lunes, 10 de octubre de 2011

Las bolas (o criaturas de Hellinger)



Comunicación e Interacción Inteligente

(Una conferencia de M. Guinea pronunciada en la FAPSL)




Contenido


·       Presentación
·       Las bolas, ¿criaturas inteligentes?
·       Sociología de las bolas: Más incógnitas.
·       Las bolas y la ecología.
·       Compasión, reparación, empatía y explotación.
·       Las bolas en la actualidad: Estancamiento de proyectos y olvido.


Presentación


Señoras, señores:

Realmente estoy encantado de tener la ocasión de estar hoy aquí con todos ustedes rodeado por una concurrencia tan selecta como atenta, compuesta por personas que destacan en tantos campos de la ciencia y las humanidades, como muestran sus grandes historiales y currículos, cuando no, su bien merecida fama.

Lo primero que quiero hacer es agradecerles su interés y asistencia a este acto, y transmitirles, a la vez, la alegría y sincera esperanza que siento por ello. Tengo la seguridad de que su valiosa aportación va a contribuir a cambiar muchas cosas. A mejorar sensiblemente, de aquí en adelante y con iniciativas como esta, los valores que actualmente rigen nuestra sociedad.

Lo segundo, agradecer,  también,  a la Fundación de Antiguos Pilotos Stanislav Lem  el brindarme la oportunidad de participar en un  proyecto tan interesante como sin duda es  este Simposium que estamos celebrando a lo largo de esta semana, y donde se realizan —entre otros temas de gran calado— este ciclo de talleres y conferencias sobre «Aspectos éticos asociados al desarrollo de la Ciencia Espacial».

Agradecer, como no, la amabilidad que han tenido conmigo, honrándome con su invitación a dirigir una de las sesiones. Para mí tienen especial interés y relevancia las ponencias que se están realizando en la jornada de hoy y que, precisamente hacen foco, como su título genérico indica, en los «Paradigmas de la Inteligencia en los Nuevos Mundos».

 En concreto, para la sesión que ahora abrimos, «Comunicación e interacción inteligente», me han pedido que desarrolle una breve exposición mostrando algún ejemplo que sirva para poner una semilla o generar las bases de un abierto y creativo debate en el taller que seguirá a esta  pequeña charla.

Así pues, les narraré de la forma más concisa posible, pero sin perder el necesario detalle, alguna de las experiencias por las que he tenido la suerte de pasar gracias a mi profesión sin tener más mérito para ello que el de ser un observador humilde y respetuoso de las maravillas que el universo ha ido desplegando a lo largo de muchos años ante mi frágil escafandra.

Muchas veces me han preguntado sobre los seres que he visto en mis viajes interestelares. Dado que la mayoría son conocidos por el gran público gracias a los excelentes reportajes que pueden contemplarse por holovisión en todos los hogares del mundo, siempre he entendido que la pregunta se refería a  la experiencia que pudo provocarme el verlos directamente en su hábitat natural y la posible relación que mantuve con ellos.
Ciertamente un reportaje, aunque sea muy realista y esté muy bien documentado, no es equiparable a una vivencia personal que siempre se verá enriquecida por nuestra propia aportación dándole una nueva dimensión e incorporando a ella el sutil entramado de nuestras propias subjetividades.  Por eso, si, con ocasión de recordar algún viaje, llego a referirme a alguno de los seres con los que me he ido encontrando, los que despiertan mayor interés y curiosidad suelen ser aquellos que han representado para mí algo especial, bien por haber tenido con ellos un profundo y prolongado contacto, o porque sus características esenciales me cautivaron o conmovieron por algún que otro motivo.



Las bolas, ¿criaturas inteligentes?


Una de las especies que llegué a conocer en aquellos tiempos heroicos de joven pionero interestelar y que me resulta muy sugestiva por el dilema de comunicación que plantea,  son las Criaturas de Hellinger. Llamadas así por ser este el nombre del primer piloto que las observó y describió.

Lo paradójico del “descubrimiento” es que, hasta nuestros días, las bolas han resistido cualquier intento de clasificación. A pesar de la tremenda diversidad del universo que conocemos, el hombre se sigue considerando patrón universal de comparación; todo lo mide a su escala; lo juzga y lo valora según los parámetros que rigen su existencia. Sin embargo, estoy convencido de que deben existir otras posibilidades, otras escalas, otros mundos que, evolucionando desde otros puntos, han resuelto los problemas de la vida de manera distinta,  creando sus propios paradigmas. Esto me lleva a no dar por sentado que el fin primordial de un organismo es el de mantenerse vivo —ya sea esto a nivel de individuo o a nivel de especie— ni que las funciones vitales de relación, reproducción y alimentación tengan que ser las únicas que definan a los seres vivientes.

Aunque en su tiempo se dedicaron considerables esfuerzos a su estudio y motivaron amplios debates, en la actualidad se habla muy poco de ellas por considerarse —en el mejor de los casos— una especie extinta. Puede que les sorprenda esta expresión: «en el mejor de los casos» Necesitaré, entonces, aclarar que el beneficio de la duda se aplica aquí a la palabra “especie” y no a la palabra “extinta”. Por increíble que parezca no existe todavía consenso en si las criaturas de Hellinger —también conocidas como Las Bolas del Amor o simplemente Las Bolas— pueden considerarse seres vivos. No hay consenso, ni parece que lo vaya a haber a menos que surja alguna nueva información que dinamice una investigación que, a todos los efectos, entró en vía muerta hace ya mucho tiempo.

Observar y respetar. Ese es mi lema. Y lo he aplicado siempre, aunque fuera a millones de años luz del pequeño planeta en que nací. Pero la pregunta es… ¿cómo podemos reconocer otros valores cuando son completamente distintos a los nuestros? Permitan  que les cuente una pequeña anécdota de mi infancia que arroja luz sobre los motivos que me impulsaron a navegar por el espacio y que, además, tiene mucha relación con el tema que hoy nos ocupa: Cuando era niño solía jugar con mi abuelo —un empedernido romántico de la vieja escuela—a mirar las nubes y tratar de descubrir formas en ellas. Él me enseñó que sólo es posible hacerlo si tenemos el conocimiento del patrón original. Recuerdo que me decía que aunque una nube tuviera la forma exacta de una jirafa, un campesino europeo de la Edad Media sólo estaría dispuesto a aceptar que esa nube se parecía un poco a un caballo deformado con cuernos y con el cuello extraordinariamente largo. Y añadía: «Pero si ese hombre tampoco conoce los caballos no verá más que una masa sin sentido». Yo no tenía ni idea de lo que era un campesino, pero me encantaba que me hablara de esa Edad Media en la que los hombres cabalgaban animales y se cubrían con pesados trajes de hierro, y el mundo estaba formado por continentes que se desconocían los unos a los otros. A pesar de mi corta edad, entendía lo que él me quería transmitir: Cualquier masa sin sentido podía estar en realidad plena de significado y ser una evidentísima jirafa pasando desapercibida ante mis ojos ignorantes. Desde aquella época siempre tuve claro que quería ser piloto y viajar al confín del Universo buscando esos patrones ocultos en planetas desconocidos.

Durante décadas se ha discutido sobre la naturaleza de las criaturas de Hellinger. La controversia las ha situado en todos los rangos posibles. Desde los que las consideran estructuras complejas que difícilmente se pueden aceptar como formas de vida (algo parecido a los virus), a los que piensan que son seres vivos, inteligentes y poseedores de valores superiores a los de la raza humana. Si denominamos inteligencia a la capacidad de transformar el mundo poniéndolo al servicio de nuestras necesidades, al culto de los muertos y a la fabricación de herramientas... entonces las bolas no son inteligentes. Si consideramos inteligencia a la conciencia de uno mismo, al respeto de lo existente y a la empatía, entonces las bolas son mucho más inteligentes que nosotros mismos.

El debate no se resolvió y quedó como uno más de los muchos enigmas que suscitaron las bolas; hoy en día tan olvidadas. Ni siquiera se ponen de acuerdo —los que piensan en ellas como seres vivos— a la hora de considerarlas como una especie extinguida. Algunos sostienen que, en realidad, desconocemos prácticamente todo lo relativo a su ciclo de vida, y que bien pudieran estar en un periodo de recesión para alcanzar otro expansivo no sabemos cuándo. Esta idea se basa en que en la actualidad todavía existen bolas, aunque, ciertamente, sólo se encuentren con grandísimas dificultades, en uno de sus estados alotrópicos y, por lo que se conoce, todas ellas inactivas hasta la fecha.


Sociología de las bolas. Más incógnitas


Pero… vamos a aproximarnos un poco más a ellas. ¿Cómo son esas bolas? ¿A qué se parecen? Pues bien, las bolas son cuerpos esféricos de tamaño, color y densidad variables (aparentemente a voluntad). Tienen una gran plasticidad y pueden pasar de una consistencia gelatinosa —habitualmente con un diámetro algo mayor de un metro—  a una extremada dureza y reducido tamaño. También pueden expandirse y moldearse, con lo cual, en su día,  cuando abundaban,  no era raro observar como adoptaban formas laminares y estados gaseosos.

Las bolas, cuando están activas, parecen tener comportamiento social ya que interactúan las unas con las otras. Dos o más bolas pueden fundirse en una sola, o un individuo único puede dividirse en otros muchos, más pequeños. De estos trozos más pequeños no se ha podido determinar si cada uno de ellos es un individuo separado independiente o si es el mismo individuo disgregado. Experiencias realizadas parecieron sugerir ambas posibilidades: Unas partes eran independientes y otras parecían actuar con un fin común. Se ha querido ver en esto alguna forma de relación reproductiva pero no pasa de ser una hipótesis dado que no hay forma de establecer un control efectivo sobre el número real de individuos, ya que se fusionan y separan con igual facilidad y siendo, en este caso, la masa adquirida un factor no determinante.

No hay nada concluyente respecto a la forma en la que las bolas se alimentan, (si es que lo hacen) aunque se supone que es una especie de fotosíntesis. Privadas de la luz, las bolas mutan a su estado reducido, pétreo e inactivo. Podría ser un comportamiento parecido al que se observa en las esporas.

Las bolas en su estado natural tienen periodos de actividad a los que suceden otros de reposo. No se identificaron pautas que regularan este comportamiento aunque las hipótesis gravitacionales tienen elementos que encajan de forma conveniente en la mayoría de los casos.

Desde una perspectiva humana las bolas semejan tener actividad lúdica. En apariencia, las bolas juegan extraños partidos en los que unas se lanzan contra otras, provocando, o evitando, carambolas. Dada su capacidad plástica, el choque puede ser rígido o elástico ocasionando diversos grados de rebotes. No se han podido determinar reglas o estrategias. Otra actividad social que las bolas parecen realizar es reunirse para cambiar de color. Van cambiando de color por grupos con distintas intensidades, tonalidades y ritmos. Algunos investigadores han querido ver en ello ciertas pautas armónicas; una especie de música silenciosa; lumínica. Por otro lado, las bolas no emiten, bajo ninguna circunstancia, ningún sonido registrable por el oído o por herramienta alguna desarrollada por el hombre.

 Las criaturas de Hellinger parecen tener una sorprendente capacidad matemática que se evidenció ya en una fase temprana. Normalmente apáticas frente a cualquier estimulo, sin embargo pronto se descubrió que gustaban de los desafíos lógicos y matemáticos que resolvían, por ejemplo, frente a laberintos complejos y series numéricas. Mucho más tarde se desarrolló una especie de lenguaje binario basado en destellos que las bolas aprendieron rápidamente y que incluso perfeccionaron ellas mismas proponiendo eficaces y elegantes algoritmos. A través de este lenguaje resultó sencillo plantear problemas y recibir soluciones cada vez más complejas. La gran esperanza de que este lenguaje sirviera como forma de comunicarse en otros aspectos tuvo que ser abandonada tras los inmensos esfuerzos realizados en ese sentido sin obtener ningún fruto. El único pensamiento conceptual expresado por las bolas era puramente matemático. Se mostraban sin reacción frente a cualquier intento de comunicación de otra índole. Decenas de bolas fueron literalmente bombardeadas con las obras cumbre de la filosofía y la literatura humana convenientemente traducidas a ese lenguaje. Después de dos años sin resultado alguno, y tras constatar que las habilidades de las bolas no tenían aplicación militar, los fondos no se renovaron y el prometedor programa de investigación fue suspendido.


Las bolas y la ecología


El plasma de las bolas en su estado gelatinoso contiene una gran cantidad de líquido con alto contenido proteico y vitamínico por lo que en los inicios de la colonización sirvieron como fuente para obtener agua y otras sustancias esenciales para los primeros viajeros, dadas las dificultades de aprovisionamiento existentes hasta la construcción de las plantas de alimentación bioquímica. Esto fue motivo de profundas controversias entre los grupos de interés desarrollista y los conservacionistas. La sospecha de que las bolas poseían alguna forma de inteligencia superior añadió una perspectiva ética al conflicto ¿Tenían las bolas alma? ¿Estaban realizando los colonizadores —además de destruir a una especie—  un asesinato, un acto de canibalismo?

 En La Tierra los movimientos universalistas proteccionistas eran muy potentes por aquella época. El esfuerzo realizado por los grupos ecologistas para salvar La Tierra —cosa que, como es muy conocido, lograron a duras penas y tras arduas luchas— los había dejado en una posición muy fuerte, y las ideas conservacionistas se extendieron para proteger a todos los seres también fuera del planeta con poderosas organizaciones universo-ecologistas.
Se produjo un gran escándalo cuando tres miembros de una organización muy extendida se auto inmolaron y sus compañeros introdujeron su carne de forma clandestina en los canales de aprovisionamiento de una famosa cadena de alimentación. Dos semanas después, cuando los productos ya estaban distribuidos por todo el mundo, hicieron público este acto bajo el eslogan de “Yo también soy caníbal”. Dado que no había forma de saber qué productos contenían carne humana y cuáles no, la cadena sufrió grandes pérdidas por el rechazo de la población informada a consumirlos. Al final fueron retirados todos y derivados en secreto para alimentar a los mineros de Saturno. A la población se le aseguró que todos los productos fabricados en el último mes fueron destruidos y que se habían reforzado los sistemas productivos con eficaces mediadas de seguridad.

Realmente estos grupos poseían una ideología basada más en romanticismo y criterios antropomórficos que en un conocimiento real de las especies que protegían. Baste como prueba, por ejemplo, los conocidos como “Darwinistas”, un curioso grupúsculo de exaltados que sostenían que las medidas de protección perjudicaban a la postre a las especies. En su ideario entraba la posibilidad de matar a todo bicho viviente que cayera en sus manos para compensar lo que ellos denominaban «negativos excesos proteccionistas que debilitan a las especies». En su día fueron responsables de importantes matanzas de bolas.


Compasión, reparación, empatía y explotación


Pero lo que sin duda parecía poner en mayor peligro la existencia de las bolas era algo intrínseco a su propia naturaleza y que se descubrió bastante después: Su actitud empática hacia el sufrimiento. A lo único que las bolas reaccionaban, y lo hacían decididamente y con pautas constantes de conducta, era hacia el sufrimiento humano. Tenían una extraña capacidad de reconocer tanto el evidente sufrimiento físico de un cuerpo herido, como el más recóndito y psicológico de un alma atormentada por la soledad o el desamor. En esos casos las bolas siempre actuaban igual: envolvían completamente el cuerpo del ser doliente o atormentado y le provocaban una sensación de confort y reparación extraordinaria. El humano se sentía aliviado de forma inmediata y alcanzaba una especie de éxtasis parecido a un orgasmo suave y continuado. La bola sencillamente desaparecía al cabo de unos minutos. Podría creerse que se auto inmolaba.  Era como absorbida por el cuerpo, por la piel, y nunca más se volvía a regenerar. No, por lo menos, de forma alguna conocida. Los análisis que se realizaban a los dolientes no aportaban ninguna evidencia de que se hubiera modificado su naturaleza. Sin embargo la sensación reparadora, reconfortante, de consuelo, de cariño, de compasión… acompañaba a la persona durante unas semanas, a veces meses, de forma más o menos continuada hasta que, poco a poco, desaparecía.

El aprovechamiento con fines médicos de esta facultad pronto se encontró con una dificultad abrumadora y esta era, evidentemente, la imposibilidad de regeneración de las bolas. Nunca se supo cómo se reproducían (si es que lo hacían). Tampoco tuvo el más mínimo éxito los denodados esfuerzos por fabricar algún compuesto sintético que arrojara resultados semejantes. Los componentes químicos de las bolas eran triviales, sin ningún radical o principio activo importante, y desde luego no residía en ellos la capacidad sanadora. Médicos, siquiatras, etólogos y sicólogos tuvieron que rendirse a la evidencia de que esa influencia emanaba indiscutiblemente de la “capacidad compasiva” de las criaturas y que está se generaba de forma desconocida dentro de ellas, aunque tenía algo que ver con su forma de vivir en libertad ya que bolas que se mantenían (con dificultad dada su naturaleza) prisioneras y aisladas parecían perderla, revertiendo a su estado alotrópico inactivo.

El descubrimiento de esta característica placentera de las bolas las expuso rápidamente a la explotación sexual y fue un factor determinante en su extinción. Durante más de una década se ofrecieron en prostíbulos clandestinos y hubo un tráfico mafioso de bolas del amor hasta que estas empezaron a escasear y a ser de muy difícil localización. Las últimas bolas alcanzaron precios inconcebibles en el mercado negro.

En ese ambiente de prostitución las bolas no se activaban por motivos emocionales, es decir para reparar sufrimientos anímicos. De alguna forma, parecían reconocer la motivación “perversa” del cliente y entiéndanme que no pretendo ser moralista pero no se me ocurre mejor adjetivo. En estas situaciones, sólo se conseguía su participación si era para remediar daños físicos y, en eso, resultaban tanto más activas cuanto mayor era el daño. Se impuso, entonces, una práctica masoquista con ellas. Los clientes se herían o se mutilaban como forma de despertar la capacidad compasiva de las bolas, las cuales solían dar una respuesta de menor duración aunque de mayor intensidad.

Los espacios donde se realizaban estos actos —de un confort e higiene muy variable—  solían estar dotados de una bañera o jacuzzi donde el usuario se introducía desnudo, junto con la bola,  en un agua salada y azulada, de un pH parecido al agua de mar. Al lado se proveía una bandeja con diversos instrumentos con los que auto infligirse el daño que, nominalmente, siempre era de grado voluntario, aunque a veces eran auxiliados por matarifes o verdugos. Los grandes mitos asociados eran precisamente esos dos: La cuantía voluntaria del dolor, en realidad era imposible anticipar la cantidad necesaria ya que dependía del estado de la bola (algunas llegaban a esos antros realmente muy deterioradas);  y la que fue famosa, en su tiempo,  “agua azul”, que se vendía como un «afrodisíaco incentivador de las pasionales bolas» (?) cuando en realidad no era más que agua corriente, con algo de sal y coloreada con un poco de antiséptico; un auténtico timo, cuyo propósito principal era poner al cliente en un medio y situación tal —similar al de un cerdo en el matadero— en el que se le limitaba eficazmente la posibilidad de manchar de sangre, y otros restos, suelos y paredes; a la vez facilitaba el que se limpiase rápidamente el recinto para ofrecérselo al siguiente cliente.

En cualquier caso, los orgasmos y clímax conseguidos de esta forma eran intensísimos. Esta práctica, como es natural, estaba prohibida y alcanzaba, además, cierto grado de peligrosidad. Se convirtieron en habituales los accidentes mortales en la búsqueda de sensaciones cada vez más fuertes. Y así cómo la bola desaparecía o moría en el acto reparador de su entrega, también resultaba frecuente que el cliente la siguiera, bien por la intensidad de sus lesiones o porque su organismo no pudiera resistir el choque sensitivo, emocional. Los paros cardiacos y las embolias eran habituales.

Para complicar aún más las cosas y con el pretexto de perseguir el tráfico clandestino y la aparente adicción que las bolas generaban, la UIDA (Universal Institute of Drugs Abuse) recomendó que se destruyeran. Al no estar reconocidas como seres vivos —oficialmente no son más que (déjenme que lea textualmente la wiki-definición oficial): “un conjunto proteínico en forma de Cápsidas icosaédricas con capsómeros de cinco monómeros, también conocidos como pentones”— pudieron ser perseguidas y destruidas con relativa facilidad. Para acallar las protestas de los sectores conservacionistas se orquestó una campaña de desprestigio reduciendo su imagen a simple materia prima necesaria en relación con los aspectos más oscuros del crimen organizado: droga y prostitución. Centenares de miles de bolas fueron recogidas (¿capturadas?) envueltas en asfalto y cremadas en los grandes hornos de siderita de Saturno en base a masivos programas puestos en marcha por el gobierno federal y bajo el auspicio de la NAS.


Las bolas en la actualidad: Estancamiento de proyectos y olvido


Hoy en día, apenas se habla de las criaturas de Hellinger.  En ese ambiente de persecución que se generó, todos los proyectos relativos a su estudio: físico, químico, matemático, impacto sociológico, farmacológico, psiquiátrico, alimentario, metalenguaje, hábitat, organización, musicológico, etc... —lanzados en tiempos pasados  con tanto empuje e interés, muchas veces simplemente económico (cuando no espurio), otras, sin embargo, con  auténtica vocación científica buscando abrir nuevos horizontes de conocimiento— Todos los proyectos, digo, se fueron  abandonando en distinto grado de desarrollo hasta llegar a la situación de olvido actual. Las aulas, estantes, anaqueles, librerías, almacenes, laboratorios, de los distintos centros de investigación y análisis, de numerosas instituciones, universidades y compañías, públicas y privadas, que en su día estaban a rebosar de escritos, muestras, ensayos y otros materiales de estudio, con el tiempo se han ido vaciando; dejando paso a otros temas de más actualidad, menos problemáticos o, por lo menos, más productivos.  El abandono, la deserción por la falta de fondos y de interés científico, se ha producido  de tal forma que se teme que se hayan perdido irremediablemente datos, muestras y estudios de un valor inmenso, imposible de evaluar.

Hoy por hoy, se desconoce el número real de bolas que existen en el universo. Hace décadas que no se ha notificado el hallazgo de ninguna, y mucho más tiempo aún, la observación constatable de alguna bola activa. Se conservan tres especímenes en el Museo Universal de las Especies, Yuri Gagarin de La Tierra. Las tres bolas permanecen inactivas en su estado pétreo y reducido, y se mantienen en condiciones que se suponen especiales de conservación. Quizás algún día resuciten y sean capaces de transmitir al hombre su enseñanza de amor y compasión. Ojalá. Amén. Así sea.


Muchas gracias por su atención.