembre de 2011

Nuda, desnuda duna.

Nuda, desnuda duna,
hiperbólica destreza,
matemática belleza
en senos tan oportuna;
por tu piel de arena
resbalaron cada día
mi boca obscena
y mis manos frías.

Desde lo profundo 
de tu anatomía
hueles a sal, suenas a aljibe,
Sabes a mar, a algas,
a noche con estrellas,
a calabazas  silvestres y manzanilla.
No hay quien te esquive
montaña hecha, grano a grano,
de cándida luna llena.

Te espero cada noche,
traída por el viento;
por la música tranquila que suena;
por la luz de la vela
que tiembla en mi mesilla;
por mi lamento.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La nostalgia



Los modestos padres de Johan Hagemeyer, un chaval holandés, debilucho, introspectivo y enfermizo, muy leído para sus pocos años y que daba muestras de sensibilidad  e inteligencia lo sacaron pronto de la escuela y lo metieron en el corretaje de seguros soñando en mejorar la situación económica de la familia. Su curiosidad lo llevó a explorar temas de filosofía, anarquismo, misticismo religioso y horticultura, materiales con los que construyó sus propios sueños de aguacates y naranjas, de pepinos y hortalizas soleadas  y se fue a perseguirlos emigrando, con dos de sus hermanos, desde Holanda a Estados Unidos donde llegó a iniciar lo que parecía una prometedora carrera de investigador para el departamento de agricultura del gobierno en Washington. La neumonía le convenció de que no estaba para esos trotes, pero  también le abrió a otros sueños mientras ojeaba revistas sobre la naciente fotografía artística durante su convalecencia, que le convirtieron en un buen fotógrafo y, sobre todo, en un interesante retratista.  Su espíritu independiente le mantuvo apartado de grupos y tendencias aunque merece la pena destacar su amistad con Edward Weston y su participación activa  del mundillo artístico e intelectual que se formó en Carmel (California). Al final falleció, otra vez pobre y olvidado, a los setenta y ocho años de edad. Se conservan bastantes obras suyas, sobre todo lo que era su archivo personal  en el momento de su muerte, en la Bancroft Library  en Berkeley. Aquí les incluyo un espléndido retrato que hizo de Henry Miller. Por el contrario, de los magníficos pepinos que cultivó en sus inicios creo que no ha sobrevivido ninguno; no se los puedo mostrar. Tendrán que confiar en mi palabra.

Henry Miller se fue un día a París huyendo de una vida mediocre y alcanzó el éxito como escritor…El caso es que lo que relataba en sus novelas y que despertó tanto interés era precisamente su sórdida vida anterior; sus propias experiencias, primero en Nueva York y después en París, de desclasado agobiado por la pobreza. Y lo contaba con total desfachatez y falta de elegancia... entiéndanme, quiero decir: sin plegarse a convencionalismos de la época ni hipócritas buenas maneras. Nos contaba, de forma que resultaba escandalosa, descarnados recuerdos autobiográficos con los que construía la parte principal de sus personajes. Es suya la frase de que «la mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina de escribir».  Entonces, visto desde esta óptica, ¿dónde tuvo Miller realmente éxito?, ¿en su vida de tipejo vulgar,  de chupatintas, de bohemio,  o en su vida de escritor reconocido? ¿En Francia o en América? ¿Pobre o rico? ¿Antes o después? Les pregunto esto (yo no tengo la respuesta) porque siempre he pensado que somos unos bichos más bien raros: mitad soñadores y mitad nostálgicos. Nos pasamos media vida deseando, o añorando —depende del segmento en el que nos encontremos—, a la otra mitad. Construimos, con facilidad, con cualquier elemento que tengamos a mano, independiente de su valor intrínseco y según nuestra edad, recuerdos que echar de menos. Pero sean cuales sean, son, básicamente, lo mismo; están hechos de la misma sustancia. Los recuerdos que yo tengo de los desmontes y solares por donde campaba en mis adolescentes golferías de suburbio y los que puedan tener mis hijos de sus eternos juegos de rol alrededor de una mesa, en el fondo, están hechos de lo mismo aunque el escenario difiera; tienen la misma pátina: el tiempo, un tiempo, su tiempo. Y cada uno añora el suyo. Y esto me lleva ya (« ¡por fin!», pensaran ustedes) al tema que quería tratar.
El otoño en las ciudades está lleno de bellos y románticos lugares comunes asociados con la caída de las hojas. Sí, ya sé, resulta un poco cursi, pero es así. Sin embargo, ahora están por todas partes esas abominables máquinas de soplar hojas. De hecho, ahora mismo, desde el jardín me está llegando el sonido atronador de una de ellas manejada con pasión por nuestro activo conserje. En las calles, estos inventos del demonio han desplazado a los tradicionales (a mis tradicionales) barrenderos de escobón y pala o rastrillo, pero entiendan que sólo hay contraste entre estas dos situaciones si se conocen ambas.
Esa imagen —quizás merecedora de ser retratada por Hagemeyer— ¡tan parisina en mi mente nostálgica!, del barrendero con la ensalivada colilla en los labios, con el carrito plantado en medio de la calle, descansando apoyado en su escoba y deseando pegar la hebra con Henry Miller cuando lo vea pasar, si es que lo ve, y si no, con el primero que se ponga a tiro, ha sido sustituida por esos eficaces barre-cyborgs de brazo mecánico y aullador, espalda maloliente de gasóleo, que caminan entre filas de coches aparcados; aislados, mudos; con los ojos y oídos tapados. Para mí es una imagen dantesca. ¿Qué? ¿Cómo dice?, (¡este ruido no me deja oír nada!). ¿Que para usted también lo es? Si, ¿verdad?, ¡ya lo imaginaba!… pero bueno, a lo que quería llegar: ¿qué se apuestan a que dentro de treinta, cuarenta, cincuenta años… alguien describirá con nostalgia ese momento de cuando oía acompasadamente su rumor desde la habitación mientras estudiaba, y cómo pensaba, entonces, levantando la cabeza del libro:
—¡Hum! ¡Los días oscuros..., los soplahojas… ¡ya está casi encima la Navidad!
Seguro que para entonces —si es que quedan árboles por las calles— ya habrán inventado algún otro método más endiabladamente eficiente de recoger las hojas y, casi con total seguridad, aún más molesto.
 A veces tengo la sensación de que sólo es bella la juventud, sea esta como sea, y que sólo es bella cuando se ha perdido. Pero eso ya es otra historia.




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sábado, 5 de noviembre de 2011

El gran bazar

Vas creando gente, personajes, situaciones, y luego los dejas por ahí tirados, felices, enfermos, angustiados, muertos, enamorados…Algunos no son más que un dibujo, unos trazos; apenas unos manotazos en el aire. Realmente… ¿qué sabemos de ellos? Quiero decir, ¿qué más sabemos de ellos, aparte de lo contado, lo inventado; lo necesario para cerrar un relato? Por ejemplo, este pobre arrayano de Arreit… ¿cómo es?, ¿es antropomorfo?, ¿se parece a nosotros? Sus días, sus años interminables, ¿son cómo los nuestros?, ¿duran lo mismo?; ¿le espera alguien en Toliman?, ¿amó y le aman? ¿Cómo era su vida allá; su infancia? ¿Qué comía? Quizás tenía pasión por las parrucias o por los estapómeros, ¿se conmovía ante un buen flaunto como todos lo hemos hecho alguna vez? Seguro que adoraba las puestas de sol y los amaneceres simultáneos en su planeta de dos soles.
¿Y Jane, que vivió menos de una hora —urgente y efímera mariposa— en la terraza de aquel bar y nos mandó su angustiado mensaje? ¿Ha vuelto a su país? ¿Ha engordado, crecido, está embarazada, tiene diabetes? ¿Cómo era realmente El Mogador? ¿Era una tonta puritana de yanquilandia? ¿A quién conoció en el avión de vuelta?
¿Habrá recibido María Consolación su carta ya certificada, o se los habrá comido a todos para siempre el comején, la desazón, la selva, el olvido? ¿Sigue Noé soltando sus palomas cada mañana o las mató un gavilán? ¿Se casó su amada con un comerciante filisteo de la ciudad y pesa ahora veinte kilos más, uno por cada año perdido?
Repaso el blog al azar y me encuentro con estos y otros relatos menores, breves, de los que ni yo mismo me acuerdo; que se mantienen mezclados, amontonados con los Mileidys y Cartularios, Princesas y Jardineros, con los sabiondos Profesores Guinea, los extraños Sueños, los cínicos Mentirosos y los grandes viajes por Rusia o por otros lugares igual o más lejanos. Todos gritan dentro de mí, llenos de vida, de inquietud, de amor y de pasión. Queriendo crecer, desarrollarse… o, por lo menos, no ser olvidados.
Paseo por el blog curioseando, como si lo hiciera por un bazar: el gran bazar de la vida, del amor y de la muerte. Voy cambiando el rumbo, caprichoso. De las grandes calles de siempre, las más frecuentadas, con sus coloridos puestos reconocibles, estables, y de marcados contraluces, paso a los casi desconocidos rincones, los pasadizos cambiantes, las estrechas callejuelas en sombra, los abigarrados laberintos. De repente, al doblar una esquina, un viejecito enigmático me saluda desde su modesto sucucho, ¿le conozco? ¡Es increíble la cantidad de cosas bellas, hermosas, que se amontonan por sus estanterías! La gente pasa, presurosa, a sus quehaceres, aparentemente desapercibida de lo que allí se exhibe;  él, sin prisa, sonriente, de vez en cuando las repasa limpiando el polvo, con amor, con delicadeza extrema.


miércoles, 2 de noviembre de 2011

Tiempo


El tiempo;  el tiempo se burla de mí.
Va y vuelve. Resucita y muere.
Pasa corriendo, y siempre es eterno.
Me arrastra con manos

temblorosas de horas,
Firmes dedos de minutos.
Floto por mis días,

camino de no sé dónde.
Me dejo llevar
—cabalgando instantes—
Asombrado.


martes, 1 de noviembre de 2011

Corazón de oro


«Quiero vivir», «Quiero dar»
«He sido minero por un corazón de oro»
Son estas expresiones,
que  nunca digo,
las que me mantienen buscando un corazón de oro,
...Y me estoy haciendo viejo.
He estado en Hollywood,
He estado en Redwood,
Crucé el océano
para buscar un corazón de oro.
He estado en mi mente,
Es una línea muy delgada
Que  me mantiene buscando
 un corazón de oro,
 ... Y me estoy haciendo viejo;
 Me mantiene en la búsqueda
 de un corazón de oro
 Y me estoy volviendo viejo.

Tú me mantienes buscando
 un corazón de oro
 Y yo estoy envejeciendo.
He sido minero
 por un corazón de oro.