viernes, 30 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo VI: El alma de Milady

VI El alma de Milady

Después de un mes de llevarla puesta, ya me han quitado la férula;  y de tal crisálida ha surgido, como si fuera una fea mariposa, una mano nueva —que apenas reconozco— de dedos hinchados, dorso tumefacto, piel apolillada y articulaciones fantasiosas e imposibles.   Como saben me partí el dedo pólice de la mano derecha en una desafortunada caída con la bicicleta y me inmovilizaron la mano en el hospital (vea Historias de Milady: La caída).  Lo curioso de las inmovilizaciones es que supuestamente te arreglan una cosa pero te estropean muchas más; y aquí me tienen: luchando por recuperar la movilidad y la fuerza de toda la mano  y muñeca. Tras una semana sin férula, la inflamación ya está bajando y puedo hacer —con dificultad— cosas tan útiles como abrocharme los botones de la camisa y subirme yo solo la bragueta del pantalón.

Bueno, el caso es que, aunque me he pasado este mes y pico mirando para otro lado, sin querer verlo (sin querer verla), al final me detengo por el cuarto de las bicis y allí está Milady, tirada, tal y como quedó aquel día antes de irme para el hospital: cubierta de polvo; con algunas manchas de sangre en los puños del manillar,  todavía visibles ya  que estos, los puños, son (eran) de un elegante color blanco;
las dos ruedas desinfladas; el asiento torcido, y las manetas de los frenos, descolocadas, bizcas, mirando cada una en sus diferentes angulos, hacia donde buenamente quieren o pueden. Entro, y Milady no levanta  cabeza; no reacciona; parece como si le hubieran dado una buena zurra.

 Me dedico a ella mínimamente, un rato, para ver de ponerla en marcha; le inflo las ruedas y repaso, más o menos superficialmente, los elementos fundamentales: transmisión, frenos, etc.  Me pongo el culotte, las zapatillas, las gafas, el casco y —como puedo, con dolor— me calzo los guantes de invierno que pienso que me protegen más. Ya en la calle, algo nervioso y con bastante miedo, pruebo a montar. Está claro que todavía no soy capaz de hacer el cambio de coronas, ya que me exige para ello utilizar la mano derecha, así que me apaño cambiando  solamente de plato con la mano izquierda: de esta forma consigo, al menos, el poder usar tres marchas distintas. Pruebo una y otra vez a liberar los pies de los pedales automáticos: me da pánico quedarme atrapado, y no quiero ni pensar —si me desequilibro y acabo otra vez por el suelo— lo que le pasaría a la mano si sufre otro golpe con una fractura tan reciente como la que tengo. Y así, muy inseguro, me voy para la gasolinera.

La limpio con la manguera arrastrando toda esa capa de polvo y, poco a poco, vuelvo a ver esos magníficos reflejos que, como aguas, hace su fibra de carbono. Miro con muchísimo cuidado que no se haya formado ninguna grieta en la estructura del cuadro. Observo sus arañazos y magulladuras. Nada importante. En  la cubierta de atrás veo que se forman unas minúsculas pompas de jabón, con un lentísimo petardeo. Seguramente tiene un poro y por ahí se escapa, mínimamente, el aire, aunque aguanta bastante bien. En cuanto pueda, tengo que ponerle líquido anti pinchazos. Monto, y analizo los problemas: no puedo empuñar bien, ni frenar bien con el freno de atrás que es el más prudente, ni cambiar bien y el bacheado de la carretera, que se trasmite a traves del manillar hasta la mano, me hace ver las estrellas a cada mínimo movimiento o golpeteo: Para casa.


Tengo una sensación extraña; como triste, desesperanzada. Pero no me doy cuenta de qué es hasta que no dejo la bicicleta en su sitio; estoy tan preocupado por mi mismo que no lo he percibido antes. La horquilla, los frenos, los cambios, el cuadro, todos esos componentes maravillosos, están ahí;  cumplen su función como antes, sin apenas  algo más que algunos arañazos, pero…

...Pero Milady no habla. Ya no habla. Parece sólo un montón de artilugios caros ensamblados; es como si lo que se le hubiese roto fuera esa otra cosa extraña, ese raro don que tanto me desconcertaba y sorprendía, mucho mas que su evidente cuerpo de gacela. Lo tengo claro, a Milady, lo que se le ha roto... es el alma.