viernes, 30 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo VI: El alma de Milady

VI El alma de Milady

Después de un mes de llevarla puesta, ya me han quitado la férula;  y de tal crisálida ha surgido, como si fuera una fea mariposa, una mano nueva —que apenas reconozco— de dedos hinchados, dorso tumefacto, piel apolillada y articulaciones fantasiosas e imposibles.   Como saben me partí el dedo pólice de la mano derecha en una desafortunada caída con la bicicleta y me inmovilizaron la mano en el hospital (vea Historias de Milady: La caída).  Lo curioso de las inmovilizaciones es que supuestamente te arreglan una cosa pero te estropean muchas más; y aquí me tienen: luchando por recuperar la movilidad y la fuerza de toda la mano  y muñeca. Tras una semana sin férula, la inflamación ya está bajando y puedo hacer —con dificultad— cosas tan útiles como abrocharme los botones de la camisa y subirme yo solo la bragueta del pantalón.

Bueno, el caso es que, aunque me he pasado este mes y pico mirando para otro lado, sin querer verlo (sin querer verla), al final me detengo por el cuarto de las bicis y allí está Milady, tirada, tal y como quedó aquel día antes de irme para el hospital: cubierta de polvo; con algunas manchas de sangre en los puños del manillar,  todavía visibles ya  que estos, los puños, son (eran) de un elegante color blanco;
las dos ruedas desinfladas; el asiento torcido, y las manetas de los frenos, descolocadas, bizcas, mirando cada una en sus diferentes angulos, hacia donde buenamente quieren o pueden. Entro, y Milady no levanta  cabeza; no reacciona; parece como si le hubieran dado una buena zurra.

 Me dedico a ella mínimamente, un rato, para ver de ponerla en marcha; le inflo las ruedas y repaso, más o menos superficialmente, los elementos fundamentales: transmisión, frenos, etc.  Me pongo el culotte, las zapatillas, las gafas, el casco y —como puedo, con dolor— me calzo los guantes de invierno que pienso que me protegen más. Ya en la calle, algo nervioso y con bastante miedo, pruebo a montar. Está claro que todavía no soy capaz de hacer el cambio de coronas, ya que me exige para ello utilizar la mano derecha, así que me apaño cambiando  solamente de plato con la mano izquierda: de esta forma consigo, al menos, el poder usar tres marchas distintas. Pruebo una y otra vez a liberar los pies de los pedales automáticos: me da pánico quedarme atrapado, y no quiero ni pensar —si me desequilibro y acabo otra vez por el suelo— lo que le pasaría a la mano si sufre otro golpe con una fractura tan reciente como la que tengo. Y así, muy inseguro, me voy para la gasolinera.

La limpio con la manguera arrastrando toda esa capa de polvo y, poco a poco, vuelvo a ver esos magníficos reflejos que, como aguas, hace su fibra de carbono. Miro con muchísimo cuidado que no se haya formado ninguna grieta en la estructura del cuadro. Observo sus arañazos y magulladuras. Nada importante. En  la cubierta de atrás veo que se forman unas minúsculas pompas de jabón, con un lentísimo petardeo. Seguramente tiene un poro y por ahí se escapa, mínimamente, el aire, aunque aguanta bastante bien. En cuanto pueda, tengo que ponerle líquido anti pinchazos. Monto, y analizo los problemas: no puedo empuñar bien, ni frenar bien con el freno de atrás que es el más prudente, ni cambiar bien y el bacheado de la carretera, que se trasmite a traves del manillar hasta la mano, me hace ver las estrellas a cada mínimo movimiento o golpeteo: Para casa.


Tengo una sensación extraña; como triste, desesperanzada. Pero no me doy cuenta de qué es hasta que no dejo la bicicleta en su sitio; estoy tan preocupado por mi mismo que no lo he percibido antes. La horquilla, los frenos, los cambios, el cuadro, todos esos componentes maravillosos, están ahí;  cumplen su función como antes, sin apenas  algo más que algunos arañazos, pero…

...Pero Milady no habla. Ya no habla. Parece sólo un montón de artilugios caros ensamblados; es como si lo que se le hubiese roto fuera esa otra cosa extraña, ese raro don que tanto me desconcertaba y sorprendía, mucho mas que su evidente cuerpo de gacela. Lo tengo claro, a Milady, lo que se le ha roto... es el alma.



jueves, 29 de septiembre de 2011

San Miguel


Hace tantos años que me llamo Miguel
Y tan acostumbrado estoy a su sonido
Que de migueles ando transido.
Acudo sin trabajo cuando suena
Y es tan su sonido una condena
Que llevo pegada a mí, como la piel,
Que baste decir «Miguel» y me doblega
Atento a toda voz que me solicita.
Pero en esta fecha septiembre llega,
—Mientras madura la uva y el membrillo
Enamora de nuevo el veranillo
Y amable todo el mundo, ¡me felicita!

martes, 20 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo V (La caida)

V.-Milady y la caída.

Estos últimos meses no he parado de montar en bicicleta. Todos los días. Cada día más. En fin, que estoy hecho una máquina; en mi vida me he sentido más fuerte pedaleando. Nunca había podido subir por semejantes sitios a esa velocidad. ¿Y cuesta abajo? Cuesta abajo me tiro a tumba abierta, como si flotara. Los colegas tienen miedo de salir conmigo (es una broma que les hago) y andan por ahí medio pachuchos con alergias y esas cosas.
—No os preocupéis —les digo—, lo siguiente es lesionarme y ya nos pondremos a la par en la convalecencia.

Profecía auto cumplida. Ayer subí a ese cerro que tengo cerca del pueblo adónde voy a ver las puestas del sol. Tardé diez minutos menos de la media habitual que empleaba el año pasado. Un círculo rojo rozaba el horizonte cuando comencé a bajar.

Lo que no se puede hacer es montar y tener la cabeza en otro sitio, ¿verdad? Normalmente, desde aquí suelo bajar por unas lomas algo complicadas, pero divertidas y ¡cómo ya me lo conozco...! realmente puedo sortear sin excesivos problemas los surcos y barrancos que las cruzan por todos los lados. Esta vez iba rapidito, pensando en mis cosas, que si patatín, que si patatán, cuando me di cuenta de que —al estar distraído— había escogido bajar por otro sitio desconocido y que me había metido en un buen berenjenal. ¿Qué hay que hacer en esos casos? Echar pie a tierra, ¿no? Justo lo que yo no hice. Y al final fue la cabeza (cubierta por el casco, eso si) y no el pié, lo primero que tocó el suelo.

Aunque maltrecho, pude levantarme casi enseguida. ¿«Y Milady», estarán pensando ustedes? Pues sí, la pobrecilla estaba conmocionada, asustada, aunque parecía que había salido bien librada. El estropicio más evidente que tenía era el sillín torcido por la fuerza del impacto, pero había caído por el lado bueno (el izquierdo, el contrario a los platos y desviadores) y parece que estaba sin daños importantes: habrá que revisarla con más cuidado. Bajamos andando lo que quedaba de ladera hasta un arroyo próximo y allí me lavé un poco los rasguños de brazos y piernas. Renqueando, monté, magullado por todo el cuerpo, cadera, hombros y brazos, y nos fuimos en la noche para casa, como furtivos en el campo solitario.

Lo que me dolía bastante, mucho, era la mano derecha y sobre todo el dedo pulgar o pólice, como quieran llamarlo, que yo prefiero hacerlo por este último nombre ya que el primero me recuerda demasiado a ese cuento de la infancia: Pulgarcito y, no sé por qué, pero no me suena del todo serio. En cualquier caso, pronto se acabaron los problemas sobre como nombrarlo, ya que tardó muy poco en ponérseme como una morcilla de Burgos y creo que nunca se ha podido decir mejor y con mayor propiedad que ese dedo no es otro sino el dedo «gordo», como normalmente le dice la gente.  En fin, que después de ducharme y hacerme las primeras curas, agarré el coche, que afortunadamente es automático y no tengo que cambiar las marchas, y me fui para urgencias:
El hospital está a unos doce kilometros pero, como no hay tráfico, llego enseguida. Me atienden rapidito. Suerte. La radióloga es simpática y bromista.
—Vamos a ver qué dedo hay que cortar... —me dice, con soniquete burlón, mientras me coloca la mano sobre la placa.
Y al ver que dejo las llaves del coche encima de la camilla, continúa, algo asombrada:
—Pero hombre, ¿has venido conduciendo? ¿Con el dedo así?
—Puedo hacerlo sin problemas. Es el índice el que necesito en los semáforos para metérmelo en la nariz —respondo yo, que también soy finísimo para esto de las bromas.

En fin, el dedo roto. El traumatólogo me da palique mientras me pone la férula
—Seguro que te vas de vacaciones, ¿no? —y sin dejarme decir ni pio—: Esta tarde he atendido a otro ciclista que también (?) se iba de vacaciones —y continúa alegremente—. Tenía el brazo roto.
—Sí, yo también me lo rompí haciendo bici de montaña hace unos años. La cabeza del radio —le digo.
—¿Ves? Lo mismo que el de esta tarde —responde el doctor que, además de tener vocación de adivino, parece estar encantado con que a la gente se le jodan las vacaciones mientras él está trabajando.
—Es lo primero que cae —le contesto, con sonrisa de suficiencia, haciéndome el rudo.

Cuando quiero volver para casa, ya ha avanzado la madrugada. Todo está callado y tranquilo en el vecindario de esta apartada barriada residencial donde está ubicado el hospital. En el coche, me doy cuenta de que, con la férula y el dolor, no puedo hacer el movimiento para desbloquear el volante.
Forcejeo de forma sospechosa en el auto, aparcado en la acera de la solitaria avenida; parece, totalmente, que estoy intentando robarlo.  Nada; no puedo. ¡Maldita sea! ¡A estas horas no pasa nadie por aquí!  ¿A quién le pido ayuda para desbloquearlo (y que no me dé la charla por conducir así)? Los del hospital, descartado, claro.


Por detrás se acercan, cada vez más despacio, silenciosas, las luces oscilantes de un coche de la policía. Pero eso ya es otra historia...

sábado, 17 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo IV (Verano)

IV.- Milady y la televisión

Pip. Son... las siete de la mañana. Desayuno una gran cantidad de melón; lo tengo por ahí, sin abrir, desde hace dos o tres semanas y ahora es cuando está dulce como un caramelo. Es tan temprano que no quiero ni siquiera pensar en ello, volverme definitivamente consciente de que estoy levantado, acabar de despertarme,  no vaya a ser que me dé cuenta de lo que estoy haciendo y me vuelva, de un salto, a la cama. Me muevo con los gestos automatizados, rápidos, eficaces, que siempre uso para preparar el equipo: El camel back, el GPS, un plátano, dos barritas energéticas, un bocadillo de jamón y tomate. Meter a Milady, que casi no se despierta, en la parte de atrás del coche; salir zumbando. Es una carrera contra el reloj, contra el sol que en pocas horas se enseñoreará, ardiente, del cielo. Ya en la puerta del garaje tengo que volver atrás a por el botellón de dos litros de agua que puse a congelar en la nevera. La idea no es cargar con él —es  muy pesado— sino esconderlo arriba, entre los piornos, en un sitio por donde sé que luego voy a pasar y que la carretera cruza en lo alto de la montaña.

Puerto Chico: Los Raqueros
En el coche, la maldita radio se ha despendolado y ha perdido su posición habitual en el dial. Pues mejor. Escucho un interesante programa que están dando, desde no sé qué emisora, sobre los «raqueros» que, al parecer, eran unos golfos que había en los muelles de Santander y que andaban por ahí, merodeando, robando lo que podían, o arrojándose al agua para recuperar las “perrucas” que les tiraban las gentes acomodadas; de dinero; con tanto que no les importaba perder un duro de plata si es que tenían la ocasión de ver a un niño boquear, ahogarse, pelearse entre ellos por conseguirlo. Niños náufragos, de padres ausentes, siempre en algún puerto lejano  —cuando no, sepultados en el mar— y de madres alcohólicas, aperreadas por la vida; Niños ‘raquer’ (de wrecker: destructores de barcos, saqueadores de naufragios) avistados con ese grito de alarma desde las bordas de los barcos extranjeros cuando venían a descargar mercancía; ladrones de sus propias vidas, de su infancia inexistente. La foto es de ellos: de los raqueros de Puerto Chico. También escucho hablar sobre Pereda y sobre otras cosas de las que no tenía ni idea y hubiera seguido sin tenerla. Pero para eso, para que la tenga, se ha despendolado la maldita radio. ¡Hay tantas cosas que no sé! ¡Tantas radios sin despendolarse en mi vida!

Subo con cuidado el puerto. La carretera es estrecha y, aunque es temprano, ya resulta fácil encontrarse con ciclistas que sufren en sus rampas; que aparecen de repente como clavados en el asfalto, aparentemente detenidos, verticales, quietos; como si fueran las figuritas de un belén. No quiero atropellar a un ciclista. No quiero atropellar a nadie, pero menos a un ciclista. Ya estoy en lo alto; el aire y el sol son distintos aquí arriba, en la montaña. No queda ni rastro de nieve pero los prados aún están verdes y jugosos y las piedras limpias y brillantes. Un poco más allá, paro un momento en el sitio conveniente y escondo, entre los piornos, la botella grande de agua que he traido; dos litros menos que llevar cuesta arriba. Desciendo por la otra vertiente, manejando despacio, con cuidado; parece imposible que quepamos dos coches.

Por fin llego a Alameda. Está en fiestas, adornada de banderolas; los últimos juerguistas, trasnochados, por los rincones. Todo se repite; ¿estoy atrapado en el tiempo?, ¿es el día de la marmota, como en la famosa película? ¿No? Entonces es que hace justo un año que vine por aquí (o que están siempre de fiestas en verano) Todo está igual, excepto tú, Milady, que te despiertas, de golpe, en cuanto que te pongo la rueda delantera; para ti si es la primera vez. Todo está igual, excepto yo, Miguel;  que soy un año más viejo, un año más duro, un año más sabio, un año más triste, un año más seco, un año más fuerte.

Pronto dejamos el río atrás y el camino se va empinando poco a poco. Milady sube como un podenco que rastrea la presa; no hay problema por ese lado. Cuando llegamos a las rampas fuertes ya hay bosque y vamos, la mayor parte del tiempo, por la sombra. Paso, tranquilamente, por sitios que reconozco del año anterior; lugares donde me paré a descansar, agotado. Tengo la mente atrapada, obsesionada con pensamientos cíclicos; tan cíclicos como el monótono pedaleo. Es un ritmo constante, cadencioso, que me empuja hacia arriba casi sin cuestionármelo. Estoy cubierto de sudor; el sillín se me clava en el perineo; la badana del culotte se apelmaza y me oprime los testículos; no sé si parar; ¿son pretextos para hacerlo? Creo que sí. «Cuando llegue al refugio de la Majada ya estará ‘chupao’, me comeré el plátano y descansaré», pienso. Siguen las rampas. «¡Vaya, no me he puesto música con el ipod!¿Paro?» No. Es un pretexto. «Cuando llegue al refugio de la Majada ya estará ‘chupao’, me comeré el plátano, me pondré la música y descansaré». Miro hacía el valle. Es impresionante: los pueblos blanquean, las eras ocrean  —si pudiera decirse así —, la línea verde del río... «¿Hago una foto?» No. Es un pretexto. Y me repito, obstinado: «Cuando llegue al refugio de la Majada ya estará ‘chupao’. Me comeré el plátano, me pondré la música, haré las mejores fotos del mundo y... descansaré», .

Sigo subiendo. Ese maldito refugio tiene que estar por aquí. Levanto la vista esperando verlo aparecer detrás de cada curva. Como sé que está: lo espero, lo deseo, representa el fin del sufrimiento. «Zen, zen», me digo. «No existe ningún refugio, no hay refugio» No es más que una ilusión, un sueño de verano, una meta más de las que nos proponemos para no vivir en el presente, para no sentir el presente, para no estar en el presente sino en un futuro engañoso, donde seremos felices, donde nos comeremos un plátano, donde descansaremos sin necesidad de pretextos. Y, luego, la vida, ya estará chupada.

Disfruto con cada pedalada en un presente que se extiende ilimitado, ocupándolo todo, llenando cada instante. Cuando menos lo espero —cuando menos lo necesito—aparece el refugio de la Majada. Paso por delante sin parar, sin descansar, sin comerme un plátano; casi sin mirarlo. Al poco rato, todo se pone plano; incluso, se inclina en suaves y breves cuestas abajo. ¡Qué sensación!, las piernas me tiemblan. Milady se lanza veloz y yo la voy reteniendo. El paisaje es lindísimo; unos dos kilómetros antes de salir a la carretera, a la derecha, un poco apartado, descubro un arroyuelo en medio de un prado encantador. Me paro a comerme el plátano. ¡Ahora sí!, ¡sin patrañas!, ¡sin pretextos!Disfrutando plenamente de mi decisión soberana, del acto volitivo de comer, sin ninguna contaminación de otros deseos. Es, desde luego, sin lugar a dudas... ¡un sitio ideal (el sitio ideal) para comerse un plátano!

Continúo hasta la carretera. Recojo el agua que escondí al pasar por allí hace unas horas; aún está fresca. Me hubiera gustado que me viera alguien. Quiero decir, alguien que tuviera sed. Entiéndanme: eso de ir a los piornos, y sacar de entre ellos, de repente, una botella todavía empañada de agua fresca, como un prestidigitador. ¡No me digan que no parece un spot publicitario! ¡Ah, pero sí! ¡Ahora recuerdo! Sí que había alguien; un ciclista de carretera estaba parado justo en el entrante de unión de esta con la pista. Sí, sí. Yo caminé, ostentoso, hacia los piornos, y saqué mi agua (!) Cuando me volví, triunfante, para ver el efecto que le hacía, el tío... ya se había ido. Se lo perdió. Me lo perdí.  Naturalmente, le hubiera ofrecido.

Después de, más o menos, otro kilómetro, esta vez por carretera, hay que desviarse. Lo que viene a continuación es una larga y trepidante bajada —constante, rapidísima— por unas pistas que van por la margen izquierda del arroyo del Aguilón. Ahora sí que me pongo música; a todo volumen; AC/DC, ¡para matarse! Luego, ya en el valle, lo que me queda es cruzar el arroyo por un puentecito y descender por un camino de cabras, de esos que le gustan a Milady, que discurre por su margen derecha. Kilómetros más abajo llego a una poza en el arroyo con su doble cascadita y todo. No sé ustedes, pero yo siempre me baño en pelotas. No, no soy nudista; porque ser nudista es como una declaración de intenciones; yo no la acepto para definirme. Los otros son los textiles. Bañarse desnudo es lo normal, y envuelto en incómodas telas debe considerarse la excepción. Luego, si hay que adjetivar a alguien, por favor, adjetivemos a los “textiles”.

Desnudo como los animales, desnudo como los raqueros de Puertochico a la captura de su moneda envuelta en papel de plata, desnudo como la verdad desnuda me tumbo al sol en una piedra y devoro el bocata de jamón. Ahora pienso... una poza como esta debe tener sus pretendientes; ya estamos lo suficientemente abajo como para que aparezca una parejita de bañistas o algo así. ¡Qué les den, si vienen!, ¡no pienso vestirme!

El caso es que, cuando estoy más a gusto, el que aparece es un señor con un niño y un perrito blanco. Bueno, el niño también lo es (blanco, quiero decir). Yo..., tranquilo; ni miro. Al principio parecen cortarse, pero al final el hombre se me acerca y me dice no sé qué de qué... que es de un pueblo cercano… y que viene con una gente que están haciendo un reportaje… y que si no me importa cubrirme… en fin, ¡un rollo!  Le pregunto cuánto tiempo van a estar por aquí y me asegura que no más de diez minutos y a la vez, con toda confianza, y una sonrisa, me alarga el culotte que yo había dejado tirado por encima de unas piedras. Bueno, me lo pongo. Supongo que andan haciendo fotos del rio, o algo así, y que quieren hacerlas de esta poza, que es espectacular.  Enseguida aparecen otros dos tíos con una cámara de video profesional. De fotos de naturaleza, nada; están buscando fauna dominguera y, sorpresa (!), vienen precisamente a por mí:

—Hola, somos de Mi Cámara y Yo —me dice el simpático, cómo si dijera: «Soy el Papa de Roma». Este no sabe qué hace más de mil años que no tengo tele.
—¿Y eso qué es? —pregunto, en plan garrulo.
—Un programa de Tele Madrid, y estamos entrevistando a la gente… —O no sé qué más me dijo; el tío es un paleto y me llama "caballero”, como hacen esos dependientes ampulosos de las pizzerías, o los agentes de los call centers, cuando quieren ser la hostia de finos y elegantes; y me pregunta la edad y todo: admirado de que llegue hasta aquí con la bicicleta... Debe ser que me ve un poco tarra. Si supiera que, en realidad, he venido cruzando las montañas —¡desde el otro lado!— y no, como viene él, de los próximos pueblos de este valle... (¡Y pensar que yo me he vestido para estos capullos!)  En fin, al final, les digo que sí, que claro, pero que no es una bicicleta cualquiera, ¡que es Milady!, y que con esta nena, como pueden ver, como ya están viendo, cualquiera puede ir a donde se le antoje; Incluso un tipo como yo: un viejales con un pie ya en la tumba, y que... bla, bla, bla, hablo por los codos, mientras los tios me graban.

Menos mal que se van enseguida, así que me emporreto de nuevo y me doy un baño para quitarme el mal rollo. La que está cabreadísima (?) es Milady. Me dice:
—Fíjate, salir en la tele y estás hecho un gañan. Sin afeitar y con esos pelos de loco.
—Bueno, yo...
—Y yo aquí, llena de polvo y guarrería. Además, no has preguntado cuándo lo van a poner…
—Po…po…poner… ¿el qué? ¡¿Para qué?!
—Para qué va a ser, imbécil (esa boquita que tiene) ¡Pues para verlo!
—Y para qué quiero yo verme en la tele si ya me veo en casa —intento ser aplastante con mi lógica, y continúo —. Además, la tele engorda.
—No lo dirás por mí —responde, hecha un basilisco, porque es de carbono y se lo tiene muy creído.

En fin, que me visto y la agarro del manillar con ambas manos poniéndola de pie sobre la rueda trasera. Se queda paradita como una grácil bailarina. Por un momento parece que vamos a bailar un vals o a quedarnos así, mirándonos, enlazados, en la socarrera de la tarde. De esta forma, la empujo con mimo cuesta arriba desde la margen del arroyo y, así, vamos subiendo entre peñascos, buscando el camino que se adivina unos cien metros por encima de nuestras cabezas. No dice nada, dócil, se deja llevar. Al llegar arriba, la monto. Seguimos de morros un rato; pero, luego, el sendero se llena de pedruscos, raíces, arena… todo eso que a ella le gusta, y al poco, ya estamos bajando dando botes y derrapando;  riendo por cualquier cosa; comentándolo todo... Es verano.





viernes, 16 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo III (Primavera)

Un día de lectura con Milady

En la entrada de hoy —bastante extensa— cuento como pueden cambiar los escenarios habituales de forma insospechada provocándonos extrañas situaciones.
Apenas he cambiado el texto original —escrito en un precioso día de primavera e, indudablemente, (y prescindiendo de falsas modestias) con una excelente vena narrativa— pero he aprovechado para revisar los signos ortográficos y, en general, la puntuación: un tema del que siempre he pasado hasta ahora, y que —¡lo que son las cosas!— últimamente, en estas reediciones, me está resultando enormemente entretenido.




Está claro: si me quedo en casa no voy a avanzar nada en la lectura del libro que me han dejado. Así que lo meto en la mochila, junto con un acuarius; me pongo un culotte corto que me resulta más cómodo que vestirme; me calzo las zapas, los guantes, un buff, de esos que uso para todo por la cabeza, (total, el casco, ¿para qué?, si sólo voy a dar un paseo) y me bajo a por la bici: que la dejé dentro del coche, ayer, después del palizón que nos metimos. Se me ocurre que la solución es ir al parque y leer tranquilamente junto al lago que siempre está solitario.
Milady, (ya saben, mi supernena de carbono) me recibe un poco cabreada por haberla dejado toda la noche en el maletero, con la rueda desmontada, y sin limpiar; pero enseguida se le pasa al ver que enfilamos para la calle. A esta le gusta la calle más que a los niños los caramelos.
Llegamos al parque, y resulta que hay liada una buena con un mercado medieval… Bueno, ¡no importa! Rebasamos los puestos y la gente dominguera y nos vamos para el lago, que siempre está tranquilísimo, a buscar una buena sombra.
Todo el lago está tomado por infinidad de familias montadas en bicis de todo tipo («bicis de juguete» dice, despectiva,  Milady) vestidas con una camiseta de un repelente color verde loro. Desde una plataforma vociferan por la megafonía no se qué del reparto de premios. Aún así intento acercarme a mi, habitualmente desierto,  sitio favorito de lectura: un pequeño murete de ladrillo,  bajo un sauce, enfrentado al lago. Vamos sorteando nenes estúpidos, empeñados en meterse debajo de las ruedas, y mamás que gritan: “¡Borja, Borja!”. Voy despacio, haciendo equilibrios, con los pies atrapados en los pedales automáticos que se atascan frecuentemente por no haberlos limpiado del barro de ayer. Más de mil veces estamos a punto de pegárnosla y acabar en el lago, o algo peor.
—¡Sácame de aquí, gilipuertas! —masculla Milady, que se corta de hablar alto cuando hay gente, pero no de hablar mal (Lo pija que es y la boquita que tiene…)
—No. Si yo pensé... Quería ver si… —titubeé yo.
—¿Ver?... ¡Nada! ¿Qué hay que ver? —Se calienta Milady —. Una jodía actividad dominguera para “japisfamilis” —(A veces le da por ahí, por el inglés.)— ¿Qué pintamos tú y yo aquí?
La verdad es que tiene razón. Estamos totalmente fuera de ambiente. Descabalgo y voy cruzando,  andando,  entre familias de gente más bien clásica y pequeño burguesa: mamás pijinas, papás cuarentones, con barriguita, y mocosos, atontados por el sol y el ruido; todos vestidos de verde con camisetas que dicen: “fiesta de la bicicleta”,  y con sus “juguetes” tirados por cualquier parte. En el medio, yo, como si fuera un chiflado Don Quijote: con melena y perilla de mosquetero;  con un extraño trapo en la cabeza; marcando ridículamente paquete con un culotte ajustadísimo; con los zapatos— equipados con calas para los pedales automáticos—sonando a claqué,  y el camelback a la espalda (aunque no lleve agua lo uso de mochila) como si fuera a participar en una maratón de veinticuatro horas por el desierto. En la mano derecha —igual que si portara un halcón— exhibo una maravilla, de bastantes miles de euros, que me sigue rodando, a la vez que refunfuña por lo bajinis.
—Nada que hoy no leo —me digo.
Cuando se aclara un poco la cosa, vuelvo a montar:
—Buscaré una sombra en las afueras.
Atravesamos la zona industrial, el pequeño arroyo y, en sólo uno o dos kilómetros más, ya estamos en pleno y solitario campo. Está esplendoroso de flores: miosotis, viboreras, jaramagos, amapolas, margaritas, dientes de león, cantueso… ¿qué sé yo! Una sinfonía de colores y olores que lo cubre todo, explotando al sol. Milady devora el sendero como si fuera un podenco detrás de su presa. Da pena pararla. Seguimos y seguimos, cada vez más lejos. No llevo agua, sólo un acuarius; no llevo casco; aún me duelen las rodillas del esfuerzo de ayer... pero el camino se abre por delante y el suelo vuela bajo nosotros; el aire me refresca bajo el sol, y la sensación de libertad es absoluta.
Por fin llegamos a lo alto de un cerrillo, marcado con un vértice geodésico y por donde pasa una cañada. Sólo me cruzo con tres jinetes a caballo que van conversando y que, pronto, desaparecen. No se oye una voz; nada más que el silbo de los pájaros. Se mueve una ligera brisa entre las encinas y las retamas.
Vengo aquí muchas veces. Es mi recorrido preferido de entrenamiento para cuando no dispongo de mucho tiempo, porque tiene de todo: subidas, bajadas, tramos entretenidos técnicamente…, y está a una distancia conveniente del pueblo. El paisaje es bonito, y las puestas de sol tras las montañas resultan bellas. Hay una plataforma grande, como un depósito, de un metro de altura y cubierta con unas chapas negras que resultan ideales para tomar el sol en invierno. Cerca hay también un inexplicable banco de granito (había otro pero robaron la losa) bajo la sombra de una encina para resguardarse en verano. Naturalmente escojo este último y apoyo a Milady en el tronco del árbol y ahí se queda —magnífica en su quietud— como si fuera una elástica pantera agazapada en la sombra esperando a su presa.
Me tumbo en el banco, sintiendo el frio de la piedra en la espalda, y con la mochila improviso una almohada. El sol hace guiños a través de las ramas de la encina y los pájaros alborotan sin pizca de respeto; como si yo no fuera nadie; como si yo no estuviera allí.
¿Quién lee ahora, con lo bien que se está? Me da la tentación de dormirme. Pero no, después de racanear un rato, saco el libro —que tengo atascado sin leer nada desde hace quince días para vergüenza mía, porque hace meses que me lo prestaron— y leo.
Leo...y leo cada vez más interesado; recuperando la historia interrumpida; los personajes ya casi olvidados. Leo... y leo siguiendo los avatares de Smitty, con muchísimo gusto, con carcajadas a veces —menos mal que el sitio es solitario, qué cualquiera pensaría que estoy loco (!)— Leo...y leo con admiración... ¡Esto sí que es escribir y no lo que yo hago! Pero…, este tío… ¿quién es? ¡Qué ingenioso! Noto que me está hablando a mí, que está jugando con mis expectativas y mi sorpresa. Me lo imagino escribiendo  y pensando: «je, je, ¡ya verás cuando lo lea Miguel».
Hablo con el autor:
— ¿Cómo te llamas? —le pregunto — No sé ni cómo te llamas.
Y voy corriendo a mirar en la solapa. Es lo que tiene los libros prestados y forrados: para mi es el libro de Cristina. No tiene título, ni autor.
De repente, bajo el solazo del mediodía, estoy feliz. Soy feliz. Muy feliz. Y siento que comprendo muchas cosas; y tengo una de esas experiencias de sabiduría que me dan de vez en cuando: una especie de teleles místicos que no sirven para gran cosa porque al rato ya no recuerdo nada de todas esas cosas importantes y profundas que pretendidamente descubrí, y que se desvanecen como humo al contacto de lo cotidiano. Aun así —feliz y conmovido— me monto en la bici para iniciar el descenso. Sé que debo tener mucho cuidado al bajar porque estoy como sí me hubiera fumado siete porros; pero al final me relajo, suelto los frenos y confió en Milady.
—Llévame a casa— le digo;  y ella se tira, con alegría, por los barrancos: sortea surcos, salta sobre piedras, culebrea en los lechos de arena, se come las cuestas arriba como si llevara un motorcito en el culo y me deposita de nuevo, elegantemente, en el pueblo casi sin que yo tenga que hacer nada. Quizás esta sea la mejor técnica. Dejarle hacer a ella que es la que sabe. Ella es una atleta, y está diseñada para esto hasta el último cable. Mejor no estorbar con mi torpe estilo de conducción.
Camino de casa, pasamos por el chino a comprar el pan. Hace tiempo que no vengo. Antes me acercaba a menudo porque había una chinita que me gustaba. Luego dejé de venir. Un día, que pasé ocasionalmente, la vi embarazada, y ya no volví. Hoy estaba allí. Sacó un bebé del fondo de la tienda y lo dejó en un cochecito. Me acerqué:
—¡Has tenido un niño! ¡Enhorabuena!
—Niña. Es niña —me respondió, con su lengüita de estropajo.
Me incliné a mirar. Un rollito primavera, de ojos rasgados y puños levantados, como un diminuto Mao Tse Tung, ocupaba una pequeña parte del coche cuna.
—¿Cómo se llama? ¿Qué edad tiene? —pregunté; todo a la vez.
—Tiene tleinta y seis días y se llama Isabelll —contestó la china, haciendo sonar las eles como campanillas de plata.
¡Isabel!  (?). Me chocó el nombre en español
—Con esa dicción que tienen... ¡no la van a llamar Gloria!— me dije, para mis adentros, guardando el pan en la mochila y montando en Milady.
Mientras me iba pensé en ese gracioso no pronunciar la erre y recordé la anécdota de aquel día, hace más de un año, en el que ella estaba, milagrosamente, sola en la tienda. Nos gustábamos —eso se nota— pero antes apenas habíamos hablado más allá del precio de los productos que yo compraba, y hola y adiós. Sólo aquel día...
Yo buscaba unos guantes para fregar y no los encontraba de mi tamaño (tengo unas manazas largas). Le pedí que me ayudara, y puse mi mano sobre el mostrador para que viera cuál era el problema. Ella, admirada, posó por un momento su manita sobre la mía, como si midiera, y dijo mirándome, con coquetería:
—Oh sí. Mano glande, muy glande.
Sentí como un chasquido que me subía por toda la columna vertebral. Luego sonreí. No creo que supiera lo que estaba diciendo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo II.- Otra vez Milady

Hoy presento el segundo capítulo: Una excursión que pasaba por uno de los núcleos de población permanente más altos de la península. Aunque no lo cuento en esta historia, que se refiere sólo a la primera parte de la jornada, fue una auténtica aventura en la que acabé totalmente perdido, sin ningúna traza de camino, en valles y gargantas absolutamente inhospitas, y en medio de una amenazadora tormenta.

Otra vez Milady

—“Me llamo barro aunque Miguel me llame” —le digo a Milady, para hacerme el simpático, parafraseando al poeta de Orihuela.
Milady, ya saben, es mi nueva, atlética y extraordinaria bicicleta de carbono, que me ha costado un pastón y que, entre otras cualidades increíbles, tiene la capacidad de seguirme las conversaciones. Un poco a su aire, eso sí.
—Te llamarás barro, pero te apellidas mierda —me responde, un poco enfadada. (Esa boquita que tiene…)
La verdad es que esa última calleja por la que hemos pasado estaba llena de plastas de vaca, mezcladas con agua, barro y piedras. Y nos hemos cubierto con un montón de, algo más que sospechosas, salpicaduras.
Esta mañana, aunque amenaza lluvia, hemos salido tempranito, rumbo a lo alto de la sierra. Hay unos hombres del pueblo trajinando con unos caballos en un cercado.
—¿Ustedes creen que lloverá? —les pregunto.
—Por la tarde ya le digo —me responde, rápidamente,  uno de ellos con sonrisa socarrona; y continúa—: Aquí nunca se sabe: lo mismo diluvia que nos achicharramos.
Así que tiro hacia arriba pensando que, si llueve, será más fácil volver deprisa cuesta abajo. La carretera, sin tráfico, sube y sube, en revueltas endiabladas, buscando el último pueblo en lo alto de la serranía. Cuando por fin llegamos a él, repongo agua y sigo para arriba. En una de las curvas a la salida del pueblo me encuentro a un vejete renqueante que se apoya en dos bastones. Como se pueden imaginar, yo voy con la lengua fuera.
—Buenos días.
—Bue bue buenos días, arf, arf —respondo, sin aliento.
Durante unos instantes progresamos casi a la vez y me cuenta que va a la ermita que hay unos dos kilómetros por encima del pueblo; y que lo hace todos los días: haga sol, lluvia o nieve.
—¿Cuántos años tiene usted? —le pregunto.
—Setenta y cuatro —me responde, parándose un poco, y afianzándose en los bastones para mirarme por debajo de la boina.
—Pues nada, ¡qué lo siga haciendo por muchos años más! —le deseo, volviéndome un poco, ya que he aprovechado su parada para demarrar a ver si puedo adelantarle.
—¡La carretera ya no sigue más arriba de la ermita! —me grita, en su último intento de seguir caminando con la hebra pegada.
—¡Gracias! ¡Ya lo sé! ¡Hasta luego! —Agito la mano en despedida. No creo que le vuelva a ver... parece que aguanta el agua. Mi plan es seguir hasta lo alto de ese monte, aprovechando unas pistas forestales, bajar luego a un pueblo que hay en el valle de la ladera opuesta y volver desde ahí, de pueblo a pueblo,  por la carretera que, varios centenares de metros más abajo, los une.
Por fin llegamos —Milady y yo— a la ermita, donde definitivamente se nos acaba la carretera, y un poco más allá, junto a unos barracones, es por donde nos hemos puesto guapos de agua, barro y lo demás.
La pista sube y sube, implacable, sin dificultad técnica; sólo una pendiente, sin alivio alguno,  formada por rampas que se suceden una tras otra haciendo zetas. De vez en cuando tengo que parar, haciendo como que disfruto del paisaje,  para darle un respiro a los pulmones y al corazón. Milady, fuerte, obediente y silenciosa, ataca las cuestas sacando el máximo rendimiento a cada pedalada y, cuando es necesario, cambia de platos y piñones con una precisión de reloj suizo. Yo creo que esta bici se merece un ciclista mejor que yo.
—¿Qué tal vas? —pregunto, por decir algo.
—Bien —me contesta, un poco secamente—. Menos charla y da pedales, que todavía falta un huevo.
Con lo que opto por no perder resuello en conversaciones inútiles, y me concentro en mirar las nubes amenazantes y sentir las ráfagas de viento húmedo que, de vez en cuando, juegan a desequilibrarnos. Hay algo extraordinario en la soledad de estos páramos


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Historias de Milady. Capítulo I.— Milady en casa

En vez de tener el blog vacío, y mientras ustedes se animan, o no, a leerme de una p. vez (es broma) y a mí se me ocurre algo mejor, o más nuevo, que contar, y para no estar ocioso, estoy reeditando por capítulos (haciendo pequeñas correcciones) las Historias de Milady. Aquí va la primera. Tengan en cuenta que la historia original la escribí un lluvioso mes de abril y el blog exitoso al que me refiero es el del PAIS.

I.— MILADY

Con esto de la lluvia el blog va muy bien pero la que está que trina es mi bicicleta nueva.
—Bueno rico, ¡a ver si me sacas algún día! —me grita, en cuanto que me oye pasar cerca de donde la guardo. Aunque me costó un montón de dinero, tiene unos modales que no son del todo refinados.
—Ya saldremos. Ya saldremos.  ¿No ves la que está cayendo?
—Cuatro gotas, eso no es nada. —responde, marchosa. Afuera no para de diluviar.
—Mira Milady —Yo la llamó así —…si salimos ahora nos vamos a poner perdidos.
—Y qué más da.
—¡Claro! Luego me toca a mí quitarte todo el barro, limpiarte, secarte….
La verdad es que no me importa. Si ustedes la vieran… es… ¡preciosa! Toda de carbono, y con unas resistentes vainas de escandio; equipada con los mejores componentes. Estilizada, elegante, atlética… una auténtica campeona. Cuando volvemos de una excursión, antes de nada —incluso antes de secarme yo—, la lavo delicadamente con agua tibia, jabón neutro y una esponja suave; la desengraso a conciencia, sobre todo por los bajos —que se le llenan de porquería—; la limpio con otro paño cuidadosamente, y la seco bien, frotándola toda, con una toalla vieja. Luego le doy con un perfumado aceite de teflón y le pongo grasa en todos los cables. Total que, para cuando he terminado con ella, resulta que yo ya estoy helado y al borde de la pulmonía.
A veces nos peleamos.
—No sé, no sé. Tampoco eres tan buena —le digo para molestarla—. Me parece que me duele más el cuello cuando monto contigo.
—Sí, claro, cómo que te olvidaste de desbloquear la horquilla, tonto el haba —¡Esa boquita que tiene!...  y continúa—: Hemos estado tirándonos por todas las cuestas llenas de pedruscos con la suspensión bloqueada. ¡Para habernos matado!
—Eso no me pasaba con la otra… ¡que tenía desbloqueo en el manillar! —digo yo, chinchón.
Si hay algo que Milady no soporta es que hable bien o con añoranza de la pesada y vieja bici de aluminio que tuve antes de ella.
—¡Pues haberte quedado con ella, so imbécil! ¡Ganas de gastar el dinero!

Al final, hacemos las paces. Si no podemos salir, la monto en casa y jugamos a hacer equilibrios. La sujeto fuerte por el manillar, freno decididamente, y miramos a ver cuánto podemos aguantar de pie sin sujetarnos a nada. Ella, clava los frenos de disco, cede progresivamente bajo mi peso, con esa delicada suspensión que tiene, y tensa toda su maravillosa musculatura de carbono. Es casi humana.



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lunes, 12 de septiembre de 2011

Ya me han hecho el TAC

¡GUAU! ¡QUE CHUTE DE MILISIEVERTS! ¡Me rio yo de Fukushima!

Antes me han hecho firmar un montón de papeles que, naturalmente, yo, que soy tan pánfilo, no me he leido ¿Para qué? Confio en los médicos.

¡Toma tomografía!













domingo, 11 de septiembre de 2011

Milady asesina

Ya hace más de dos meses de la última, infortunada, caída (o atentado) que tuve con Milady, la pija, mal hablada, asesina, bicicleta de carbono.
Mañana vuelvo al hospital para que me saquen, de nuevo, imágenes del coco como si fuesen rodajas de mortadela. Si son capaces de atrapar los pensamientos, los recuerdos, las emociones, entonces puede salir cualquier cosa; pero si sólo ven texturas, membranas, meninges y otros fluidos y substancias más o menos asquerosas... Supongo que dirán lo que mucha gente me viene diciendo desde hace tiempo, mucho tiempo: «Cabezota. Cabeza dura... como un adoquín» y eso que no saben que sigo montando.
Thick as a brick, duro como un ladrillo, vieja expresión inglesa para señalar a los que no damos mucho de sí por más que nos esforcemos; aunque prefiero pensar que, para mí, el sentido está más vinculado a mi capacidad de resistir los golpes de la vida sin cambiar de principios e ideales. Al menos, no mucho, no demasiado, no para peor (sea lo que sea ese “peor”).   La,  ahora tan de moda y famosa,  resiliencia.

No dejen de ver el video completo: se desmadra enseguida, antes de la mitad. Me encanta, me trae cantidad de recuerdos. Quizás sea un poco largo para las prisas con las que siempre andan ustedes (y perdón por señalar) ¡cosas del rock progresivo! je, je. Pero indudablemente... ¡una joya! ¡Qué lo disfruten!

Nos vamos, nos vemos.

sábado, 10 de septiembre de 2011

El sueño de la jabalina

One, two, three, four… No cabe duda de que para construir las imágenes visuales de nuestros sueños tomamos los materiales de las más inopinadas experiencias recientes. Anoche, repasando por casualidad mis viejos vinilos, encontré este de Roxy Music ¡Hacía tanto tiempo que no lo veía o escuchaba! Sin darme cuenta, en un instante, por arte de birlibirloque, una época entera de mi vida se materializó ante mí.
Y ahora, dejenme que les cuente El Sueño de la Jabalina que he tenido esta noche. No tiene nada que ver con todo esto. ¿O sí?.


El sueño de la jabalina.

La gran jabalina reposa apoyada contra el armazón de madera. Enfrente, un camino de arena se abre paso entre la vegetación rastrera de las dunas que forman la costa y, más adelante, se extiende el mar —tranquilo, apacible— bajo el sol del verano. Agarro la jabalina y la sopeso. Unida a su extremo posterior hay una larga cuerda de un color rojizo, desvaído, aclarado por las horas de sol recibidas y por el salitre, y que, supongo, debe servir para recuperarla desde donde quiera que caiga tras ser arrojada. O quizás evite que se pierda, o que la roben; o cualquiera de esas otras cosas posibles, que vaya usted a saber qué. O quizás sea, también, lo más seguro, una mezcla de todas ellas. El otro extremo aparece atado —próximo a la línea de la playa—al final de una estructura de madera que, como un pórtico, acompaña todo el recorrido de la pista de lanzamiento adornada por enredaderas y buganvillas.

Con golpes secos, precisos, hago ondular la cuerda, desenredándola, dejándola recta, suelta y apoyada en los pórticos de madera sobre mi cabeza. Corro descalzo, por la arena, esforzándome, consciente de que la velocidad de mi carrera imprimirá un impulso cinético adicional a la fuerza que emplee en el lanzamiento. Acabada la pista se inicia una bajada pronunciada, formada por las mareas —estamos en una playa atlántica—, de arenas mojadas hasta la línea del mar. Veo a los bañistas, ocultos hasta ahora por el desnivel, y que se reparten en las decenas de metros de agua justo delante mío. Me paro, calculo, amago, me lo pienso: «¿Tiro? ¿No tiro?» No tiro. Con fastidio, con desganada prudencia, aborto el lanzamiento ante el riesgo de dejar a alguien empalado en la jabalina como si fuera un diminuto Moby Dick inadvertido. ¿Qué diablos hacen justo aquí y no en ninguna otra parte de la playa? Supongo que utilizan la pista de lanzamiento, aparentemente en desuso, como un conveniente camino de acceso para darse sus baños.

Al intentar subir de nuevo por la inestable pendiente de arena me encuentro con que hay bañistas tomando el sol, molestando, molestándome, justo en mi camino. El más próximo, directamente en medio de la línea de bajada desde la pista, hace caso omiso a mis gestos irritados para que se aparte. No puedo progresar; la arena se desmorona donde intento sustentarme; y, encima, este imbécil, allí, en el medio; sin la más mínima intención de apartarse, sin dejar traslucir algún amago de comprensión, de simpatía o de amabilidad. Al final, me canso, me enfado, con un cabreo sordo, contenido, lleno de mala intención, y trepo por la pendiente, derecho, sin desviarme ni un centímetro de la trayectoria. Utilizo la parte posterior de la jabalina como bastón para ayudarme en el esfuerzo y para equilibrarme ¿Es culpa mía si la apoyo en su barriga? ¡Qué se joda! Oh yeah!














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