jueves, 15 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo II.- Otra vez Milady

Hoy presento el segundo capítulo: Una excursión que pasaba por uno de los núcleos de población permanente más altos de la península. Aunque no lo cuento en esta historia, que se refiere sólo a la primera parte de la jornada, fue una auténtica aventura en la que acabé totalmente perdido, sin ningúna traza de camino, en valles y gargantas absolutamente inhospitas, y en medio de una amenazadora tormenta.

Otra vez Milady

—“Me llamo barro aunque Miguel me llame” —le digo a Milady, para hacerme el simpático, parafraseando al poeta de Orihuela.
Milady, ya saben, es mi nueva, atlética y extraordinaria bicicleta de carbono, que me ha costado un pastón y que, entre otras cualidades increíbles, tiene la capacidad de seguirme las conversaciones. Un poco a su aire, eso sí.
—Te llamarás barro, pero te apellidas mierda —me responde, un poco enfadada. (Esa boquita que tiene…)
La verdad es que esa última calleja por la que hemos pasado estaba llena de plastas de vaca, mezcladas con agua, barro y piedras. Y nos hemos cubierto con un montón de, algo más que sospechosas, salpicaduras.
Esta mañana, aunque amenaza lluvia, hemos salido tempranito, rumbo a lo alto de la sierra. Hay unos hombres del pueblo trajinando con unos caballos en un cercado.
—¿Ustedes creen que lloverá? —les pregunto.
—Por la tarde ya le digo —me responde, rápidamente,  uno de ellos con sonrisa socarrona; y continúa—: Aquí nunca se sabe: lo mismo diluvia que nos achicharramos.
Así que tiro hacia arriba pensando que, si llueve, será más fácil volver deprisa cuesta abajo. La carretera, sin tráfico, sube y sube, en revueltas endiabladas, buscando el último pueblo en lo alto de la serranía. Cuando por fin llegamos a él, repongo agua y sigo para arriba. En una de las curvas a la salida del pueblo me encuentro a un vejete renqueante que se apoya en dos bastones. Como se pueden imaginar, yo voy con la lengua fuera.
—Buenos días.
—Bue bue buenos días, arf, arf —respondo, sin aliento.
Durante unos instantes progresamos casi a la vez y me cuenta que va a la ermita que hay unos dos kilómetros por encima del pueblo; y que lo hace todos los días: haga sol, lluvia o nieve.
—¿Cuántos años tiene usted? —le pregunto.
—Setenta y cuatro —me responde, parándose un poco, y afianzándose en los bastones para mirarme por debajo de la boina.
—Pues nada, ¡qué lo siga haciendo por muchos años más! —le deseo, volviéndome un poco, ya que he aprovechado su parada para demarrar a ver si puedo adelantarle.
—¡La carretera ya no sigue más arriba de la ermita! —me grita, en su último intento de seguir caminando con la hebra pegada.
—¡Gracias! ¡Ya lo sé! ¡Hasta luego! —Agito la mano en despedida. No creo que le vuelva a ver... parece que aguanta el agua. Mi plan es seguir hasta lo alto de ese monte, aprovechando unas pistas forestales, bajar luego a un pueblo que hay en el valle de la ladera opuesta y volver desde ahí, de pueblo a pueblo,  por la carretera que, varios centenares de metros más abajo, los une.
Por fin llegamos —Milady y yo— a la ermita, donde definitivamente se nos acaba la carretera, y un poco más allá, junto a unos barracones, es por donde nos hemos puesto guapos de agua, barro y lo demás.
La pista sube y sube, implacable, sin dificultad técnica; sólo una pendiente, sin alivio alguno,  formada por rampas que se suceden una tras otra haciendo zetas. De vez en cuando tengo que parar, haciendo como que disfruto del paisaje,  para darle un respiro a los pulmones y al corazón. Milady, fuerte, obediente y silenciosa, ataca las cuestas sacando el máximo rendimiento a cada pedalada y, cuando es necesario, cambia de platos y piñones con una precisión de reloj suizo. Yo creo que esta bici se merece un ciclista mejor que yo.
—¿Qué tal vas? —pregunto, por decir algo.
—Bien —me contesta, un poco secamente—. Menos charla y da pedales, que todavía falta un huevo.
Con lo que opto por no perder resuello en conversaciones inútiles, y me concentro en mirar las nubes amenazantes y sentir las ráfagas de viento húmedo que, de vez en cuando, juegan a desequilibrarnos. Hay algo extraordinario en la soledad de estos páramos