sábado, 10 de septiembre de 2011

El sueño de la jabalina

One, two, three, four… No cabe duda de que para construir las imágenes visuales de nuestros sueños tomamos los materiales de las más inopinadas experiencias recientes. Anoche, repasando por casualidad mis viejos vinilos, encontré este de Roxy Music ¡Hacía tanto tiempo que no lo veía o escuchaba! Sin darme cuenta, en un instante, por arte de birlibirloque, una época entera de mi vida se materializó ante mí.
Y ahora, dejenme que les cuente El Sueño de la Jabalina que he tenido esta noche. No tiene nada que ver con todo esto. ¿O sí?.


El sueño de la jabalina.

La gran jabalina reposa apoyada contra el armazón de madera. Enfrente, un camino de arena se abre paso entre la vegetación rastrera de las dunas que forman la costa y, más adelante, se extiende el mar —tranquilo, apacible— bajo el sol del verano. Agarro la jabalina y la sopeso. Unida a su extremo posterior hay una larga cuerda de un color rojizo, desvaído, aclarado por las horas de sol recibidas y por el salitre, y que, supongo, debe servir para recuperarla desde donde quiera que caiga tras ser arrojada. O quizás evite que se pierda, o que la roben; o cualquiera de esas otras cosas posibles, que vaya usted a saber qué. O quizás sea, también, lo más seguro, una mezcla de todas ellas. El otro extremo aparece atado —próximo a la línea de la playa—al final de una estructura de madera que, como un pórtico, acompaña todo el recorrido de la pista de lanzamiento adornada por enredaderas y buganvillas.

Con golpes secos, precisos, hago ondular la cuerda, desenredándola, dejándola recta, suelta y apoyada en los pórticos de madera sobre mi cabeza. Corro descalzo, por la arena, esforzándome, consciente de que la velocidad de mi carrera imprimirá un impulso cinético adicional a la fuerza que emplee en el lanzamiento. Acabada la pista se inicia una bajada pronunciada, formada por las mareas —estamos en una playa atlántica—, de arenas mojadas hasta la línea del mar. Veo a los bañistas, ocultos hasta ahora por el desnivel, y que se reparten en las decenas de metros de agua justo delante mío. Me paro, calculo, amago, me lo pienso: «¿Tiro? ¿No tiro?» No tiro. Con fastidio, con desganada prudencia, aborto el lanzamiento ante el riesgo de dejar a alguien empalado en la jabalina como si fuera un diminuto Moby Dick inadvertido. ¿Qué diablos hacen justo aquí y no en ninguna otra parte de la playa? Supongo que utilizan la pista de lanzamiento, aparentemente en desuso, como un conveniente camino de acceso para darse sus baños.

Al intentar subir de nuevo por la inestable pendiente de arena me encuentro con que hay bañistas tomando el sol, molestando, molestándome, justo en mi camino. El más próximo, directamente en medio de la línea de bajada desde la pista, hace caso omiso a mis gestos irritados para que se aparte. No puedo progresar; la arena se desmorona donde intento sustentarme; y, encima, este imbécil, allí, en el medio; sin la más mínima intención de apartarse, sin dejar traslucir algún amago de comprensión, de simpatía o de amabilidad. Al final, me canso, me enfado, con un cabreo sordo, contenido, lleno de mala intención, y trepo por la pendiente, derecho, sin desviarme ni un centímetro de la trayectoria. Utilizo la parte posterior de la jabalina como bastón para ayudarme en el esfuerzo y para equilibrarme ¿Es culpa mía si la apoyo en su barriga? ¡Qué se joda! Oh yeah!














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