viernes, 9 de septiembre de 2011

Esa extraña energía...

El local está medio vacío. Me siento donde otras veces y al poco me levanto para cambiar de lugar. La mesa de al lado está ocupada por un grupo de ruidosas mujeres que hablan con voces agudas y  todas a un tiempo.

Pongo las manos sobre el tablero y espero al camarero que vendrá con la carta. Contemplo a la gente que ocupa el resto de las mesas. Algunas parejas toquetean sus teléfonos móviles, sus gafas de sol, sus paquetes de cigarrillos, y hablan sin comunicarse, sin mirarse apenas.

La amplia superficie de la mesa y mis manos sobre ella, inevitablemente, hacen que te recuerde ¡Cómo me gustaba sujetar tus manos; acariciar tus brazos! Sabíamos que en ese momento se producía  algo especial provocado por nuestro contacto: una carga, una sensación que fluía por todo el cuerpo dejando un increíble bienestar. A veces, si la unión era muy rápida, breve e inesperada, entonces, saltaba un chispazo, una descarga eléctrica, que primero nos sobresaltaba y luego  nos provocaba  una admirada risa. Nos soltábamos levemente para atender de forma fluida las cosas que precisaban de nuestra acción o atención —el menú, apartar un vaso—  y luego, las manos volvían matemáticamente, de forma precisa, al punto donde el contacto había sido interrumpido; a su auténtica posición de reposo que no podía ser otra distinta que la de estar enlazados.  Sabíamos, lo teníamos reconocido, experimentado, asumido, que esto nos pasaba también con todo el cuerpo; y era asombroso ver cómo, en la intimidad, cualquier posición que adoptáramos al dormir —un brazo doblado, una pierna sobre  el abdomen, un hombro encajado bajo una espalda—  era inmediatamente percibida como de extrema comodidad y la podíamos mantener durante horas y horas de sueño. Era como si estuviéramos hechos de plastilina, de bechamel, de algodón;  de una masa homogénea, reconocible, nacida para mezclarse. Vivíamos  confiados, sometidos, adaptados, a ese extraño principio no enunciado de la Física, a una desconocida fuerza gravitatoria,  un raro campo electromagnético, un equilibrio de masas cinéticas enamoradas.

Nunca jamás nos había pasado eso antes con cualquier otra persona;  quizás, nunca, jamás,  sea algo que pueda volver a producirse.