viernes, 16 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo III (Primavera)

Un día de lectura con Milady

En la entrada de hoy —bastante extensa— cuento como pueden cambiar los escenarios habituales de forma insospechada provocándonos extrañas situaciones.
Apenas he cambiado el texto original —escrito en un precioso día de primavera e, indudablemente, (y prescindiendo de falsas modestias) con una excelente vena narrativa— pero he aprovechado para revisar los signos ortográficos y, en general, la puntuación: un tema del que siempre he pasado hasta ahora, y que —¡lo que son las cosas!— últimamente, en estas reediciones, me está resultando enormemente entretenido.




Está claro: si me quedo en casa no voy a avanzar nada en la lectura del libro que me han dejado. Así que lo meto en la mochila, junto con un acuarius; me pongo un culotte corto que me resulta más cómodo que vestirme; me calzo las zapas, los guantes, un buff, de esos que uso para todo por la cabeza, (total, el casco, ¿para qué?, si sólo voy a dar un paseo) y me bajo a por la bici: que la dejé dentro del coche, ayer, después del palizón que nos metimos. Se me ocurre que la solución es ir al parque y leer tranquilamente junto al lago que siempre está solitario.
Milady, (ya saben, mi supernena de carbono) me recibe un poco cabreada por haberla dejado toda la noche en el maletero, con la rueda desmontada, y sin limpiar; pero enseguida se le pasa al ver que enfilamos para la calle. A esta le gusta la calle más que a los niños los caramelos.
Llegamos al parque, y resulta que hay liada una buena con un mercado medieval… Bueno, ¡no importa! Rebasamos los puestos y la gente dominguera y nos vamos para el lago, que siempre está tranquilísimo, a buscar una buena sombra.
Todo el lago está tomado por infinidad de familias montadas en bicis de todo tipo («bicis de juguete» dice, despectiva,  Milady) vestidas con una camiseta de un repelente color verde loro. Desde una plataforma vociferan por la megafonía no se qué del reparto de premios. Aún así intento acercarme a mi, habitualmente desierto,  sitio favorito de lectura: un pequeño murete de ladrillo,  bajo un sauce, enfrentado al lago. Vamos sorteando nenes estúpidos, empeñados en meterse debajo de las ruedas, y mamás que gritan: “¡Borja, Borja!”. Voy despacio, haciendo equilibrios, con los pies atrapados en los pedales automáticos que se atascan frecuentemente por no haberlos limpiado del barro de ayer. Más de mil veces estamos a punto de pegárnosla y acabar en el lago, o algo peor.
—¡Sácame de aquí, gilipuertas! —masculla Milady, que se corta de hablar alto cuando hay gente, pero no de hablar mal (Lo pija que es y la boquita que tiene…)
—No. Si yo pensé... Quería ver si… —titubeé yo.
—¿Ver?... ¡Nada! ¿Qué hay que ver? —Se calienta Milady —. Una jodía actividad dominguera para “japisfamilis” —(A veces le da por ahí, por el inglés.)— ¿Qué pintamos tú y yo aquí?
La verdad es que tiene razón. Estamos totalmente fuera de ambiente. Descabalgo y voy cruzando,  andando,  entre familias de gente más bien clásica y pequeño burguesa: mamás pijinas, papás cuarentones, con barriguita, y mocosos, atontados por el sol y el ruido; todos vestidos de verde con camisetas que dicen: “fiesta de la bicicleta”,  y con sus “juguetes” tirados por cualquier parte. En el medio, yo, como si fuera un chiflado Don Quijote: con melena y perilla de mosquetero;  con un extraño trapo en la cabeza; marcando ridículamente paquete con un culotte ajustadísimo; con los zapatos— equipados con calas para los pedales automáticos—sonando a claqué,  y el camelback a la espalda (aunque no lleve agua lo uso de mochila) como si fuera a participar en una maratón de veinticuatro horas por el desierto. En la mano derecha —igual que si portara un halcón— exhibo una maravilla, de bastantes miles de euros, que me sigue rodando, a la vez que refunfuña por lo bajinis.
—Nada que hoy no leo —me digo.
Cuando se aclara un poco la cosa, vuelvo a montar:
—Buscaré una sombra en las afueras.
Atravesamos la zona industrial, el pequeño arroyo y, en sólo uno o dos kilómetros más, ya estamos en pleno y solitario campo. Está esplendoroso de flores: miosotis, viboreras, jaramagos, amapolas, margaritas, dientes de león, cantueso… ¿qué sé yo! Una sinfonía de colores y olores que lo cubre todo, explotando al sol. Milady devora el sendero como si fuera un podenco detrás de su presa. Da pena pararla. Seguimos y seguimos, cada vez más lejos. No llevo agua, sólo un acuarius; no llevo casco; aún me duelen las rodillas del esfuerzo de ayer... pero el camino se abre por delante y el suelo vuela bajo nosotros; el aire me refresca bajo el sol, y la sensación de libertad es absoluta.
Por fin llegamos a lo alto de un cerrillo, marcado con un vértice geodésico y por donde pasa una cañada. Sólo me cruzo con tres jinetes a caballo que van conversando y que, pronto, desaparecen. No se oye una voz; nada más que el silbo de los pájaros. Se mueve una ligera brisa entre las encinas y las retamas.
Vengo aquí muchas veces. Es mi recorrido preferido de entrenamiento para cuando no dispongo de mucho tiempo, porque tiene de todo: subidas, bajadas, tramos entretenidos técnicamente…, y está a una distancia conveniente del pueblo. El paisaje es bonito, y las puestas de sol tras las montañas resultan bellas. Hay una plataforma grande, como un depósito, de un metro de altura y cubierta con unas chapas negras que resultan ideales para tomar el sol en invierno. Cerca hay también un inexplicable banco de granito (había otro pero robaron la losa) bajo la sombra de una encina para resguardarse en verano. Naturalmente escojo este último y apoyo a Milady en el tronco del árbol y ahí se queda —magnífica en su quietud— como si fuera una elástica pantera agazapada en la sombra esperando a su presa.
Me tumbo en el banco, sintiendo el frio de la piedra en la espalda, y con la mochila improviso una almohada. El sol hace guiños a través de las ramas de la encina y los pájaros alborotan sin pizca de respeto; como si yo no fuera nadie; como si yo no estuviera allí.
¿Quién lee ahora, con lo bien que se está? Me da la tentación de dormirme. Pero no, después de racanear un rato, saco el libro —que tengo atascado sin leer nada desde hace quince días para vergüenza mía, porque hace meses que me lo prestaron— y leo.
Leo...y leo cada vez más interesado; recuperando la historia interrumpida; los personajes ya casi olvidados. Leo... y leo siguiendo los avatares de Smitty, con muchísimo gusto, con carcajadas a veces —menos mal que el sitio es solitario, qué cualquiera pensaría que estoy loco (!)— Leo...y leo con admiración... ¡Esto sí que es escribir y no lo que yo hago! Pero…, este tío… ¿quién es? ¡Qué ingenioso! Noto que me está hablando a mí, que está jugando con mis expectativas y mi sorpresa. Me lo imagino escribiendo  y pensando: «je, je, ¡ya verás cuando lo lea Miguel».
Hablo con el autor:
— ¿Cómo te llamas? —le pregunto — No sé ni cómo te llamas.
Y voy corriendo a mirar en la solapa. Es lo que tiene los libros prestados y forrados: para mi es el libro de Cristina. No tiene título, ni autor.
De repente, bajo el solazo del mediodía, estoy feliz. Soy feliz. Muy feliz. Y siento que comprendo muchas cosas; y tengo una de esas experiencias de sabiduría que me dan de vez en cuando: una especie de teleles místicos que no sirven para gran cosa porque al rato ya no recuerdo nada de todas esas cosas importantes y profundas que pretendidamente descubrí, y que se desvanecen como humo al contacto de lo cotidiano. Aun así —feliz y conmovido— me monto en la bici para iniciar el descenso. Sé que debo tener mucho cuidado al bajar porque estoy como sí me hubiera fumado siete porros; pero al final me relajo, suelto los frenos y confió en Milady.
—Llévame a casa— le digo;  y ella se tira, con alegría, por los barrancos: sortea surcos, salta sobre piedras, culebrea en los lechos de arena, se come las cuestas arriba como si llevara un motorcito en el culo y me deposita de nuevo, elegantemente, en el pueblo casi sin que yo tenga que hacer nada. Quizás esta sea la mejor técnica. Dejarle hacer a ella que es la que sabe. Ella es una atleta, y está diseñada para esto hasta el último cable. Mejor no estorbar con mi torpe estilo de conducción.
Camino de casa, pasamos por el chino a comprar el pan. Hace tiempo que no vengo. Antes me acercaba a menudo porque había una chinita que me gustaba. Luego dejé de venir. Un día, que pasé ocasionalmente, la vi embarazada, y ya no volví. Hoy estaba allí. Sacó un bebé del fondo de la tienda y lo dejó en un cochecito. Me acerqué:
—¡Has tenido un niño! ¡Enhorabuena!
—Niña. Es niña —me respondió, con su lengüita de estropajo.
Me incliné a mirar. Un rollito primavera, de ojos rasgados y puños levantados, como un diminuto Mao Tse Tung, ocupaba una pequeña parte del coche cuna.
—¿Cómo se llama? ¿Qué edad tiene? —pregunté; todo a la vez.
—Tiene tleinta y seis días y se llama Isabelll —contestó la china, haciendo sonar las eles como campanillas de plata.
¡Isabel!  (?). Me chocó el nombre en español
—Con esa dicción que tienen... ¡no la van a llamar Gloria!— me dije, para mis adentros, guardando el pan en la mochila y montando en Milady.
Mientras me iba pensé en ese gracioso no pronunciar la erre y recordé la anécdota de aquel día, hace más de un año, en el que ella estaba, milagrosamente, sola en la tienda. Nos gustábamos —eso se nota— pero antes apenas habíamos hablado más allá del precio de los productos que yo compraba, y hola y adiós. Sólo aquel día...
Yo buscaba unos guantes para fregar y no los encontraba de mi tamaño (tengo unas manazas largas). Le pedí que me ayudara, y puse mi mano sobre el mostrador para que viera cuál era el problema. Ella, admirada, posó por un momento su manita sobre la mía, como si midiera, y dijo mirándome, con coquetería:
—Oh sí. Mano glande, muy glande.
Sentí como un chasquido que me subía por toda la columna vertebral. Luego sonreí. No creo que supiera lo que estaba diciendo.