martes, 4 de octubre de 2011

Historias de Milady. Capítulo VIII. Invierno. Milady y el frío.

VIII.- Milady y el frío
 

Me he levantado tarde. Desayuno, cuido las plantas, trasteo limpiando un poco, sólo un poco no se vayan a creer. Mientras, por las ventanas, entra un débil sol engañoso. ¡Qué pena desperdiciar un día así!, ¡sin dar una vueltecita! Total, que agarro la bici y nos vamos para el monte. Al salir de casa pedaleo furioso para sacudirme el frío. No llevo nada más que una camiseta térmica y la chaqueta. Suficiente, ¿no? Pronto comenzaran las cuestas arriba y no es cuestión más que de aguantar un poco. Voy por el camino de siempre; el que suelo hacer cuando me doy una pequeña vuelta. Llego a una bifurcación y, sin pensarlo mucho, la tomo; me desvío. Me apetece cambiar un poco el paisaje habitual. El campo está helado y desierto. Sólo veo vacas, luego ovejas y después cabras; más tarde aún, nada. Por no haber no hay ni pájaros. Un poco de nieve.
El terreno es bastante quebrado. Después de algo más de una hora de subidas y bajadas por altozanos y hondonadas, el sol comienza a declinar y a tamizarse, aún más, entre las nubes. Debo de reconocer que ya no tengo muy claro donde estoy. Le pregunto a Milady:
—¿A ti te suena esto? —Me responde con un bufido. Ya saben que nos hemos ido distanciando...Desde que tuve el accidente, y me partí el dedo, con todas las molestias que me está ocasionando, y por esas cosas raras que tiene el alma humana, yo la culpo a ella y, aunque no se lo digo claramente (tampoco lo disimulo mucho), parece que lo adivina y anda con resquemor y como dolida. Recuerden que incluso llegué a pensar que se había muerto; que se le había partido el alma, o algo así; algo raro: como si se hubiera secado por dentro y quedado reducida a nada más que un artefacto, un montón de componentes —caprichosos y caros— ensamblados.

La verdad es que, poco a poco, mes a mes, casi a la vez que lo hace mi propia mano, y en todas estas sucesivas salidas que venimos haciendo juntos durante el otoño, he ido observado que ha recuperado algo de ese espíritu que tenía antaño. Aunque, quizás, —a veces pienso con dureza— solamente sean los aspectos más negativos de su carácter los que ahora se manifiestan. También es verdad, lo reconozco, que ahora la miro con otros ojos; que me muestro más desapegado; ofensiva e innecesariamente, distante.
Sacudo la cabeza tratando de alejar estas ideas; estos pensamientos que, insidiosos, ocupan mi mente mientras pedaleo. Hasta tal punto lo hacen, que apenas soy consciente del terreno que cruzo; del paisaje por el que estoy pasando. Miro el camino y los desolados campos de alrededor y me da por pensar qué sucedería si pincho y no lo puedo arreglar, o si se me parte la cadena, o cualquier otro pequeño percance de esos que son más o menos frecuentes, habituales. Calculo:  «No deben quedar más allá de dos horas de luz… por aquí no pasa ni dios… si tuviera un problema tendría que hacer, al menos, quince o dieciséis kilómetros andando hasta llegar a algún sitio decente, con gente, lo que representa…¡hum!, ¿a ver?... unas cuatro horas más o menos … algo menos si puedo aprovechar la bici cuesta abajo —aunque, si es de noche, y tal y como está el terreno, poco voy a poder aprovechar, creo— y todo esto a dos o tres grados, a lo sumo, de temperatura que debe hacer ahora; aunque, ¡claro!, imagino que caerá más en cuanto que anochezca, menos mal que no hace viento…» Y sigo así, evaluando alternativas. No me gusta demasiado el resultado del cálculo.  Bueno, tranquilo: ponerse nervioso lo único que hace es empeorarlo. ¿Me vuelvo? Demasiado largo y demasiado esfuerzo. Decido que lo mejor será completar un círculo, un óvalo más bien, del que debo tener ya la mayor parte realizada, y continuar por donde voy, aunque sea cuesta arriba. Al otro lado de estas lomas, no sé a cuánto, tiene que haber un pueblo y carreteras rectas y una prometedora y rápida vuelta a casa cuesta abajo por terreno llano. No he comido. Llevo un par de barritas de cereales pero no me puedo parar ahora: hace demasiado frio. No tengo apetito pero me las voy comiendo  sobre la marcha, sin dejar de darle a los pedales. ¡Pues vaya!, ¡qué emoción!, mascullo mientras mastico. No se oye ni una mosca. Sólo el girar de la cadena y el crujido de la tierra helada bajo las ruedas... ¡las ruedas! Le pregunto a Milady.
—¿Llevamos una cámara de repuesto? —Aunque las ruedas son tubeless (sin cámara) y en su interior llevan un líquido auto reparador de pinchazos que siempre funciona (¿siempre funciona?) suelo llevar una cámara por si acaso. La verdad es que nunca la he tenido que usar.
—Tú sabrás —me contesta displicente. Sin ganas de conversación.
Sí, si la llevamos, lo que no recuerdo es si tengo lo necesario para hincharla; para meterle aire o gas (a veces llevo una botellita de CO2). ¡Como sólo era dar una vueltecita!
En realidad, lo único que quería era oír voces para no sentirme tan solo. En silencio seguimos pedaleando, avanzando no se sabe muy bien hacía donde, con la esperanza de que el tema se aclare al superar estos vallejones sin apenas visibilidad y me pueda orientar un poco mejor. A lo lejos veo un todo terreno saliendo de una finca de ganado a la cañada por la que voy . Aprieto para preguntar al conductor por el camino. Si acaso, que me lleve. Por un momento parece que lo voy a dar alcance pero se me pierde cuesta arriba petardeando un humo azulado.
Llegamos a otro cruce ¿Qué hago? ¿Sigo al todo terreno que seguro que va a la carretera? ¿a cuál de ellas va, realmente? (tengo el esquema del mapa de carreteras más o menos en la mente y la verdad es que son posibles varias alternativas) No parece buena idea. Va hacia el norte —cada vez más lejos— y cuesta arriba. Además, ¿a cuánto puede estar esa carretera? Para un coche diez kilómetros no son nada. Para mí pueden ser decisivos. Mejor este otro camino de la izquierda, al oeste.
Estoy parado, dubitativo, en el cruce y el frío me come por los dedos de los pies, como si fuera un par de cocodrilos pequeños enganchados cada uno a una pierna. El resto del cuerpo aguanta (de momento y mientras me mueva) protegido por la ropa térmica ¡Desde luego este traje técnico que me he comprado es una maravilla!
Milady dice tímidamente y con la voz, algo quebrada, aparentando tranquilidad.
—Yo creo que por aquí —.Pobrecilla, parece que se ha asustado. Por un momento, volvemos a estar de acuerdo y dulcemente unidos.

Cuando por fin volvemos al pueblo, está anocheciendo. Los comercios se ven vacíos tras los vidrios de sus ventanas y escaparates. Han encendido las luces, que brillan, nítidas, en medio del intenso frio. No hay nadie por las calles. «¡Como si hubiesen tirado una bomba atómica!», fantaseo, bromeando para mis adentros. Es invierno, y comienza una larga y fría noche. La gente está calentita, refugiada en sus casas sin asomar la nariz. A pesar de la supuesta hecatombe que antes —en broma— imaginaba , no me cuesta percibir (en realidad, me envuelve) la vida de mis semejantes. Este confort tribal, humano, que me rodea: el calor, la luz, la compañía. En mi interior siento que vuelvo a la cueva después de un viaje muy largo; lejano también, sobre todo,  en el tiempo; evocado  por mi memoria ancestral, atávica, en este preciso momento en el que me siento recogido, arropado, seguro y a salvo. Comprendo que para nosotros, pequeños seres bajo las estrellas zarandeados por las inmensas fuerzas del Universo, no ha cambiado nada; no hay diferencia alguna a pesar del tiempo transcurrido. Que esta noche de hoy y la noche de los tiempos son, en realidad,  la misma noche. Y que, en medio de ella, afortunado por vivir un día más, aferrado supersticiosamente a mi talismán, retorno desde un lugar misterioso habitado por dioses inaprensibles. Un lugar salvaje e inhóspito, dominado por lo ignoto de la muerte; por la soledad, el frío, los lobos y lo oscuro.

Aquí, por contraste, todo está acogedor; muy acogedor. Me digo: «En cuanto que llegue a casa, voy a despedazar un pollo asado que cacé ayer —sonrío— y  a abrirme una buena botella de vino».