martes, 26 de julio de 2011

El mensaje

 
Me senté, como cada día, a leer en la terraza del bar que tengo debajo de casa. Alcé la vista, curioseando, y entonces la vi: Estaba allí, en la mesa de al lado, llorando sin grandes aspavientos ante un vaso y una botella de coca cola vacíos. Era muy joven, con aspecto de norteamericana. Algo gordita; de ojos azules y una sana dentadura de dientes grandes, quizás un poco infantiles y cuadrados. No cesaba de toquetear el móvil aunque sin llegar a hacer ninguna llamada.

A los pocos minutos —tras vanos intentos de aislarme tratando de leer y saltando de renglón en renglón sin conseguir enterarme de nada—  le pregunté si podía ayudarla. Chapurreó que se encontraba bien pero que sería de gran ayuda si le prestaba mi teléfono para una llamada local; el suyo se había quedado rápidamente sin saldo debido al roaming.

Marcó titubeando, fijándose numerosas veces en un número de su propia agenda, y escuchó impaciente los tonos sin respuesta al otro lado de la línea. Le sugerí que pusiese un mensaje identificándose, no fuera a ser que no contestaran al resultarles mi número desconocido.

Veinte minutos más tarde un pequeño Opel paró junto a la acera. De él se bajó presurosa una chica con el pelo teñido de rubio y rizado artificialmente. Tras un vago gesto de reconocimiento se abrazaron torpemente, como en un velatorio, de pie junto a las mesas. Era evidente que apenas se conocían.  Entraron a pagar y después se dirigieron al auto hablando de manera sofocada. En el último instante, justo antes de entrar en el coche, la joven volvió sobre sus pasos, se acercó a mí, me clavó la mirada —los ojos límpidos, como si fueran trocitos de cielo de esa mañana de verano— y me dio lentamente las gracias mientras me tendía la mano.

Cuando se fueron todo volvió a quedar tranquilo;  como antes. Revisé el teléfono. Un mensaje enviado a un número desconocido decía: «Paula, soy Jane, la amiga de Patty. Perdona que te moleste pero ha sucedido algo horrible. Necesito ayuda urgente. Estoy en el Mogador».

Volví a la lectura sin poder concentrarme. El libro me estaba resultando tremendamente tedioso. La vida escribe páginas mucho más interesantes que las que tenía abiertas ante mí; y lo hace sobre cualquier soporte, en cualquier lugar, en cualquier momento.