jueves, 20 de octubre de 2011

Pangur Bán


Corre el año 759, por decir un año cualquiera; en realidad es hoy; siempre es hoy (no puede ser otra cosa). Imaginemos a Pangur Bán  calentando los pies de su amo en aquella lejana y fría abadía envuelta en la niebla: el monje sentado ante su scriptorium, con la mente perdida, evadida de su trabajo, incapaz de concentrarse en el mismo, en ese galimatías que tiene que resolver; y soñando en otras vidas, en otras formas posibles de ser y de estar, fuera de ese recinto.  Musita, de forma casi inaudible, una estrofa de la Faeth Fiada, la oración de su venerado maestro, el santo varón Patricio, y lo hace deleitándose en cada una de las palabras,  como si fuesen gotas de un licor que infunde ánimos y da calor por dentro:

Me levanto hoy
Por medio del poder del cielo:
Luz del sol,
Esplendor del fuego,
Rapidez del rayo,
Ligereza del viento,
Profundidad de los mares,
Estabilidad de la tierra,
Firmeza de la roca…

La llama de la lámpara oscila y crea sombras móviles que parecen adquirir vida propia. Un crujido en el rincón atrae la atención de Pangur  Bán que se dirige hacia allá, sigiloso, acechante, sumando su sombra a las otras que bailan en las paredes. El monje, divertido, le observa, envidiando su formidable transformación instantánea: ¡Si él pudiera, también, cazar de un zarpazo esa palabra, ese razonamiento esquivo que se le escurre entre las rendijas de la mente…
Escribe, distraídamente, casi sin darse cuenta, un tonto poemilla en el espacio en blanco del libro que tiene delante:

«Yo y Pangur Ban, mi gato,
en similar faena estamos,
cazar ratones es su deleite a cada rato,
cazando palabras yo toda la noche, bien estamos.
Más valioso que el elogio mis semejantes,
es sentarse al libro y pluma,
Pangur no me tiene mala voluntad por mis instantes,
él también ejerce su sencillo oficio sin mal ni bruma.
Es algo gozoso vernos, sí,
a ambos en nuestras tareas,
cuando en casa nos sentamos y
entretenimiento para nuestra mente hallamos como sea.
A menudo un ratoncito pasa
por el camino del héroe Pangur, ved!
a menudo mi pensamiento agudo caza,
por fin captura un significado en su red.
Contra la pared pone su mirada,
en pleno poder, feroz, aguda, maliciosa, fría.
Contra la pared del conocimiento yo tengo probada
toda mi sabiduría.
Cuando un ratón sale de su guarida,
cómo se regocija Pangur en esa ocasión!
y con qué gozo yo pruebo mi propia salida
cuando yo resuelvo las dudas que amo con razón.
Así nuestros oficios en paz
Pangur Ban mi gato y yo ejercemos,
en nuestras artes encontramos solaz.
yo el mío y él el suyo tenemos.
La práctica de cada día
ha hecho a Pangur perfecto en su labor,
yo saco mi sabiduría
noche y día convirtiendo oscuridad en luz con mi fragor.»
(Anónimo galés. Siglo VIII. Atribuido a un discípulo de San Patricio, patrono de Irlanda).


Pangur Bán vuelve —como si nunca hubiera sido ese relámpago de fuerzas naturales implacables— convertido otra vez en doméstico, modorro, saciado, razonable; capaz de participar de la esencia de los dos mundos sin perder su identidad. Se restriega contra las sandalias. Ronronea.

 Afuera, en la noche, poderes desconocidos, enfrentados, acumulados, intentan darle forma y sentido al mundo.La niebla se desmadeja entre las ramas de los arboles; se extiende y desmenuza intentando entrar por cada intersticio; explorando cada rendija de los muros, pegándose al terreno. Se oye, a lo lejos, un suave gemido: el ulular del viento en el bosque, ¿o lo que oímos es el canto de las beanssidhe, las mujeres hada, que nos anuncian lo fugaz de la vida?
El monje piensa (caza su ratón sin saberlo): «La razón y la magia son estériles por si solas, no son nada por separado. Se necesitan la una a la otra para existir»

—¡Vaya, he estropeado esta página! Tendré que raspar el pergamino concienzudamente para borrar esto antes de que lo vea el abad... ¿Uh? Suenan las campanas de Soëlenden... Mañana lo haré. Ahora es tarde, muy tarde. Mañana...




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