miércoles, 14 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo I.— Milady en casa

En vez de tener el blog vacío, y mientras ustedes se animan, o no, a leerme de una p. vez (es broma) y a mí se me ocurre algo mejor, o más nuevo, que contar, y para no estar ocioso, estoy reeditando por capítulos (haciendo pequeñas correcciones) las Historias de Milady. Aquí va la primera. Tengan en cuenta que la historia original la escribí un lluvioso mes de abril y el blog exitoso al que me refiero es el del PAIS.

I.— MILADY

Con esto de la lluvia el blog va muy bien pero la que está que trina es mi bicicleta nueva.
—Bueno rico, ¡a ver si me sacas algún día! —me grita, en cuanto que me oye pasar cerca de donde la guardo. Aunque me costó un montón de dinero, tiene unos modales que no son del todo refinados.
—Ya saldremos. Ya saldremos.  ¿No ves la que está cayendo?
—Cuatro gotas, eso no es nada. —responde, marchosa. Afuera no para de diluviar.
—Mira Milady —Yo la llamó así —…si salimos ahora nos vamos a poner perdidos.
—Y qué más da.
—¡Claro! Luego me toca a mí quitarte todo el barro, limpiarte, secarte….
La verdad es que no me importa. Si ustedes la vieran… es… ¡preciosa! Toda de carbono, y con unas resistentes vainas de escandio; equipada con los mejores componentes. Estilizada, elegante, atlética… una auténtica campeona. Cuando volvemos de una excursión, antes de nada —incluso antes de secarme yo—, la lavo delicadamente con agua tibia, jabón neutro y una esponja suave; la desengraso a conciencia, sobre todo por los bajos —que se le llenan de porquería—; la limpio con otro paño cuidadosamente, y la seco bien, frotándola toda, con una toalla vieja. Luego le doy con un perfumado aceite de teflón y le pongo grasa en todos los cables. Total que, para cuando he terminado con ella, resulta que yo ya estoy helado y al borde de la pulmonía.
A veces nos peleamos.
—No sé, no sé. Tampoco eres tan buena —le digo para molestarla—. Me parece que me duele más el cuello cuando monto contigo.
—Sí, claro, cómo que te olvidaste de desbloquear la horquilla, tonto el haba —¡Esa boquita que tiene!...  y continúa—: Hemos estado tirándonos por todas las cuestas llenas de pedruscos con la suspensión bloqueada. ¡Para habernos matado!
—Eso no me pasaba con la otra… ¡que tenía desbloqueo en el manillar! —digo yo, chinchón.
Si hay algo que Milady no soporta es que hable bien o con añoranza de la pesada y vieja bici de aluminio que tuve antes de ella.
—¡Pues haberte quedado con ella, so imbécil! ¡Ganas de gastar el dinero!

Al final, hacemos las paces. Si no podemos salir, la monto en casa y jugamos a hacer equilibrios. La sujeto fuerte por el manillar, freno decididamente, y miramos a ver cuánto podemos aguantar de pie sin sujetarnos a nada. Ella, clava los frenos de disco, cede progresivamente bajo mi peso, con esa delicada suspensión que tiene, y tensa toda su maravillosa musculatura de carbono. Es casi humana.



<Volver al indice>