martes, 20 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo V (La caida)

V.-Milady y la caída.

Estos últimos meses no he parado de montar en bicicleta. Todos los días. Cada día más. En fin, que estoy hecho una máquina; en mi vida me he sentido más fuerte pedaleando. Nunca había podido subir por semejantes sitios a esa velocidad. ¿Y cuesta abajo? Cuesta abajo me tiro a tumba abierta, como si flotara. Los colegas tienen miedo de salir conmigo (es una broma que les hago) y andan por ahí medio pachuchos con alergias y esas cosas.
—No os preocupéis —les digo—, lo siguiente es lesionarme y ya nos pondremos a la par en la convalecencia.

Profecía auto cumplida. Ayer subí a ese cerro que tengo cerca del pueblo adónde voy a ver las puestas del sol. Tardé diez minutos menos de la media habitual que empleaba el año pasado. Un círculo rojo rozaba el horizonte cuando comencé a bajar.

Lo que no se puede hacer es montar y tener la cabeza en otro sitio, ¿verdad? Normalmente, desde aquí suelo bajar por unas lomas algo complicadas, pero divertidas y ¡cómo ya me lo conozco...! realmente puedo sortear sin excesivos problemas los surcos y barrancos que las cruzan por todos los lados. Esta vez iba rapidito, pensando en mis cosas, que si patatín, que si patatán, cuando me di cuenta de que —al estar distraído— había escogido bajar por otro sitio desconocido y que me había metido en un buen berenjenal. ¿Qué hay que hacer en esos casos? Echar pie a tierra, ¿no? Justo lo que yo no hice. Y al final fue la cabeza (cubierta por el casco, eso si) y no el pié, lo primero que tocó el suelo.

Aunque maltrecho, pude levantarme casi enseguida. ¿«Y Milady», estarán pensando ustedes? Pues sí, la pobrecilla estaba conmocionada, asustada, aunque parecía que había salido bien librada. El estropicio más evidente que tenía era el sillín torcido por la fuerza del impacto, pero había caído por el lado bueno (el izquierdo, el contrario a los platos y desviadores) y parece que estaba sin daños importantes: habrá que revisarla con más cuidado. Bajamos andando lo que quedaba de ladera hasta un arroyo próximo y allí me lavé un poco los rasguños de brazos y piernas. Renqueando, monté, magullado por todo el cuerpo, cadera, hombros y brazos, y nos fuimos en la noche para casa, como furtivos en el campo solitario.

Lo que me dolía bastante, mucho, era la mano derecha y sobre todo el dedo pulgar o pólice, como quieran llamarlo, que yo prefiero hacerlo por este último nombre ya que el primero me recuerda demasiado a ese cuento de la infancia: Pulgarcito y, no sé por qué, pero no me suena del todo serio. En cualquier caso, pronto se acabaron los problemas sobre como nombrarlo, ya que tardó muy poco en ponérseme como una morcilla de Burgos y creo que nunca se ha podido decir mejor y con mayor propiedad que ese dedo no es otro sino el dedo «gordo», como normalmente le dice la gente.  En fin, que después de ducharme y hacerme las primeras curas, agarré el coche, que afortunadamente es automático y no tengo que cambiar las marchas, y me fui para urgencias:
El hospital está a unos doce kilometros pero, como no hay tráfico, llego enseguida. Me atienden rapidito. Suerte. La radióloga es simpática y bromista.
—Vamos a ver qué dedo hay que cortar... —me dice, con soniquete burlón, mientras me coloca la mano sobre la placa.
Y al ver que dejo las llaves del coche encima de la camilla, continúa, algo asombrada:
—Pero hombre, ¿has venido conduciendo? ¿Con el dedo así?
—Puedo hacerlo sin problemas. Es el índice el que necesito en los semáforos para metérmelo en la nariz —respondo yo, que también soy finísimo para esto de las bromas.

En fin, el dedo roto. El traumatólogo me da palique mientras me pone la férula
—Seguro que te vas de vacaciones, ¿no? —y sin dejarme decir ni pio—: Esta tarde he atendido a otro ciclista que también (?) se iba de vacaciones —y continúa alegremente—. Tenía el brazo roto.
—Sí, yo también me lo rompí haciendo bici de montaña hace unos años. La cabeza del radio —le digo.
—¿Ves? Lo mismo que el de esta tarde —responde el doctor que, además de tener vocación de adivino, parece estar encantado con que a la gente se le jodan las vacaciones mientras él está trabajando.
—Es lo primero que cae —le contesto, con sonrisa de suficiencia, haciéndome el rudo.

Cuando quiero volver para casa, ya ha avanzado la madrugada. Todo está callado y tranquilo en el vecindario de esta apartada barriada residencial donde está ubicado el hospital. En el coche, me doy cuenta de que, con la férula y el dolor, no puedo hacer el movimiento para desbloquear el volante.
Forcejeo de forma sospechosa en el auto, aparcado en la acera de la solitaria avenida; parece, totalmente, que estoy intentando robarlo.  Nada; no puedo. ¡Maldita sea! ¡A estas horas no pasa nadie por aquí!  ¿A quién le pido ayuda para desbloquearlo (y que no me dé la charla por conducir así)? Los del hospital, descartado, claro.


Por detrás se acercan, cada vez más despacio, silenciosas, las luces oscilantes de un coche de la policía. Pero eso ya es otra historia...