sábado, 17 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo IV (Verano)

IV.- Milady y la televisión

Pip. Son... las siete de la mañana. Desayuno una gran cantidad de melón; lo tengo por ahí, sin abrir, desde hace dos o tres semanas y ahora es cuando está dulce como un caramelo. Es tan temprano que no quiero ni siquiera pensar en ello, volverme definitivamente consciente de que estoy levantado, acabar de despertarme,  no vaya a ser que me dé cuenta de lo que estoy haciendo y me vuelva, de un salto, a la cama. Me muevo con los gestos automatizados, rápidos, eficaces, que siempre uso para preparar el equipo: El camel back, el GPS, un plátano, dos barritas energéticas, un bocadillo de jamón y tomate. Meter a Milady, que casi no se despierta, en la parte de atrás del coche; salir zumbando. Es una carrera contra el reloj, contra el sol que en pocas horas se enseñoreará, ardiente, del cielo. Ya en la puerta del garaje tengo que volver atrás a por el botellón de dos litros de agua que puse a congelar en la nevera. La idea no es cargar con él —es  muy pesado— sino esconderlo arriba, entre los piornos, en un sitio por donde sé que luego voy a pasar y que la carretera cruza en lo alto de la montaña.

Puerto Chico: Los Raqueros
En el coche, la maldita radio se ha despendolado y ha perdido su posición habitual en el dial. Pues mejor. Escucho un interesante programa que están dando, desde no sé qué emisora, sobre los «raqueros» que, al parecer, eran unos golfos que había en los muelles de Santander y que andaban por ahí, merodeando, robando lo que podían, o arrojándose al agua para recuperar las “perrucas” que les tiraban las gentes acomodadas; de dinero; con tanto que no les importaba perder un duro de plata si es que tenían la ocasión de ver a un niño boquear, ahogarse, pelearse entre ellos por conseguirlo. Niños náufragos, de padres ausentes, siempre en algún puerto lejano  —cuando no, sepultados en el mar— y de madres alcohólicas, aperreadas por la vida; Niños ‘raquer’ (de wrecker: destructores de barcos, saqueadores de naufragios) avistados con ese grito de alarma desde las bordas de los barcos extranjeros cuando venían a descargar mercancía; ladrones de sus propias vidas, de su infancia inexistente. La foto es de ellos: de los raqueros de Puerto Chico. También escucho hablar sobre Pereda y sobre otras cosas de las que no tenía ni idea y hubiera seguido sin tenerla. Pero para eso, para que la tenga, se ha despendolado la maldita radio. ¡Hay tantas cosas que no sé! ¡Tantas radios sin despendolarse en mi vida!

Subo con cuidado el puerto. La carretera es estrecha y, aunque es temprano, ya resulta fácil encontrarse con ciclistas que sufren en sus rampas; que aparecen de repente como clavados en el asfalto, aparentemente detenidos, verticales, quietos; como si fueran las figuritas de un belén. No quiero atropellar a un ciclista. No quiero atropellar a nadie, pero menos a un ciclista. Ya estoy en lo alto; el aire y el sol son distintos aquí arriba, en la montaña. No queda ni rastro de nieve pero los prados aún están verdes y jugosos y las piedras limpias y brillantes. Un poco más allá, paro un momento en el sitio conveniente y escondo, entre los piornos, la botella grande de agua que he traido; dos litros menos que llevar cuesta arriba. Desciendo por la otra vertiente, manejando despacio, con cuidado; parece imposible que quepamos dos coches.

Por fin llego a Alameda. Está en fiestas, adornada de banderolas; los últimos juerguistas, trasnochados, por los rincones. Todo se repite; ¿estoy atrapado en el tiempo?, ¿es el día de la marmota, como en la famosa película? ¿No? Entonces es que hace justo un año que vine por aquí (o que están siempre de fiestas en verano) Todo está igual, excepto tú, Milady, que te despiertas, de golpe, en cuanto que te pongo la rueda delantera; para ti si es la primera vez. Todo está igual, excepto yo, Miguel;  que soy un año más viejo, un año más duro, un año más sabio, un año más triste, un año más seco, un año más fuerte.

Pronto dejamos el río atrás y el camino se va empinando poco a poco. Milady sube como un podenco que rastrea la presa; no hay problema por ese lado. Cuando llegamos a las rampas fuertes ya hay bosque y vamos, la mayor parte del tiempo, por la sombra. Paso, tranquilamente, por sitios que reconozco del año anterior; lugares donde me paré a descansar, agotado. Tengo la mente atrapada, obsesionada con pensamientos cíclicos; tan cíclicos como el monótono pedaleo. Es un ritmo constante, cadencioso, que me empuja hacia arriba casi sin cuestionármelo. Estoy cubierto de sudor; el sillín se me clava en el perineo; la badana del culotte se apelmaza y me oprime los testículos; no sé si parar; ¿son pretextos para hacerlo? Creo que sí. «Cuando llegue al refugio de la Majada ya estará ‘chupao’, me comeré el plátano y descansaré», pienso. Siguen las rampas. «¡Vaya, no me he puesto música con el ipod!¿Paro?» No. Es un pretexto. «Cuando llegue al refugio de la Majada ya estará ‘chupao’, me comeré el plátano, me pondré la música y descansaré». Miro hacía el valle. Es impresionante: los pueblos blanquean, las eras ocrean  —si pudiera decirse así —, la línea verde del río... «¿Hago una foto?» No. Es un pretexto. Y me repito, obstinado: «Cuando llegue al refugio de la Majada ya estará ‘chupao’. Me comeré el plátano, me pondré la música, haré las mejores fotos del mundo y... descansaré», .

Sigo subiendo. Ese maldito refugio tiene que estar por aquí. Levanto la vista esperando verlo aparecer detrás de cada curva. Como sé que está: lo espero, lo deseo, representa el fin del sufrimiento. «Zen, zen», me digo. «No existe ningún refugio, no hay refugio» No es más que una ilusión, un sueño de verano, una meta más de las que nos proponemos para no vivir en el presente, para no sentir el presente, para no estar en el presente sino en un futuro engañoso, donde seremos felices, donde nos comeremos un plátano, donde descansaremos sin necesidad de pretextos. Y, luego, la vida, ya estará chupada.

Disfruto con cada pedalada en un presente que se extiende ilimitado, ocupándolo todo, llenando cada instante. Cuando menos lo espero —cuando menos lo necesito—aparece el refugio de la Majada. Paso por delante sin parar, sin descansar, sin comerme un plátano; casi sin mirarlo. Al poco rato, todo se pone plano; incluso, se inclina en suaves y breves cuestas abajo. ¡Qué sensación!, las piernas me tiemblan. Milady se lanza veloz y yo la voy reteniendo. El paisaje es lindísimo; unos dos kilómetros antes de salir a la carretera, a la derecha, un poco apartado, descubro un arroyuelo en medio de un prado encantador. Me paro a comerme el plátano. ¡Ahora sí!, ¡sin patrañas!, ¡sin pretextos!Disfrutando plenamente de mi decisión soberana, del acto volitivo de comer, sin ninguna contaminación de otros deseos. Es, desde luego, sin lugar a dudas... ¡un sitio ideal (el sitio ideal) para comerse un plátano!

Continúo hasta la carretera. Recojo el agua que escondí al pasar por allí hace unas horas; aún está fresca. Me hubiera gustado que me viera alguien. Quiero decir, alguien que tuviera sed. Entiéndanme: eso de ir a los piornos, y sacar de entre ellos, de repente, una botella todavía empañada de agua fresca, como un prestidigitador. ¡No me digan que no parece un spot publicitario! ¡Ah, pero sí! ¡Ahora recuerdo! Sí que había alguien; un ciclista de carretera estaba parado justo en el entrante de unión de esta con la pista. Sí, sí. Yo caminé, ostentoso, hacia los piornos, y saqué mi agua (!) Cuando me volví, triunfante, para ver el efecto que le hacía, el tío... ya se había ido. Se lo perdió. Me lo perdí.  Naturalmente, le hubiera ofrecido.

Después de, más o menos, otro kilómetro, esta vez por carretera, hay que desviarse. Lo que viene a continuación es una larga y trepidante bajada —constante, rapidísima— por unas pistas que van por la margen izquierda del arroyo del Aguilón. Ahora sí que me pongo música; a todo volumen; AC/DC, ¡para matarse! Luego, ya en el valle, lo que me queda es cruzar el arroyo por un puentecito y descender por un camino de cabras, de esos que le gustan a Milady, que discurre por su margen derecha. Kilómetros más abajo llego a una poza en el arroyo con su doble cascadita y todo. No sé ustedes, pero yo siempre me baño en pelotas. No, no soy nudista; porque ser nudista es como una declaración de intenciones; yo no la acepto para definirme. Los otros son los textiles. Bañarse desnudo es lo normal, y envuelto en incómodas telas debe considerarse la excepción. Luego, si hay que adjetivar a alguien, por favor, adjetivemos a los “textiles”.

Desnudo como los animales, desnudo como los raqueros de Puertochico a la captura de su moneda envuelta en papel de plata, desnudo como la verdad desnuda me tumbo al sol en una piedra y devoro el bocata de jamón. Ahora pienso... una poza como esta debe tener sus pretendientes; ya estamos lo suficientemente abajo como para que aparezca una parejita de bañistas o algo así. ¡Qué les den, si vienen!, ¡no pienso vestirme!

El caso es que, cuando estoy más a gusto, el que aparece es un señor con un niño y un perrito blanco. Bueno, el niño también lo es (blanco, quiero decir). Yo..., tranquilo; ni miro. Al principio parecen cortarse, pero al final el hombre se me acerca y me dice no sé qué de qué... que es de un pueblo cercano… y que viene con una gente que están haciendo un reportaje… y que si no me importa cubrirme… en fin, ¡un rollo!  Le pregunto cuánto tiempo van a estar por aquí y me asegura que no más de diez minutos y a la vez, con toda confianza, y una sonrisa, me alarga el culotte que yo había dejado tirado por encima de unas piedras. Bueno, me lo pongo. Supongo que andan haciendo fotos del rio, o algo así, y que quieren hacerlas de esta poza, que es espectacular.  Enseguida aparecen otros dos tíos con una cámara de video profesional. De fotos de naturaleza, nada; están buscando fauna dominguera y, sorpresa (!), vienen precisamente a por mí:

—Hola, somos de Mi Cámara y Yo —me dice el simpático, cómo si dijera: «Soy el Papa de Roma». Este no sabe qué hace más de mil años que no tengo tele.
—¿Y eso qué es? —pregunto, en plan garrulo.
—Un programa de Tele Madrid, y estamos entrevistando a la gente… —O no sé qué más me dijo; el tío es un paleto y me llama "caballero”, como hacen esos dependientes ampulosos de las pizzerías, o los agentes de los call centers, cuando quieren ser la hostia de finos y elegantes; y me pregunta la edad y todo: admirado de que llegue hasta aquí con la bicicleta... Debe ser que me ve un poco tarra. Si supiera que, en realidad, he venido cruzando las montañas —¡desde el otro lado!— y no, como viene él, de los próximos pueblos de este valle... (¡Y pensar que yo me he vestido para estos capullos!)  En fin, al final, les digo que sí, que claro, pero que no es una bicicleta cualquiera, ¡que es Milady!, y que con esta nena, como pueden ver, como ya están viendo, cualquiera puede ir a donde se le antoje; Incluso un tipo como yo: un viejales con un pie ya en la tumba, y que... bla, bla, bla, hablo por los codos, mientras los tios me graban.

Menos mal que se van enseguida, así que me emporreto de nuevo y me doy un baño para quitarme el mal rollo. La que está cabreadísima (?) es Milady. Me dice:
—Fíjate, salir en la tele y estás hecho un gañan. Sin afeitar y con esos pelos de loco.
—Bueno, yo...
—Y yo aquí, llena de polvo y guarrería. Además, no has preguntado cuándo lo van a poner…
—Po…po…poner… ¿el qué? ¡¿Para qué?!
—Para qué va a ser, imbécil (esa boquita que tiene) ¡Pues para verlo!
—Y para qué quiero yo verme en la tele si ya me veo en casa —intento ser aplastante con mi lógica, y continúo —. Además, la tele engorda.
—No lo dirás por mí —responde, hecha un basilisco, porque es de carbono y se lo tiene muy creído.

En fin, que me visto y la agarro del manillar con ambas manos poniéndola de pie sobre la rueda trasera. Se queda paradita como una grácil bailarina. Por un momento parece que vamos a bailar un vals o a quedarnos así, mirándonos, enlazados, en la socarrera de la tarde. De esta forma, la empujo con mimo cuesta arriba desde la margen del arroyo y, así, vamos subiendo entre peñascos, buscando el camino que se adivina unos cien metros por encima de nuestras cabezas. No dice nada, dócil, se deja llevar. Al llegar arriba, la monto. Seguimos de morros un rato; pero, luego, el sendero se llena de pedruscos, raíces, arena… todo eso que a ella le gusta, y al poco, ya estamos bajando dando botes y derrapando;  riendo por cualquier cosa; comentándolo todo... Es verano.