domingo, 2 de octubre de 2011

Historias de Milady. Capítulo VII.- Noticias última hora (Otoño)

VII.- Milady galopa de nuevo.



El Heraldo de la Sierra
¡ÚLTIMA HORA!

Nos llegan noticias de que nuevamente ha sido asaltado un tren de turistas.

Esta vez no cabe duda de la autoría. Se trata indudablemente de Bigfalo Guinea and his Bunch

Se creía que Bigfalo estaba gravemente herido y que se mantenía inoperativo escondido en su guarida, sin embargo, esta imagen, que la banda ha tenido la desfachatez de enviar a la prensa tras hacerse con la locomotora, lo desmiente.

Bigfalo cabalga de nuevo en la mítica Milady a la que se suponía con importantes daños y fuera de la circulación. No cabe duda que se trata de Milady tanto por su magnífica planta como porque el maquinista insiste en que ha oído  decir a una voz femenina  con marcado acento francés: «Dale un capón a este gilipoyas que no se ha parado cuando se lo hemos dicho», lenguaje típicamente atribuido a la extraordinaria bicicleta


Se han movilizado todos los Rangers que patrullan por las pistas de la sierra y alrededores ya que esta vez la banda ha golpeado mucho más al sur de la zona donde suelen realizar sus fechorías. Todo parece indicar que han ampliado su campo de operación.
Ha cundido la alarma entre la población. Seguiremos informando.




Otoño



Bromas aparte, ¡no saben lo que representó para mí el volver a montar en bicicleta! Sentirme cómodo, casi seguro. Salir con los colegas y explorar nuevos territorios, nuevas amistades, nuevos bares donde comentar los incidentes del día. Tomar esas inmensas y satisfactorias birras, las más de las veces apresuradamente; azuzado por las prisas de mis compañeros, con compromisos familiares, que actuaban temerosos, como niños traviesos pillados en falta; con el deseo de quedarse, de ser libres y rebeldes y, a la vez, sufriendo el temor de retrasarse; de llegar tarde a esa comida con los suegros; de encontrarse, una vez más, la mesa puesta, las malas caras, los platos fríos.

Todo eso, mezclado — las salidas, los bares, las charlas, el preparar las nuevas rutas, las prisas, el esfuerzo, las risas...— formaba un coctel atractivo, apetecible; un Martini seco que se me subía a la cabeza y que me iba instalando, de nuevo, en una nube con dos ruedas con la que me resultaba cómodo ir a todas partes. Fui dejando atrás los recuerdos dolorosos, invalidantes; buscando la forma de apañarme; aceptando lo que había, lo que tenía: el miedo, la limitación física, sí, pero también la voluntad de seguir adelante; el deseo de superación, de reintegrarme a un mundo del que había salido volando, tontamente, por encima de un manillar. Con ganas, sin quejas, adaptaba la nueva mano, todavía no totalmente recuperada, a los movimientos que necesitaba; escondiéndola, escondiéndome, en los momentos de mayor peligro.

Los días iban pasando; se sucedían, primero dorados, luego grises y blancos, dejando atrás ese verano que de alguna forma me retrotraía a otro; a otro verano amado —de codo doblado y brazo de actitud chuleta, arqueado, en pose de pistolero (Clint Eastwood me llamaban)— en el que también estuve accidentado y mi vida cambió radicalmente, aunque seguramente no por ese motivo. Comprendí que nada volvería a ser igual: el dedo, la mano, Milady, mi vida… que todo avanzaba rodando, abriéndose paso, dejando atrás todas esas cosas a las que era inútil pretender aferrarse. La mano nunca volverá a sentir como antes. Ese tacto, esa sensación chamánica de sutiles vibraciones llenas de extraña energía, una fuente de calor en la palma capaz de curar, de aliviar los dolores por simple imposición. Todo eso se había interrumpido, había desaparecido. Mi relación con Milady también cambiaba día a día, enfriándose.  Ahora que ella había sido capaz de hacerme daño (lo percibía así) y yo sentía crecer entre nosotros, poco a poco, un abismo de desconfianza, una pérdida de la primera inocencia; de esa entrega total que existe en el amor antes de la primera decepción, del primer desengaño.  Dentro de mí, dominado por el orgullo, en una venganza que no era capaz de reconocerme ,  le había roto el alma, devolviéndola a su condición de objeto, de cosa, de ser inanimado; negándole,  por tanto, la capacidad (el derecho) de comunicarse conmigo.
Pronto volví a salir también solo; quiero decir, sin otros ciclistas (lo ven, antes nunca hubiera dicho solo si iba con Milady); a perderme, románticamente, por esos montes y cerros buscando mi propio ensueño, mi inalcanzable El Dorado; a transitar por esos caminos con corazón que no llevan a ninguna parte sino al interior de nosotros mismos… Pero eso —como alguna vez he dicho— es otra historia...

Historia que —esta vez sí— contaré en el próximo capítulo.