domingo, 3 de julio de 2011

Doña Concha y las aceitunas

Siempre que como aceitunas de Campo Real (me gustan mucho) me acuerdo de mi abuela…

Doña Concha se acercaba todos los miércoles al mediodía a comer con nosotros sustentando su voluminoso cuerpo sobre las enclenques y reumáticas  piernas afirmadas por un bastón. Solía llevar chuches poco apetecibles y pasadas de moda  (incluso para aquella época) que ofrecía como tesoros tras quitar las pelusas que se les adherían en el fondo del bolso: Bolitas de anís, garbanzos torraos y castañas pilongas que, supongo, compraba en alguna tienda de barrio tan añosa y a punto de desaparecer como ella misma lo estaba. La buena señora resultaba para mi mente infantil igual de fascinante e incomprensible que cualquier otro viejo —familiar o no— de los que yo pudiera ver por mi entorno; sin que nunca llegase a entender a qué se dedicaban, el porqué de su existencia o cuál era su cometido en este mundo.

Doña Concha —así la llamaba la gente e incluso los niños del vecindario (para mí, naturalmente, era «abuela»)— siempre se bebía con la comida un vaso grande de los de agua lleno hasta arriba de vino. Recuerdo que al servirlo, ya que mis obligaciones en la mesa eran proveer la bebida y el pan, si se me ocurría no llenarlo hasta los bordes ella advertía invariablemente: «Hasta arriba, niño. No dejes corona que no soy monárquica» frase que yo no entendía pero que me hacía tanta gracia que a veces lo dejaba sin completar sólo por oírselo decir.

Entre otras cosas, yo estaba agradecido a mi abuela por haberse hecho cargo de Federico salvándolo de una muerte cierta. Federico había sobrevivido, sin explicación, a todas las cariñosas perrerías que yo le había hecho durante su tierna infancia de pollito comprado por mi madre en el mercado y se había convertido en un animal que ya no era adecuado tener en casa; así que mi abuela, que vivía en unas casas bajas en lo que ahora es el corazón del nuevo Madrid empresarial, se lo llevó a vivir con ella. Con el tiempo se convirtió en un gallito con un alto sentido territorial y prácticamente en el hombre de la casa, ya que guardaba celosamente a mi abuela y no dejaba que nadie se le acercase. He oído algo parecido de las ocas pero nunca de los pollos. Los niños de su vecindario (mi abuela a veces les echaba un ojo mientras las madres se iban a trabajar o a la compra) le tenían bastante respeto y ya desde la esquina preguntaban antes de atreverse a avanzar un paso de más:

—Doña Concha, ¿está Federico? —gritaban,  prestos a salir corriendo a la menor.
—Podéis venir, que ya lo he encerrado —decía mi abuela, y les daba una bolita de anís con pelusas.

Doña Concha después de comer en casa paraba un taxi en la puerta y tras una curiosa y prolija gimnasia  para acomodarse dentro, entre jadeos  y resoplidos, le decía al taxista: «Joven... al Racimo de Oro» como si ordenara que la llevaran al Palace o al Ritz o a otro sitio de mucho ringorango. Normalmente, si quería llegar bien, que siempre quería,  acababa dando  explicaciones complementarias. El Racimo de Oro era un café de los de antes, con mesas de mármol y camareros de chaqueta blanca que estaba por la zona, nada señorial por otra parte, de Cuatro Caminos. Allí, mi abuela, que sin duda era de las que pensaban que “como fuera de casa no se está en ningún sitio”, solía tomar un café y pasar la tarde.  Este café, además de resultar económico, tenía la ventaja de que en su entorno funcionaban muchos cines de barrio con sesiones dobles ,  y mi abuela siempre se informaba por si ponían alguna película de Gregory Peck, un actor de moda de aquellos tiempos y que era una de sus pasiones (pasión compartida, por cierto, con una de mis hermanas a punto de entrar en la adolescencia). Su otra gran pasión eran las aceitunas de Campo Real.

Contaba que un día el médico le interrogaba:
—¿Usted fuma?
—No, doctor. No he fumado en mi vida —respondía mi abuela.
—¿Consume bebidas alcohólicas?
—Un vaso de vino con la comida principal —. (Parece que del tamaño del vaso no veía necesario dar explicaciones).
—¿Café? —...y así siguió, intentando encontrarle (según ella) algún exceso. Al final, casi a punto de rendirse ante una anciana de costumbres tan saludables, le preguntó:
—Pero bueno señora, a usted… ¿qué es lo que más le gusta?
La ingenua de Doña Concha no supo en este caso ocultar la verdad.
—Mire doctor, a mí lo que de verdad me gusta es Gregory Peck y las aceitunas de Campo Real; me puedo comer cuarto y mitad  de una sentada sin encontrar un momento para decir amén.
—Pues nada, ¡prohibidas! ¡prohibidas las aceitunas! —exclamó triunfante el médico por haber hallado algo a lo que, por fin, poner coto.
Al final del cuento mi abuela añadía —con cierta mezcla de guasa y amargura—  una reflexión que tardé algún tiempo en llegar a comprender:

—Mejor podía haberme prohibido a Gregory Peck. Total…



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